El silencio que siguió a la revelación de Alba sobre los Cosechadores era denso, interrumpido solo por el crujido de la madera vieja de la mansión Miller. Mientras los demás se preparaban para la defensa, en un rincón de la biblioteca, el aire vibraba con una energía diferente.
Cecil estaba rodeada de mapas antiguos y pergaminos que se deshacían al tacto. Sus manos temblaban. La magia que había usado para vincular a Alba, Steve y Owen la había dejado vacía, pero también había abierto una puerta en su mente que no podía cerrar.
—No tiene sentido —susurró Cecil, con lágrimas de frustración en los ojos—. Mis hechizos funcionan, pero no sé de dónde vienen. Siento que estoy usando una lengua que mi cuerpo recuerda pero mi cerebro no.
Rick, que había estado observando en silencio desde la sombra, se acercó con una linterna y un termo de café. Él era el único del grupo que no tenía colmillos, garras , pero poseía una mente analítica que envidiaría cualquier detective.
—Cecil, mírame —dijo Rick con suavidad, sentándose frente a ella—. Has pasado toda tu vida protegiendo a los demás con un poder que te da miedo entender. Pero si vamos a ganar esta guerra, necesitas saber quién eres realmente.
—¿Y cómo, Rick? Mi abuela se llevó los secretos a la tumba —respondió ella, desesperada.
Rick dejó un pesado libro de registros históricos sobre la mesa.
—He estado investigando los archivos del ayuntamiento. Hay una propiedad a las afueras de Beacon Hill que no aparece en los mapas modernos. Estaba a nombre de una familia que fue borrada de los registros en 1790. El apellido era Aethelgard. Es el mismo símbolo que tienes tatuado en la nuca, el que dices que es una "marca de nacimiento".
Cecil se tocó instintivamente la base del cráneo.
—Aethelgard... los Guardianes del Umbral.
—Voy a ayudarte a encontrar ese lugar, Cecil —prometió Rick, poniendo su mano sobre la de ella—. No importa lo oscuro que sea tu origen, no lo enfrentarás sola. Mi cerebro y tu magia... somos un buen equipo, ¿no?
Cecil le dedicó una sonrisa débil, la primera en días. Por un momento, el peso del mundo pareció menos aplastante.
Mientras tanto, en el balcón del segundo piso, la tensión era de una naturaleza mucho más dolorosa. Owen estaba de pie, observando el bosque con los sentidos alerta, sus hombros anchos bloqueando el paso de cualquier amenaza. Sentía la presencia de Alba detrás de él, y el vínculo que compartían le enviaba oleadas de su ansiedad.
—Owen —dijo Alba suavemente.
Él se giró, y la intensidad de su mirada casi la hizo retroceder.
—No tienes que tener miedo, Alba. Ahora que estoy vinculado a ti, nada te tocará. Moriría mil veces antes de dejar que Enzo se acerque a diez metros de esta casa. Vamos a salir de esta, y luego... luego podremos empezar de nuevo. Lejos de vampiros y de maldiciones.
Alba sintió un nudo en la garganta. A través del vínculo, podía sentir el amor protector y devoto de Owen, una calidez que la envolvía como una manta. Pero también sentía la frialdad de Steve en la habitación de al lado, y se dio cuenta de que no podía seguir permitiendo que Owen se hiciera ilusiones que solo traerían más desastre.
—Owen, para —dijo ella, su voz firme pero cargada de tristeza.
El hombre lobo frunció el ceño, confundido.
—¿Qué pasa? ¿Es por el vínculo? ¿Sientes al chupasangre?
—No, es por nosotros —Alba dio un paso hacia él y le tomó las manos. Estaban calientes, llenas de vida—. Owen, eres la persona más valiente que conozco. Me has salvado más veces de las que puedo contar y eres una parte esencial de mi alma. Eres mi mejor amigo, mi hermano de batalla, la persona en la que más confío en este mundo...
Owen se tensó. El término "mejor amigo" golpeó sus sentidos más que cualquier ataque físico.
—Pero... —murmuró él, con la voz quebrada.
—Pero mis sentimientos no van más allá de eso, Owen —confesó Alba, mirándolo directamente a los ojos para que no hubiera dudas—. No puedo obligar a mi corazón a amarte de la forma en que tú me amas a mí. Intentarlo sería traicionar la amistad tan pura que tenemos. Te quiero, Owen, pero no estoy enamorada de ti.
El silencio que siguió fue ensordecedor. A través del vínculo, Alba sintió el impacto: fue como si una cuerda se tensara hasta casi romperse. El dolor de Owen era una punzada aguda en el pecho de Alba, y en el de Steve, que en su habitación cerró los ojos, sintiendo la agonía de su rival.
Owen retiró sus manos lentamente. Sus ojos amarillos se apagaron, volviéndose de un marrón oscuro y humano, llenos de una vulnerabilidad que nunca mostraba ante la manada.
—Es él, ¿verdad? —preguntó Owen con amargura—. El que ni siquiera tiene pulso.
—No se trata de él, Owen. Se trata de lo que yo siento. No puedo mentirte.
Owen asintió repetidamente, tratando de tragarse el orgullo herido.
—Entiendo. El "gran amigo". El que siempre está ahí pero nunca es el elegido.
—Owen, no digas eso...
—Tengo que vigilar el perímetro —la cortó él, transformándose parcialmente, sus garras brotando mientras saltaba por la barandilla del balcón hacia la oscuridad del bosque, necesitando que el dolor físico de la carrera aplacara el vacío en su pecho.
Alba se quedó sola en el balcón, llorando en silencio. De las sombras de la habitación surgió Steve. No dijo nada, no se jactó. Simplemente se puso a una distancia respetuosa, su sola presencia ofreciendo un consuelo silencioso que ella, muy a su pesar, aceptó.
Abajo, en la entrada, la grieta roja de la luna se ensanchó. El primer Cosechador acababa de cruzar la línea del jardín. La tregua emocional había terminado; la cacería acababa de empezar..