La habitación de Alba se sentía cada vez más pequeña. El círculo de sal y ceniza de montaña que Cecil había trazado en el suelo brillaba con un tono azulado, reaccionando a la luz de la Luna Azul que empezaba a filtrarse por las nubes.
Owen no se había movido del lado de Alba. Su presencia era como una estufa encendida en una noche de invierno; el calor que emanaba de su piel era casi embriagador. Bia, recostada contra la puerta con una elegancia felina, examinaba sus uñas perfectamente limadas, aunque sus ojos violetas no perdían detalle de los movimientos del hombre lobo.
—El tiempo se agota, nena —dijo Bia, rompiendo el silencio—. El aire fuera de esta casa está tan cargado de testosterona y mala leche que hasta los pájaros han dejado de volar. Steve está abajo, discutiendo con tu hermano, y créeme, Aleck no es muy fan de los invitados que no respiran.
—¡Steve está aquí! —Alba se puso en pie, pero Cecil le puso una mano en el hombro.
—No rompas el círculo, Alba —advirtió la hechicera—. Si sales ahora sin un anclaje, tu energía buscará la fuente más cercana de forma violenta. Podrías drenar a Steve o incinerar a tu hermano.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Aleck entró, seguido de cerca por Steve. La tensión entre el Alfa y el vampiro era tan tangible que Cecil tuvo que reforzar su hechizo para que las paredes no empezaran a agrietarse.
—No voy a permitir que ese chupasangre toque a mi hermana —rugió Aleck, sus ojos brillando en un amarillo intenso.
—No se trata de lo que tú permitas, Aleck —respondió Steve con una calma sobrenatural, aunque sus puños estaban apretados—. Se trata de lo que Alba necesita para sobrevivir.
Steve caminó hacia el límite del círculo. Sus ojos se encontraron con los de Alba, y el mundo exterior desapareció para ambos. Había una tristeza infinita en su mirada, pero también una devoción que la hacía temblar.
—Alba —dijo Steve suavemente—. Mi mundo ha sido frío y oscuro durante más de dos siglos. Tú eres la primera luz que no me quema. Si me eliges como tu anclaje, compartiré contigo mi eternidad, mi fuerza y mi silencio. Nunca estarás sola en la oscuridad.
Owen soltó un gruñido bajo y se interpuso, obligando a Steve a retroceder un paso. El lobo tomó la mano de Alba, y ella sintió la chispa de la vida, el pulso acelerado de alguien que estaba intensamente vivo.
—Él te ofrece una tumba de cristal, Alba —dijo Owen, su voz ronca de emoción—. Yo te ofrezco la tierra, el bosque, el calor de la manada. Te ofrezco una vida donde tu corazón siga latiendo, no uno donde se detenga. Conmigo, serás libre, no una reliquia guardada en una mansión.
Alba miraba a ambos. A Steve, que representaba un amor poético, eterno y profundo como el océano nocturno. Y a Owen, que era la pasión, el fuego, la protección feroz y la conexión con la naturaleza.
—Es una elección de alma, Alba —susurró Cecil, observando la Luna Azul alcanzar su punto máximo a través de la ventana—. El vampiro es el anclaje del Espíritu. El lobo es el anclaje de la Carne.
Bia soltó un suspiro dramático.
—Oh, por favor. Es como elegir entre un Ferrari clásico y un Jeep todoterreno. Ambos son geniales, pero uno te lleva a la ópera y el otro te hace morder el polvo. Decídete ya, antes de que Enzo decida por todos nosotros.
Como si sus palabras hubieran sido una invocación, un estruendo sacudió la casa. Las luces se apagaron y un humo negro comenzó a filtrarse por las rendijas de la puerta.
—Llegó el invitado que faltaba —masculló Bia, poniéndose en posición de ataque.
Enzo no entró por la puerta; su voz simplemente llenó la habitación, multiplicada por las sombras.
—Qué escena tan conmovedora. El perro y el cadáver peleando por un hueso que no les pertenece. Alba, querida, ¿por qué elegir un anclaje cuando puedes ser la tormenta misma?
Una ráfaga de viento oscuro rompió el círculo de Cecil. Alba gritó cuando sintió que su poder se descontrolaba de nuevo. Steve y Owen saltaron al mismo tiempo para sujetarla, pero la energía los rechazó a ambos.
—¡Alba! —gritó Steve, extendiendo su mano a través de la luz cegadora.
—¡Agárrate a mí! —rugió Owen desde el otro lado.
En medio del caos, Alba sintió dos manos diferentes: una fría como el hielo y otra ardiente como el sol. En ese instante de conexión total, las visiones la asaltaron. Vio un futuro con Steve, envueltos en sombras y elegancia, desafiando al tiempo. Vio un futuro con Owen, corriendo bajo la luna, sintiendo el latido de la tierra en sus pies.
—¡No puedo elegir a uno! —gritó Alba, y su voz resonó con un eco de poder antiguo—. ¡Los necesito a los dos!
Cecil abrió los ojos de par en par.
—¡Eso es imposible! ¡Nadie puede sostener ambos linajes sin romperse!
Pero Alba ya no escuchaba. Sus manos se cerraron sobre las de Steve y Owen simultáneamente. Un destello de luz violeta, el color de la magia de Cecil, los envolvió a los tres, creando un vínculo que Beacon Hill no había visto en mil años.
En la oscuridad del pasillo, Enzo observaba con una sonrisa macabra.
—Perfecto. Ahora el sacrificio es triple.