La sala de interrogatorios del inspector es más profesional que los diversos espacios donde Puck y yo abordamos a los sospechosos. Se trata de una de las oficinas cercanas al despacho del director. La verdad nunca he estado en esta parte de la academia. Se suponía que la conocería cuando me inscribí y recibiría mi horario junto con una bienvenida oficial, pero eso nunca pasó. Me lanzaron a las clases como si mi estadía aquí hubiera comenzado hace años.
El inspector parece un hombre de mediana edad. Cabello negro con lineras líneas canosas que se pierden si uno mira demasiado rápido. Las arrugas a los lados de sus ojos apenas se perciben. Y es su mirada indiferente la que me dice que ha hablado con varias personas en los últimos dos días y por eso está cansado o harto de todo este asunto.
¿Serán así todos los policías aquí? Cuando un caso no se resuelve en 20 minutos, ¿les da todo igual? Si es así, la justicia es tan mala en cualquier país como lo es en el mío.
Admito que esperaba una escena de película estadounidense en este momento. El cuarto oscuro, la mesa cuadrada, la luz tenue sobre mi cabeza o una lámpara apuntando a mi cara directamente. En su lugar, la oficina está iluminada por un gran ventanal, estoy sentada cómodamente en un sillón de gamuza bordó, mientras el inspector toma asiento en la mesa de café que tengo de frente.
—Buenos días, señorita Vegas.
—Buenos días.
Intento que mi voz suene natural. Lo último que quiero es parecer tan nerviosa como estoy y que eso juegue en mi contra.
—¿Necesita la presencia de un traductor?
—¿Disculpe?
—Por la barrera del idiota. Tal vez se sienta cómoda con un intérprete.
Así como espero que mi voz nerviosa no me perjudique, igualmente no quiero que un arrebato por sentirme ofendida me cause más problemas.
¿Cómo piensa este hombre que pude entrar en esta prestigiosa academia si no manejara bien el idioma? Ya que es la primera vez que alguien me subestima de esta forma, y considerando que se trata de una autoridad a la que no me conviene hacer enojar, dejo pasar la rabia con una discreta respiración profunda.
—No, estoy perfectamente bien.
—Como guste — el inspector saca una libreta de su bolsillo —Usted era la asistente del profesor Hudson, ¿verdad?
—La más reciente, si.
—¿Por qué solicitó el puesto?
—Yo me inscribí en el programa de asistencia para tener experiencia en la institución y un pequeño ingreso extra. No sabía qué docente me asignarían.
—Entiendo. ¿Y qué le pareció la experiencia?
Si ya ha hecho otras entrevistas, deberá saber que nadie quería realmente a Hudson. Así que decirle una mentira como "fue toda un placer tener la oportunidad con una eminencia como él" sería cavar mi propia tumba. En este caso, creo que me convienen decir la verdad tan cruda como es.
—Desagradable. Muchas horas, poco salario, y un maltrato constante por parte del señor Hudson.
Hasta este momento, el inspector me había mirado casi nada. Pero en cuanto terminé, si mano se detuvo en la libreta y me vio directamente aún con indiferencia.
—Lo siento, ¿fui muy honesta?
—En absoluto. Si fuera la primera en decirme que no le agradaba el profesor, tendría otras preguntas.
Dejo escapar el aire aliviada.
—Solo quería asegurarme que no era sarcasmo. A muchos de estos chicos les fascina usarlo.
Puedo imaginar la clase de entrevista que este hombre tuvo con Hiela, o Kenji. Un desfile interminable de insinuaciones y malos comentarios de diva.
—¿Por qué no solicitó otro docente? — pregunta.
—Orgullo, supongo. Hudson no me veía capaz de aguantar su exigencia, no me creía digna de estar aquí. Y yo quise probar que se equivocaba.
—No fue lo más inteligente, si me lo pregunta.
Que bueno que no se lo pregunté, pienso.
Hombres como el inspector poco entenderían lo que es ser extranjera en un país tan competitivo. Haber logrado con lágrimas y sudor llegar hasta aquí, y aún así tener una mano sobre la cabeza para que no avancemos más.
Ni Hudson ni nadie van a decirme que no pertenezco. Ya tuve 18 años a mis padres haciendo eso.
—¿Dónde estaba anoche entre la 1 am y las 3 am? — pregunta, y yo agradezco en silencio no haber tenido que mencionar la cita con Puck.
—Dormía.
Ahora la mirada de indiferencia sí tiene un tinte de desconfianza
—No me mire así, es la verdad — insisto.
—Seguramente, pero todos los demás tienen coartadas verificadas — dice como si no lo supiera — Y si la suya es solo que dormía...
—Puedo probarlo — quito el reloj de mi muñeca y se lo extiendo — Mi reloj registra mis horas de sueño. Véalo por usted mismo, mi ritmo cardíaco estaría por las nubes gracias a la adrenalina si estuviera matando a alguien.
Me siento algo sucia por usar la coartada que Puck descubrió para mí. Como si yo misma no fuera capaz de pensar una defensa para mi caso. Sin embargo, imagino que con una acusación de homicidio sobre la mesa, poco importa si me siento estúpida. Cualquier soga que me lancen, debo sujetarla con fuerza.