El vestíbulo de la Mansión Blackwood se convirtió en un escenario de pesadilla. El aire se llenó del olor acre del pelaje mojado y el aroma metálico de la adrenalina. Owen, en su forma de lobo gigantesco, hundió sus garras en el suelo de mármol, dejando surcos profundos mientras soltaba un gruñido que hizo vibrar los pulmones de Alba.
Steve se interpuso entre la bestia y la chica. Su postura era grácil pero letal, como una cuerda de violín tensada a punto de romperse. Sus ojos dorados no se apartaban de los de Owen.
—Da un paso más, Owen, y cumpliré la promesa que nuestros ancestros no se atrevieron a ejecutar —advirtió Steve, su voz ahora era un susurro gélido que cortaba el estruendo de la tormenta.
El lobo saltó. Fue un borrón de pelaje gris y colmillos. Steve reaccionó con una velocidad que desafiaba la vista humana, esquivando el ataque y golpeando el costado del animal con una fuerza que lo lanzó contra una de las columnas de piedra. La estructura crujió, soltando polvo y escombros.
—¡Basta! —gritó Alba, con la voz quebrada por el terror—. ¡Owen, detente! ¡Steve, no lo mates!
—¡Oh, por favor, no detengas la música ahora! —la voz de Enzo bajó desde el balcón como una cascada de veneno. Estaba sentado sobre la barandilla, balanceando una pierna con total despreocupación—. Apenas estábamos llegando a la parte divertida. ¿Saben lo difícil que es encontrar entretenimiento de calidad en este pueblo de mala muerte?
Enzo saltó hacia abajo, aterrizando suavemente al lado de Alba. Ella retrocedió, pero él fue más rápido y le pasó un brazo por los hombros, apretándola contra él. Su piel estaba tan fría como la de Steve, pero su tacto era mucho más invasivo.
—Míralos, Alba —susurró Enzo al oído de ella, mientras Steve y el lobo Owen se rodeaban mutuamente, esperando el próximo movimiento—. Peleando por un hueso que ni siquiera saben cómo usar. ¿Crees que Owen te protege por amor? No. Te protege porque su instinto le dice que eres una batería andante. Eres poder puro, nena. Y los perros siempre quieren enterrar sus tesoros.
—¡Suéltala, Enzo! —rugió Steve, sus colmillos ahora completamente visibles, su rostro transformado en una máscara de depredador.
—¿O qué, primo? ¿Vas a morderme? —Enzo soltó una carcajada estridente—. Recuerda que si yo muero, te quedarás solo con tus poemas y tu culpa. Y no creo que la pequeña humana quiera pasar la eternidad escuchando tus lamentos sobre el siglo XVII.
De repente, una segunda figura irrumpió en la mansión. No era un lobo, sino un hombre, pero su presencia era igualmente aterradora. Aleck entró caminando con una calma antinatural. Su camisa estaba desgarrada y sus ojos... sus ojos eran de un amarillo eléctrico, idénticos a los del lobo que luchaba contra Steve.
—Suelta a mi hermana —dijo Aleck. Su voz no era la de su hermano; era algo más profundo, una autoridad que parecía emanar de la propia tierra.
Owen, en su forma de lobo, se detuvo y bajó la cabeza ante Aleck. Era un gesto de sumisión. Aleck era el Alfa, o estaba muy cerca de serlo.
—Vaya, el hermanito ha completado su transición —se burló Enzo, aunque su expresión se volvió un poco más seria—. El linaje de los Miller siempre fue el más problemático de Beacon Hill.
—Alba, ven aquí —ordenó Aleck, ignorando a los vampiros.
Alba miró a Steve, que la observaba con una súplica silenciosa en los ojos, y luego a su hermano, cuya mirada era una orden absoluta. Estaba atrapada entre dos monstruos que la amaban y uno que solo quería consumirla.
—No voy a ir con ninguno de ustedes —dijo Alba, y para su sorpresa, su propia voz sonó firme.
En ese momento, algo dentro de ella estalló. No fue un dolor físico, sino una oleada de calor que nació en su pecho y se extendió por sus venas como lava. Las luces de la mansión parpadearon violentamente y los cristales de las ventanas que aún quedaban en pie estallaron hacia afuera.
Un aura de luz blanca y azulada envolvió a Alba, empujando a Enzo hacia atrás como si hubiera sido golpeado por una ráfaga de viento sólido.
Steve se cubrió los ojos, y Aleck retrocedió, protegiéndose el rostro con los brazos.
—¿Qué está pasando? —gritó Alba, mirando sus propias manos, que ahora emitían pequeños hilos de energía—. ¡Paren esto! ¡Hagan que pare!
Desde las sombras de la entrada, una figura pequeña y encorvada apareció. Era Rick. Traía su libro abierto y su rostro estaba cubierto de sudor.
—¡Es el Nexo! —gritó Rick por encima del estruendo—. ¡Su sangre está reaccionando a la presencia de ambos linajes! ¡Steve y Aleck, si se quedan cerca, la van a matar! Su cuerpo no puede contener tanto poder sin un anclaje.
—¡Haz algo, vidente! —rugió Steve, tratando de acercarse a Alba, pero siendo repelido por la barrera de luz.
—¡Alba, concéntrate en mi voz! —gritó Rick, lanzando un puñado de polvo plateado hacia el círculo de luz—. ¡Visualiza la tierra! ¡Visualiza tus raíces! No eres un trofeo, eres el equilibrio. ¡Controla el flujo!
Alba cerró los ojos, apretando los puños. Pensó en su vida antes de que ellos llegaran, en las mañanas tranquilas, en el olor a café de su madre. Poco a poco, la luz comenzó a retraerse, volviendo a su cuerpo, hasta que solo quedó un débil resplandor en su piel.
El silencio que siguió fue sepulcral. Alba cayó de rodillas, agotada, con la respiración entrecortada.
Steve fue el primero en moverse, pero se detuvo a tres metros de ella, respetando la distancia que Aleck también mantenía desde el otro lado.
—Esto cambia todo —dijo Enzo, rompiendo el silencio. Su tono ya no era burlón, sino lleno de una codicia oscura—. El Nexo no solo está despierto. Es consciente. La tregua de Beacon Hill acaba de convertirse en una cacería formal.
—Si vuelven a acercarse a ella —dijo Aleck, mirando fijamente a Steve y luego a Enzo—, no importará cuántos siglos lleven vivos. Los quemaré hasta que no quede ni sombra de ustedes.