Vínculo de Sangre

Ep2~ Sombras en el Umbral

La cena en la casa de los Miller fue, como de costumbre, un ejercicio de silencios incómodos y ruidos metálicos de cubiertos chocando contra la porcelana. Alba intentaba concentrarse en su plato de pasta, pero la imagen de aquellos dos hombres en el campus seguía grabada a fuego en su mente. Especialmente Steve. Había algo en su mirada que no era simplemente curiosidad; era un reconocimiento, como si él la hubiera estado buscando durante décadas en un mapa de rostros anónimos.

—¿Vas a comerte eso o solo vas a torturarlo con el tenedor? —la voz brusca de Aleck rompió el trance de Alba.

Alba levantó la vista. Su hermano adoptivo la miraba con el habitual desdén que había cultivado desde que sus padres lo trajeron a casa diez años atrás. Aleck siempre se había sentido como un extraño, un satélite orbitando una familia a la que sentía que no pertenecía del todo.

—Solo no tengo mucha hambre, Aleck. Ha sido un día largo —respondió ella con calma, tratando de no morder el anzuelo de su provocación.

—Claro, el agotador esfuerzo de ser la hija perfecta —bufó él, apartando su plato—. Por cierto, vi que estabas hablando con los nuevos. Esos tipos parecen salidos de una secta. O de un manicomio. No te conviene que te vean con ellos si quieres mantener tu reputada imagen de santita.

—No estaba hablando con ellos, solo coincidimos en la plaza —replicó Alba, sintiendo una punzada de molestia—. Y tú deberías preocuparte más por tus propios asuntos. Vi cómo seguías a Mara hoy. Ella no parece estar muy bien, Aleck. Deberías dejar de presionarla.

La mención de Mara transformó el rostro de Aleck. Una mezcla de obsesión y vulnerabilidad cruzó sus ojos.

—Tú no sabes nada de lo que Mara necesita. Ella está... pasando por un momento difícil. Rick la tiene confundida con sus aires de intelectual misterioso. Pero yo soy el único que realmente se preocupa por ella.

Alba suspiró. Sabía que discutir con Aleck era como intentar detener la marea con las manos. Se levantó de la mesa y se retiró a su habitación, buscando el refugio de sus libros. Sin embargo, el aire en su cuarto se sentía extrañamente denso. Abrió la ventana para dejar entrar el aire frío de Beacon Hill, ese aroma a tierra mojada y pino viejo que solía calmarla. Pero esta noche, el bosque que bordeaba su casa parecía estar observándola.

A lo lejos, entre la espesura de los árboles, creyó ver una silueta. Estática, alta, envuelta en la oscuridad. El corazón le dio un vuelco. ¿Era Steve? ¿O tal vez su imaginación jugándole una mala pasada? Cerró la ventana de golpe y corrió las cortinas, pero la sensación de ser el centro de una atención invisible no desapareció.

🩸

Al día siguiente, la universidad amaneció sumergida en una niebla tan espesa que los edificios parecían islas flotando en un mar gris. Alba se encontró con Owen en la entrada de la facultad de Humanidades. Su mejor amigo parecía no haber dormido; tenía el cabello más desordenado de lo habitual y una tensión en los hombros que parecía a punto de estallar.

—¿Owen? ¿Estás bien? —preguntó ella, poniendo una mano en su brazo.

Owen se sobresaltó, un gruñido casi imperceptible escapando de su garganta antes de recuperar la compostura.

—Sí, sí. Solo... el clima. Odio esta humedad. Me pone los nervios de punta. Escucha, Alba, sobre esos tipos de ayer... los primos. Mantente lejos, ¿vale? Hay algo en ellos que no me gusta. Mi instinto me dice que son... malos.

—Owen, solo son estudiantes nuevos. Oriena dice que vienen de una familia noble de Europa. Es normal que sean un poco extraños —trató de razonar ella, aunque en su interior compartía la inquietud de su amigo.

—No es normal, Alba. Créeme. Farrell también lo siente. Mi hermano es un idiota a veces, pero tiene buen olfato para los problemas.

Mientras caminaban por el pasillo, se cruzaron con Rick y Mara. Rick llevaba un libro antiguo bajo el brazo, su rostro concentrado en las páginas mientras Mara caminaba a su lado como una sombra. La chica se veía pálida, con los ojos vidriosos.

—Hola, chicos —saludó Alba.

Rick levantó la vista. Sus ojos, de un gris tormentoso, parecieron analizar no solo a Alba, sino el espacio que la rodeaba.

—Hola, Alba. Ten cuidado hoy. La energía del pueblo está... vibrando de una forma diferente. Como si alguien hubiera encendido un motor que llevaba siglos apagado.

—Tú siempre tan críptico, Rick —dijo Owen con un deje de sarcasmo, aunque sus ojos no dejaron de vigilar a Mara, quien ni siquiera saludó.

Alba se separó de ellos para entrar a su clase de Literatura del Romanticismo. Se sentó en su lugar habitual, al fondo, cerca de la ventana. Cuando el profesor comenzó a hablar sobre la obsesión de los poetas con la muerte y la inmortalidad, la puerta de la clase se abrió con un chirrido suave.

El tiempo se detuvo de nuevo. Steve entró en la sala.

No vestía el abrigo formal de ayer, sino un jersey oscuro que resaltaba su constitución atlética pero esbelta. Caminó con una gracia sobrenatural, ignorando los susurros y las miradas curiosas de los demás estudiantes. Oriena, que estaba unas filas más adelante, se enderezó en su asiento, pasándose una mano por el cabello con una sonrisa coqueta, pero Steve ni siquiera la miró.

Sus ojos fueron directos a los de Alba.

—¿Está ocupado este asiento? —preguntó con una voz que sonaba como terciopelo rozando una herida abierta.

Alba apenas pudo negar con la cabeza. Steve se sentó a su lado. El frío que emanaba de él era palpable, pero no era un frío desagradable; era como la frescura de una cueva profunda en pleno verano.

—Me llamo Steve —dijo él, sin apartar la mirada—. Y sé que tú eres Alba. He oído tu nombre en el viento de este pueblo desde que llegué.

Alba sintió que sus mejillas se encendían.

—Es un nombre común por aquí. ¿Por qué has elegido esta clase? No pareces alguien que necesite lecciones sobre el pasado.



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En el texto hay: misterio, origen, romance

Editado: 18.02.2026

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