El silencio en la casa de los Miller era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Alba estaba encerrada en su habitación, pero esta vez no por voluntad propia. Aleck y Owen se turnaban en el pasillo, como centinelas de una prisión de madera y ladrillo.
se miraba las manos en el espejo. Aún sentía el hormigueo del poder que había estallado en la mansión. De pronto, la ventana crujió. No era Steve. Era Owen, que había trepado por el roble centenario. Entró en la habitación con la agilidad de un depredador, pero sus ojos amarillos se suavizaron al verla. Estaba sin camiseta, y las cicatrices de la pelea con Steve aún estaban frescas en su pecho.
—No deberías estar aquí, Owen. Aleck te matará —susurró Alba, aunque no se alejó cuando él se acercó.
Owen acortó la distancia, rodeando la cintura de Alba con sus manos grandes y cálidas. El contraste era brutal: mientras Steve era frío como el mármol, Owen quemaba. Su olor a bosque y lluvia envolvía a Alba, despertando un instinto primario en ella.
—Aleck es mi Alfa, pero tú eres mi prioridad, Alba —dijo Owen, pegando su frente a la de ella—. Sentí tu poder hoy. Te dolió, lo sé. Los vampiros solo quieren usarte como una fuente de energía, pero para nosotros... para mí... eres la razón por la que protegemos este pueblo.
Owen bajó la mirada a los labios de Alba. Había una tensión eléctrica, un deseo basado en la protección y la pertenencia. Estuvo a punto de besarla, pero un escalofrío repentino recorrió la espalda de Alba. El aire de la habitación bajó varios grados. Owen gruñó, dándose la vuelta.
—Fuera de aquí, perro —una voz femenina, melodiosa pero cargada de sarcasmo, resonó desde las sombras del rincón.
Era una mujer de una belleza impactante, con el cabello negro corto y ojos de un violeta antinatural. Vestía ropa de cuero ajustada y se movía con una confianza que solo dan los siglos de existencia.
—¿Quién eres tú? —preguntó Alba, temblando.
—Soy Bia —respondió la mujer, ignorando el gruñido de Owen—. La mejor amiga de Steve, su confidente y, a veces, su única neurona funcional. He venido a ver por qué mi mejor guerrero está llorando por las esquinas como un adolescente humano.
Bia miró a Owen con desprecio.
—Vete a lamerte las heridas, chucho. Steve me envió para asegurarme de que ella esté bien, no para que tú marques territorio.
Owen estaba a punto de saltar sobre ella cuando una luz dorada brilló en el centro de la habitación, separándolos a ambos. Una joven de unos dieciocho años, con una túnica moderna cubierta de runas bordadas y el cabello castaño recogido en trenzas, apareció de la nada.
—¡Basta de testosterona y colmillos por un segundo! —dijo la joven, ajustándose unas gafas redondas—. El equilibrio está chillando y ustedes dos están ayudando a que el mundo se rompa más rápido.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Bia, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—Cecil, del linaje de Salem —respondió la chica con orgullo—. La última de las tejedoras de sombras. He sentido el despertar del Nexo desde el otro lado del estado y, honestamente, alguien tiene que enseñarle a esta chica a no hacer explotar las ventanas cada vez que se asusta.
Cecil se acercó a Alba y le tomó la mano. Alba sintió una conexión instantánea, como si Cecil hablara un idioma que su sangre ya conocía.
—Alba, eres hermosa, pero eres un peligro andante —dijo Cecil seriamente—. Tienes a un vampiro enamorado de tu alma, a un hombre lobo enamorado de tu luz, y a un hermano que se convertirá en monstruo para "salvarte". Pero si no aprendes a controlar lo que eres, Enzo te encontrará y te usará para apagar el sol.
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Mientras tanto, en la Mansión Blackwood, Steve miraba el horizonte desde el balcón. Bia apareció detrás de él, su presencia era el único consuelo que había conocido en décadas.
—Es especial, Steve. Lo entiendo ahora —dijo Bia, poniéndose a su lado—. Pero el lobo está ganando terreno. Él puede darle el calor que tú no tienes. Él puede darle una vida bajo el sol. ¿Qué puedes darle tú, además de una eternidad en las sombras?
Steve apretó la barandilla, deformando el metal.
—Puedo darle mi vida, Bia. Si eso es lo que hace falta.
—El amor de un vampiro es una maldición, amigo mío —susurró Bia, poniendo una mano en su hombro—. Y con Enzo rondando, y esa pequeña bruja de Salem apareciendo... me temo que Beacon Hill va a arder antes de que ella pueda elegir a uno de ustedes.
En la habitación de Alba, la tensión romántica no se había disipado. Owen se negaba a irse, y Bia se negaba a dejar de vigilar. Cecil, por su parte, comenzó a dibujar un círculo de protección en el suelo.
—Escúchenme bien —dijo Cecil—. Esta noche es la víspera de la Luna Azul. Alba, vas a tener que elegir un anclaje. Uno de ellos dos tendrá que compartir su esencia contigo para estabilizar tu poder. Si eliges al lobo, serás la reina de la naturaleza. Si eliges al vampiro, serás la señora de la noche.
Alba miró a Owen, cuyo cuerpo vibraba de deseo y lealtad. Luego miró hacia la oscuridad de la noche, sabiendo que Steve estaba en algún lugar sufriendo por ella.
—¿Y qué pasa si no quiero elegir? —preguntó Alba.
—Entonces —dijo Cecil con una sonrisa triste—, el poder te consumirá y Beacon Hill desaparecerá del mapa.
Bia soltó una risita seca.
—Vaya drama. Yo que tú, elegiría al que mejor bese, nena. Pero date prisa, porque huelo a Enzo cerca, y no viene precisamente a traer flores...