CAPITULO 9
No pude dejar de pensar en el reloj.
La imagen seguía frente a mí incluso después de haber guardado la fotografía, como si mi cabeza se negara a aceptar que aquello podía ser una coincidencia.
Esperé hasta llegar a casa para volver a mirar el escritorio de mi madre.
El reloj seguía allí.
Pequeño, antiguo, de metal oscuro, con una cadena fina enrollada a su alrededor.
Me acerqué lentamente.
—Mamá…
Ella apareció en la puerta de la habitación.
Y cuando vio lo que estaba mirando, su expresión cambió.
No fue sorpresa.
Fue miedo.
—¿Dónde encontraste eso?
—Estaba aquí.
Mi madre cruzó la habitación rápidamente y tomó el reloj antes de que pudiera tocarlo.
—No vuelvas a revisar mis cosas.
—¿Por qué tienes el mismo reloj que aparece en la fotografía?
Se quedó inmóvil.
No respondió.
—Mamá, necesito saber qué está pasando.
—No.
—¿No qué?
—No necesitas saberlo.
—¡Pero yo estoy metida en esto!
Su silencio fue suficiente.
—¿Qué pasó con Eleanor?
Mi madre palideció.
—¿Quién te habló de ella?
—Vincent.
Al escuchar su nombre, cerró los ojos durante un instante.
—No vuelvas a acercarte a ese muchacho.
—¿Por qué?
—Porque no sabes quién es.
—¿Y tú sí?
Mi madre apretó el reloj entre sus dedos.
—Sé quién era su familia.
—Eso no responde nada.
—Amelia, por favor.
Nunca había escuchado ese tono en su voz.
No era enojo.
Era miedo.
Y eso me preocupó mucho más.
—¿Qué ocurrió aquella noche? —pregunté.
Mi madre levantó la mirada.
—¿Qué noche?
—La noche en que Eleanor desapareció.
El silencio llenó la habitación.
Entonces mi madre dijo algo que jamás había esperado escuchar.
—Eleanor no desapareció.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—¿Entonces qué pasó?
Mi madre miró el reloj.
—La última vez que la vi, ella sabía que alguien iba a traicionarla.
—¿Quién?
Mi madre no respondió.
Solo guardó el reloj en el bolsillo de su chaqueta.
Y antes de salir de la habitación, susurró:
—Y si Vincent está empezando a hacerte preguntas, significa que alguien más ya sabe que tú encontraste la fotografía.