La humedad de Beacon Hill se filtraba a través de las paredes de la universidad, creando un ambiente opresivo que Alba sentía como un nudo en la garganta. Tras el encuentro con Enzo en el bosque, sus pies la habían llevado mecánicamente hacia el invernadero abandonado del antiguo jardín botánico, un lugar que casi nadie visitaba y donde el silencio era lo suficientemente denso como para permitirle pensar.
Sin embargo, el silencio no duró mucho.
—Él tiene una forma cruel de presentarse, pero no miente —la voz de Steve emergió de entre las sombras de las palmeras marchitas. No hubo ruido de pasos, ni el crujido de una hoja seca. Simplemente, él estaba allí, apoyado contra una de las vigas de hierro oxidado, bañado por la luz mortecina del atardecer que se filtraba por los cristales rotos.
Alba dio un salto, con el corazón golpeando sus costillas como un pájaro enjaulado.
—¡Me vas a matar de un susto! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Cómo lo haces? Apareces y desapareces como si las leyes de la física no se aplicaran a ti.
Steve se acercó lentamente. En la penumbra del invernadero, su piel no parecía simplemente pálida; emitía un resplandor casi lunar, una perfección que resultaba antinatural. Sus ojos, que antes eran oscuros, ahora mostraban destellos dorados y ámbar, intensos y magnéticos.
—Las leyes de la física son diferentes para los que habitamos en los márgenes de la vida, Alba —dijo él. Su tono era solemne, carente de la ironía de Enzo, pero cargado de una tristeza que parecía pesar más que el propio edificio.
—Enzo dijo... —Alba tragó saliva, tratando de recuperar el aliento—. Dijo que mis amigos no eran lo que parecían. Y tú... tú hablas como si fueras un fantasma. Farrell dice que estás frío como un muerto. ¿Qué está pasando en este pueblo, Steve? ¿Quiénes son ustedes realmente?
Steve se detuvo a un metro de ella. Podía ver el vaho de la respiración de Alba en el aire frío, pero de los labios de él no salía nada. Su cuerpo no generaba calor, no necesitaba el intercambio de oxígeno que define a los seres vivos.
—¿Quieres la verdad, Alba? —preguntó Steve. No era una pregunta retórica; era una advertencia. Una vez que la verdad fuera pronunciada, no habría vuelta atrás a la ignorancia de su vida anterior—. Una vez que abras esta puerta, el mundo que conoces se desmoronará. No podrás volver a ver a tus amigos, a tu hermano o a este pueblo de la misma manera.
—Ya nada es normal desde que llegaron —respondió ella con firmeza, aunque sus manos temblaban—. Prefiero el miedo de saber a la locura de imaginar.
Steve cerró los ojos un momento, como si estuviera pidiendo perdón a un Dios en el que ya no creía. Cuando los abrió, su velocidad fue tal que Alba ni siquiera pudo parpadear. En un milisegundo, él estaba frente a ella, a escasos centímetros, y al siguiente, se encontraba al otro lado del invernadero, subido a una viga alta, para luego descender de nuevo con una ligereza imposible.
—No soy un fantasma, Alba —dijo, su voz ahora vibrando con una fuerza antigua—. Pero tampoco soy el joven de veinticuatro años que ves ante ti. Este rostro, este cuerpo... están congelados en el tiempo, como una mosca atrapada en ámbar.
Se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud deliberada, permitiendo que ella viera el detalle de su transformación. Sus caninos se alargaron sutilmente, apenas un reflejo de depredador, y su mirada se volvió más depredadora, aunque contenida por una voluntad de hierro.
—Nací en el año 1612 —comenzó Steve, y cada palabra parecía arrastrar el polvo de los siglos—. En una Europa que ya no existe, bajo el reinado de reyes que son solo cenizas en los libros de historia. Tenía veinticuatro años cuando mi vida terminó... y mi existencia comenzó.
Alba retrocedió hasta que su espalda chocó contra el cristal frío del invernadero. Sus ojos estaban muy abiertos, procesando lo imposible.
—¿Mil seiscientos...? Eso es... eso es hace más de cuatrocientos años.
—Cuatrocientos doce años, para ser exactos —corrigió él con una sonrisa amarga—.He visto imperios caer, he visto pestes asolar continentes y he visto cómo la humanidad inventaba nuevas formas de destruirse a sí misma mientras yo permanecía igual. Soy un vampiro, Alba. Al igual que mi primo Enzo.
La palabra "vampiro" flotó en el aire, pesada y ridícula, y sin embargo, frente a la evidencia física de Steve, no había espacio para la duda. No era el vampiro de las películas de terror baratas, ni el galán brillante de las novelas modernas. Era algo mucho más antiguo, más peligroso y más trágico.
—Enzo y yo compartimos la misma sangre, el mismo linaje —continuó Steve, caminando en círculos alrededor de ella, como si estuviera marcando un territorio—. Pero mientras yo he pasado siglos intentando aferrarme a los restos de mi humanidad, Enzo ha abrazado la bestia. Él no ve a los humanos como iguales, sino como alimento. Como juguetes.
—¿Por qué me lo cuentas? —susurró Alba, sintiendo una extraña mezcla de terror y una atracción magnética que no podía explicar—. Si eres tan peligroso... si tu primo quiere... "probarme", como él dijo... ¿por qué decirme la verdad?
Steve se detuvo frente a ella y, por primera vez, se atrevió a tocarla. Sus dedos, fríos como el mármol, rozaron la mejilla de Alba. Ella se estremeció, pero no se apartó. El contacto envió una descarga eléctrica a través de su columna vertebral.
—Porque hay algo en ti que no pertenece a este tiempo —murmuró Steve, sus ojos fijos en los de ella—. Desde el momento en que te vi en la plaza, sentí una conexión que no he sentido en siglos. Es como si... como si fueras un eco de alguien que perdí hace mucho tiempo. Y porque Enzo tiene razón en algo: no eres la única persona en este pueblo que guarda secretos.
Alba frunció el ceño.
—¿A qué te refieres? Owen, Farrell, Rick... ellos son normales. Han crecido conmigo.
—¿Estás segura? —Steve arqueó una ceja—. ¿Alguna vez te has preguntado por qué Owen es tan protector, o por qué su fuerza parece sobrehumana cuando se enfada? ¿O por qué Rick parece saber cosas antes de que ocurran? Beacon Hill no es un lugar elegido al azar, Alba. Este pueblo es un nexo. Hay fuerzas aquí que han estado dormidas por generaciones, y nuestra llegada... la llegada de los de mi clase... es solo el catalizador.