Vínculo de Sangre

Ep8~ El Alfa y la Sangre Fría

La onda expansiva de la unión había dejado la habitación de Alba en ruinas. El vínculo era real: Steve y Owen estaban de pie, uno a cada lado de Alba, pero ahora algo había cambiado. Se miraron con una confusión absoluta; a través de Alba, el vampiro podía sentir el pulso acelerado y salvaje del lobo, y el lobo podía sentir el abismo de calma y soledad del vampiro. Estaban encadenados por el alma de la misma mujer.

—Esto es... asqueroso —gruñó Owen, frotándose el pecho como si intentara sacarse la esencia de Steve de encima.

—Es una necesidad —respondió Steve, aunque su rostro mostraba la misma incomodidad—. El poder de Alba se ha estabilizado, pero Enzo sigue fuera.

Cecil estaba agotada, sentada en el suelo mientras recogía sus amuletos.

—No se acostumbren a la paz. El vínculo los mantendrá vivos, pero los hará vulnerables a las emociones del otro. Si uno sufre, los tres sufren.

Mientras tanto, en la planta baja, la casa de los Miller se había convertido en un búnker de alta tensión. Aleck, abrumado por el hecho de que su hermana ahora estaba atada a su peor enemigos, intentaba poner orden en el caos. Estaba en la cocina, tratando de limpiar una herida en su brazo causada por el humo negro de Enzo, cuando una presencia gélida y elegante se materializó a su espalda.

—Lo estás haciendo mal, perrito —dijo Bia, apoyada en el marco de la puerta con una sonrisa juguetona.

Aleck se giró bruscamente, sus ojos amarillos brillando en la penumbra.

—Fuera de mi vista. Ya tengo suficiente con el novio cadáver de mi hermana arriba como para aguantar a su guardaespaldas.

Bia no se inmutó. Caminó hacia él con pasos lentos y rítmicos, el sonido de sus botas de cuero resonando en los azulejos. Se detuvo a escasos centímetros de él, obligando a Aleck a bajar la mirada para encontrar sus ojos violetas. El olor de ella era una mezcla extraña de jazmín y algo metálico, algo que despertaba el instinto de caza de Aleck, pero de una manera que nunca antes había sentido.

—Esa herida tiene rastro de magia negra —dijo Bia, ignorando su insulto. De repente, tomó el brazo de Aleck con una fuerza sorprendente para su delicada constitución—. Si no se limpia con saliva de vampiro o un hechizo de Cecil, se te gangrenará antes del amanecer. Y dudo que la pequeña bruja tenga energía de sobra.

Aleck intentó soltarse, pero la cercanía de Bia lo paralizó. El calor de su cuerpo de Alfa chocaba con el frío de la piel de ella, creando una fricción eléctrica.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Morderme? Inténtalo y te arrancaré la cabeza.

Bia soltó una carcajada baja, una melodía oscura que le erizó el vello de la nuca a Aleck.

—No eres mi tipo, Alfa. Demasiado... peludo. Y demasiado gruñón.

Sin previo aviso, Bia acercó el brazo de Aleck a su rostro. Él se tensó, esperando el dolor de los colmillos, pero lo que sintió fue la punta de la lengua de Bia rozando la herida con delicadeza. El contacto fue como una descarga de hielo que neutralizó el ardor de la magia de Enzo. Aleck soltó un gruñido que empezó como una amenaza pero terminó como algo parecido a un suspiro.

Bia levantó la mirada, con una gota de sangre de Alfa adornando el labio inferior.

—Tienes una sangre muy... impaciente, Aleck Miller.

Aleck la acorraló contra la encimera de la cocina, poniendo sus manos a ambos lados de su cuerpo. El aire entre ellos vibraba. El odio ancestral entre sus especies estaba ahí, pero algo más fuerte, una atracción física violenta y repentina, los estaba empujando.

—¿A qué juegas, vampira? —susurró Aleck, su voz era un trueno bajo. Su rostro estaba tan cerca que podía ver los destellos plateados en los ojos de ella.

—Me gusta el peligro —respondió Bia, sin rastro de miedo. Alargó una mano y acarició la barba de tres días de Aleck con sus dedos fríos—. Y tú eres el peligro más grande de este pueblo. Es una pena que seas un perro tan leal a las reglas.

Aleck apretó los dientes, luchando contra las ganas de besarla o de atacarla.

—No soy el perro de nadie.

—Demuéstralo —desafió ella, humedeciéndose los labios.

Antes de que la tensión estallara, un grito de Alba desde el piso de arriba rompió el momento. Aleck se separó de Bia como si se hubiera quemado, recuperando su postura de líder, aunque su respiración era errática.

Bia se limpió el labio con el dorso de la mano, sonriendo con suficiencia.

—Parece que el deber te llama, Alfa. Pero no te preocupes, no iré muy lejos. Me gusta cómo sabe tu rabia.

Arriba, Alba estaba frente a la ventana. El cielo no era azul, ni negro. Una grieta roja cruzaba la luna.

—Enzo no ha terminado —dijo Alba, su voz sonando con una autoridad que no era suya—. Ha convocado a los Cosechadores. Vienen a cobrar la deuda de sangre de Salem.



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En el texto hay: misterio, origen, romance

Editado: 05.03.2026

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