La habitación de Alba, que siempre había sido su santuario, se sentía ahora como una celda. El aire estaba cargado de un olor a ozono y papel viejo. Rick seguía sentado al borde de la cama, con los ojos fijos en un punto invisible del espacio. Sus dedos pasaban frenéticamente sobre las páginas del grimorio que sostenía.
—Rick, ¿cómo has entrado aquí? —susurró Alba, cerrando la puerta con cuidado—. Mis padres están abajo, y Aleck está en el porche...
—Las cerraduras no sirven de mucho cuando el velo se está rompiendo, Alba —respondió Rick, levantando finalmente la vista. Sus pupilas estaban tan dilatadas que casi ocultaban el iris—. He visto el bosque arder, pero no con fuego normal. Era un fuego gélido, como la mirada de ese tipo, Steve. Y tú estabas en medio, Alba. No como una víctima, sino como el puente.
—Steve me ha contado lo que es —dijo Alba, dejándose caer en su silla de escritorio, sintiendo que sus rodillas no la sostenían más—. Es un vampiro, Rick. De cuatrocientos años. Y su primo Enzo... él es un monstruo.
Rick cerró el libro de golpe.
—Lo que ellos son es solo una parte del problema. Los depredadores nunca vienen solos. Atraen a otros. El equilibrio de Beacon Hill se ha roto porque tú has despertado algo, Alba.
Antes de que Alba pudiera preguntar a qué se refería, la puerta de su habitación se abrió de un golpe. Aleck entró, con el cuchillo de caza aún en la mano. Su mirada saltó de Alba a Rick con una hostilidad eléctrica.
—¿Qué hace este bicho raro en tu cuarto? —gruñó Aleck. Sus hombros parecían más anchos de lo normal, y su voz tenía un tono gutural que hizo que a Alba se le erizaran los vellos de la nuca.
—Es mi amigo, Aleck. Sal de aquí —ordenó Alba, tratando de sonar valiente.
Aleck dio un paso hacia Rick, ignorando a su hermana.
—Huelo tu miedo, vidente. Huelo el humo en tus manos. Vete ahora antes de que olvide que eres un invitado en esta casa.
Rick se levantó, recogiendo su libro con una calma sobrenatural..
—El instinto del perro siempre es ladrar antes de morder, ¿verdad, Aleck? —Rick le lanzó una mirada cargada de significado—. Ten cuidado. Los colmillos son más largos que las garras.
Rick salió de la habitación pasando por el lado de Aleck, quien apretó el mango del cuchillo hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Una vez que Rick se fue, Aleck se giró hacia Alba.
—No te acerques a los nuevos, Alba. Y no escuches las tonterías de Rick. Este pueblo está a punto de volverse muy peligroso para una chica como tú —dijo Aleck antes de salir y cerrar la puerta con un estruendo.
🩸
Mientras tanto, en las profundidades del bosque de Beacon Hill, la niebla se arremolinaba alrededor de dos figuras que corrían a una velocidad que ningún humano podría alcanzar. Owen y Farrell se detuvieron en un claro donde la luz de la luna golpeaba el suelo como un foco de plata.
Farrell se dejó caer sobre una rodilla, enterrando sus dedos en la tierra húmeda. Su rostro estaba desencajado por una furia interna.
—Están aquí, Owen. Puedo olerlos. Es ese olor a rancio, a sangre muerta y a siglos de polvo. Los chupasangres han vuelto a nuestras tierras.
Owen, cuyo cuerpo vibraba con una energía contenida, miró hacia la mansión de los Miller a lo lejos.
—Steve está cerca de Alba. Lo sentí hoy en la facultad. Si le toca un solo pelo, olvidaré el pacto de nuestros abuelos y le arrancaré la garganta yo mismo.
—El pacto murió hace mucho, hermano —dijo Farrell, levantándose. Sus ojos brillaron con un amarillo intenso, una luz que no era humana—. Los Lycans no le debemos nada a su clase. Si ellos están aquí, es por ella. Alba siempre fue diferente, pero ahora... ahora es el cebo.
—¡Ella no es un cebo! —rugió Owen, y el sonido fue un ladrido profundo que resonó por todo el bosque, haciendo que los pájaros huyeran de los árboles—. Ella es una de los nuestros. De alguna forma, lo es.
🩸
Al día siguiente, la universidad de Beacon Hill parecía un campo de batalla invisible. Los estudiantes caminaban hacia sus clases, ajenos a la guerra fría que se libraba en los pasillos.
Alba intentaba evitar a todo el mundo, pero al doblar la esquina de la biblioteca, se encontró de frente con Davia. La chica rubia lucía un vestido rojo sangre que contrastaba con su palidez habitual. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos eran fríos como el hielo.
—Vaya, la pequeña Alba —dijo Davia, bloqueándole el paso—. Steve me ha hablado de ti. Bueno, en realidad no ha dejado de pensar en ti desde que llegamos. Es una obsesión bastante... pintoresca.
—No sé de qué estás hablando —respondió Alba, tratando de pasar.
Davia la agarró del brazo. Su fuerza era descomunal, como si el brazo de Alba estuviera atrapado en una prensa de metal.
—Escúchame bien, humana. Steve es un romántico, un tonto que cree que puede jugar a las casitas con una criatura que se marchita en ochenta años. Pero yo no soy tan paciente. Y Enzo mucho menos. Si causas problemas entre ellos, si haces que Steve olvide su propósito aquí... te drenaré tan rápido que ni siquiera tendrás tiempo de gritar.
Davia soltó su brazo y se alejó con una elegancia gélida, dejando a Alba con marcas moradas en la piel.
Desesperada por respuestas, Alba decidió buscar a Steve. Sabía que se alojaban en la antigua Mansión Blackwood, una propiedad en ruinas en la cima de la colina. Ignorando todas las advertencias, condujo hasta allí mientras el cielo se oscurecía con nubes de tormenta.
La mansión era un monumento a la decadencia. Las enredaderas trepaban por las columnas de piedra como dedos esqueléticos. Alba empujó la pesada puerta de roble, que se abrió sin resistencia.
—Steve, ¿estás aquí? —llamó, su voz perdiéndose en el enorme vestíbulo.
—Te dije que no vinieras —la voz de Steve llegó desde lo alto de una gran escalera de caracol. Estaba envuelto en sombras, pero sus ojos brillaban con esa luz ámbar que Alba ahora reconocía como su verdadera naturaleza—. Este lugar no es seguro para ti. Mi familia... no todos comparten mi contención.