Vincent

La primera advertencia

CAPITULO 1

Hay lugares que parecen tranquilos hasta que alguien te cuenta qué ocurrió antes de que llegaras.

Blackwood Hills era uno de ellos.

Desde la ventana del automóvil, Amelia Laurent observaba cómo las casas aparecían entre árboles altos y calles cubiertas por una ligera neblina. No había edificios enormes ni tráfico interminable, solo mansiones antiguas, cafeterías pequeñas y jardines perfectamente cuidados que parecían pertenecer a otra época.

Su madre había dicho que sería un buen comienzo.

Amelia todavía no estaba convencida.

—No tienes que estar tan seria —dijo su madre desde el asiento delantero—. Solo vamos a empezar de nuevo.

Amelia apartó la mirada de la ventana.

—Eso dices como si empezar de nuevo fuera tan sencillo.

Su madre sonrió débilmente, pero no respondió.

Había algo extraño en aquella mudanza. No era solamente abandonar la ciudad, sus amigos y todo lo que conocía. Era la forma en que su madre había evitado explicar por qué precisamente Blackwood Hills.

Cada vez que Amelia preguntaba, recibía la misma respuesta.

Es un buen lugar.

Nada más.

El automóvil continuó avanzando hasta que las calles comenzaron a quedarse vacías.

Entonces Amelia lo vio.

La casa Blackwood.

No necesitaba que nadie le dijera quién vivía allí.

Era imposible no reconocerla.

Una enorme propiedad de piedra oscura se levantaba detrás de una verja negra, rodeada de árboles y jardines demasiado perfectos para parecer naturales. Las ventanas eran altas, los muros estaban cubiertos parcialmente por enredaderas y, en lo alto, el tejado oscuro desaparecía entre la niebla.

Amelia giró lentamente la cabeza.

—¿Quién vive ahí?

Su madre tardó unos segundos en responder.

—Los Blackwood.

La manera en que pronunció el apellido hizo que Amelia volviera a mirarla.

—¿Los conoces?

—No exactamente.

—Mamá.

—Amelia.

Ese tono fue suficiente para hacerla callar.

El automóvil pasó frente a la propiedad.

Amelia alcanzó a distinguir un vehículo negro estacionado detrás de la verja.

Y por un instante creyó ver a alguien junto a la entrada.

Un hombre.

O quizá solo había sido una sombra.

No alcanzó a verlo bien antes de que la casa desapareciera detrás de los árboles.

Dos horas después, Amelia estaba frente a las cajas de su nueva habitación intentando decidir cuál debía abrir primero.

Había elegido la que decía libros, aunque sabía perfectamente que probablemente terminaría sacando ropa antes de encontrar alguno.

La ventana estaba abierta y el aire frío entraba suavemente.

—¡Amelia!

La voz desde abajo hizo que levantara la cabeza.

—¡¿Qué?!

—¡Hay alguien aquí!

Amelia bajó las escaleras y encontró a una chica apoyada contra la puerta principal con dos vasos de café en las manos.

Cabello castaño, expresión divertida y una mirada que parecía analizarlo todo.

—Tú debes ser Amelia.

—Y tú debes ser...

—Sophie Bennett.

Le entregó uno de los vasos.

—Tu madre me dijo que llegarías hoy.

Amelia aceptó el café.

—¿Mi madre ya tiene amigos aquí?

Sophie soltó una pequeña risa.

—Tu madre conoce a mi madre. En un pueblo como este eso prácticamente convierte a todos en familia.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Las dos sonrieron.

Sophie entró sin esperar demasiada invitación y comenzó a mirar alrededor.

—Bueno, oficialmente ya estás viviendo aquí.

—¿Y eso es bueno?

—Depende.

—¿De qué?

Sophie tomó un sorbo de su café.

—De cuánto te guste que la gente hable de ti.

Amelia frunció el ceño.

—¿Hablan mucho?

—Demasiado.

—¿Incluso de personas que acaban de llegar?

—Especialmente de esas.

Sophie caminó hacia una de las ventanas y miró hacia la calle.

—Aunque tendrás suerte. Ahora mismo hay alguien mucho más interesante de quien hablar.

Amelia se acercó.

—¿Quién?

Sophie la miró.

—Vincent Blackwood.

El apellido le resultó familiar.

Amelia recordó la enorme casa que había visto al llegar.

—¿El chico de la mansión?

Sophie arqueó una ceja.

—Así que ya lo viste.

—Vi la casa.

—Es lo mismo.

—¿Qué tiene de especial?

Sophie dejó el vaso sobre una mesa.

—Todo el mundo sabe quién es Vincent Blackwood.

—Eso no responde mi pregunta.

—Porque nadie tiene una respuesta que pueda contarse en cinco minutos.

Amelia soltó una pequeña risa.

—¿Es tan terrible?

Sophie negó con la cabeza.

—No.

La respuesta había sido demasiado rápida.

—Entonces...

—Es peor.

Amelia la observó unos segundos.

—¿Por qué?

Sophie se acercó a ella y bajó ligeramente la voz.

—Porque no necesitas que haga nada para sentir que deberías mantenerte lejos.

Amelia volvió a mirar por la ventana.

La calle estaba vacía.

—Eso suena exagerado.

—Probablemente.

Sophie tomó nuevamente su café.

—Pero hay una cosa que sí deberías saber.

—¿Cuál?

Sophie la miró directamente.

—Si escuchas historias sobre los Blackwood, no hagas demasiadas preguntas.

Amelia sonrió.

—Ahora definitivamente quiero saber las historias.

—Sabía que dirías eso.

Aquella noche, Amelia no podía dormir.

La casa todavía olía a pintura reciente y las cajas seguían apiladas en las esquinas de la habitación. Afuera, la lluvia había comenzado a caer con suavidad sobre el techo.

Se levantó para cerrar la ventana.

Fue entonces cuando escuchó un ruido en el pasillo.

Amelia se quedó quieta.

No había nadie.

Probablemente alguna caja cayéndose.

Volvió a su habitación y comenzó a recoger algunas cosas que habían quedado sobre el suelo.



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Editado: 12.09.2026

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