CAPITULO 8
—Entonces tenemos un problema… —dijo Vincent—. Si tu madre estaba allí, probablemente no eres tú la primera Laurent que alguien quería mantener lejos de los Blackwood.
Lo miré fijamente.
—¿Qué significa eso?
Vincent sostuvo mi mirada durante unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto podía decirme sin arrepentirse después.
—Significa que tu madre sabe más de lo que te ha contado.
—Eso ya lo sé.
—No. —Su voz bajó ligeramente—. No sabes cuánto.
Sentí un escalofrío.
—¿Y tú sí?
Una sonrisa breve, sin humor, apareció en su rostro.
—Sé algunas cosas.
—Entonces dime.
—No funciona así, Amelia.
—¿Por qué? ¿Porque eres Vincent Blackwood y todos tienen que obedecerte?
Sus ojos cambiaron apenas.
Había dado en algún lugar que no debía.
—No sabes nada de mí.
—Tú tampoco sabes nada de mí.
—Eso no es cierto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que significa?
Vincent dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.
—Desde que llegaste, haces preguntas que nadie más se atreve a hacer.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Todo.
No entendí aquella respuesta.
O quizá entendí demasiado.
—¿Por qué te importa tanto lo que estoy buscando?
Esta vez no respondió inmediatamente.
Me observó como si la pregunta hubiera sido más difícil de contestar de lo que esperaba.
—Al principio no me importaba.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Y ahora?
Vincent apartó la mirada por un instante.
—Ahora quiero saber qué vas a encontrar.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es lo único que voy a responder.
Se giró para marcharse.
—Vincent.
Se detuvo.
—¿Quién era la mujer de la fotografía?
Durante unos segundos, pensé que volvería a ignorarme.
Pero finalmente dijo:
—Se llamaba Eleanor Blackwood.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Blackwood?
Él asintió.
—Y antes de desaparecer, estaba a punto de contar algo que podía destruir a mi familia.
Lo miré sin saber qué decir.
—¿Qué cosa?
Vincent volvió la cabeza hacia mí.
—Eso es precisamente lo que todos llevan años intentando descubrir.
Y entonces se marchó.
Me quedé sola en el pasillo, mirando el lugar por donde había desaparecido.
Eleanor Blackwood.
La mujer de la fotografía.
La mujer que conocía mi madre.
La mujer que había desaparecido.
Y, por alguna razón, alguien no quería que yo descubriera qué había sucedido.
Saqué del bolsillo la fotografía que había guardado aquella mañana.
La observé nuevamente.
Mi madre estaba junto a Eleanor.
Pero ahora había algo diferente.
Algo que no había notado antes.
Detrás de ellas, casi oculto entre las sombras de la fotografía, había alguien más.
Un hombre.
Y en su mano llevaba algo que reconocí inmediatamente.
Un pequeño reloj de bolsillo.
El mismo que había visto aquella mañana sobre el escritorio de mi madre.