La grieta roja en la luna finalmente estalló, derramando una luz escarlata sobre Beacon Hill que parecía teñir el aire de sangre. De las sombras del bosque no salieron lobos ni vampiros, sino figuras encapuchadas que flotaban a centímetros del suelo. Eran los Cosechadores, espectros de los jueces y verdugos de Salem que habían jurado erradicar cualquier rastro de la estirpe Aethelgard. No portaban armas físicas, sino guadañas hechas de puro vacío que cortaban el alma antes que la carne.
—¡Están aquí! —gritó Aleck desde la planta baja, transformándose por completo. Su pelaje gris acero se erizó mientras sus garras arañaban el suelo de madera.
Bia, a su lado, desenvainó dos dagas de plata grabadas con runas. Su rostro, usualmente burlón, estaba serio.
—Si esas cosas nos tocan, Aleck, no hay regeneración que valga. No mueras, sería un desperdicio de buena sangre.
***
Mientras la batalla estallaba en los jardines de la mansión, Rick y Cecil se deslizaban por la salida de servicio. Rick había puesto en marcha su viejo Jeep, con el motor rugiendo en la noche silenciosa.
—El GPS no reconoce las coordenadas, pero mi brújula se está volviendo loca —dijo Rick, girando el volante con fuerza mientras esquivaban una de las figuras espectrales que intentó interceptarlos en la carretera—. Cecil, concéntrate. Si Aethelgard es tu origen, tienes que sentir el camino.
Cecil cerró los ojos. El dolor de Alba y Owen le llegaba como un eco lejano, pero ella buscó algo más profundo, algo enterrado en su ADN. De repente, sus ojos se abrieron, pero ya no eran verdes, sino de un blanco incandescente.
—A la izquierda, Rick. A través del muro de espinos. No te detengas.
Rick confió ciegamente. Aceleró el vehículo, atravesando una maleza que parecía cobrar vida para detenerlos, hasta que el Jeep frenó en seco frente a una estructura que desafiaba la lógica: una torre de piedra negra rodeada de un lago de aguas estancadas que brillaban con luz propia.
—Bienvenidos a la cuna de la magia negra —susurró Rick, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el frío.
***
En el bosque que rodeaba la mansión Miller, Owen estaba librando su propia guerra suicida. El rechazo de Alba lo había dejado con una rabia ciega que lo hacía más peligroso que nunca. Se lanzó contra tres Cosechadores, desgarrando sus túnicas de sombra con una ferocidad que incluso a los espectros parecía inquietar.
Pero los Cosechadores eran legión. Uno de ellos levantó su guadaña de vacío, apuntando directamente al corazón de Owen. El lobo, agotado y con el alma herida, no se movió. Casi deseaba que el golpe llegara.
—¡NO! —el grito de Alba resonó no en el aire, sino dentro de la cabeza de Owen.
Un destello de velocidad cegadora interceptó al espectro. Steve apareció de la nada, bloqueando el arma del Cosechador con una espada de hueso antiguo que guardaba en su colección privada. El impacto lanzó una onda de choque que derribó varios árboles.
—Levántate, idiota —siseó Steve, su rostro pálido mostrando el esfuerzo—. Si mueres ahora, ella sentirá tu muerte a través del vínculo y eso la destruirá. No te salvé por ti, lo hice por ella.
Owen se puso en pie, escupiendo sangre. Sus ojos amarillos se encontraron con los ojos rojos del vampiro. Por primera vez en siglos, el odio entre sus especies fue desplazado por una tregua forjada en el dolor compartido.
—Atrás con atrás, chupasangre —gruñó Owen—. Si salimos de esta, todavía te odio.
—El sentimiento es mutuo —respondió Steve con una sonrisa gélida.
***
Dentro de la torre negra, Cecil caminaba hacia un altar de obsidiana. Rick la seguía de cerca, con su linterna iluminando inscripciones que contaban la historia de una bruja que se enamoró de un demonio para salvar a su pueblo, creando la línea Aethelgard.
—Rick, aquí dice que el poder solo puede despertarse con un sacrificio de voluntad —leyó Cecil, su voz temblando—. No de sangre, sino de algo que ames.
Rick la miró, dándose cuenta de lo que eso significaba. Cecil siempre había amado su normalidad, su deseo de ser una chica común. Para salvar a sus amigos, tendría que renunciar a su humanidad para siempre y convertirse en la Gran Hechicera que Beacon Hill necesitaba.
—Hazlo, Cecil —dijo Rick con firmeza—. Yo seré tu ancla. No dejaré que te pierdas en la oscuridad.
Cecil asintió y puso sus manos sobre el altar. En ese instante, una columna de luz púrpura salió disparada hacia el cielo, conectando la torre con la mansión Miller.
En el jardín de la mansión, Alba sintió el cambio. Sus manos empezaron a emitir el mismo brillo púrpura. Miró a Aleck y Bia, que luchaban espalda contra espalda, y luego a Steve y Owen, que defendían el perímetro.
—Ya basta —susurró Alba. Su voz se amplificó, cargada con el poder ancestral de los Aethelgard—. ¡ESTA TIERRA YA NO LES PERTENECE!
El choque de poderes apenas comenzaba. La Cosecha de Sombras se enfrentaba ahora a la Reina de la Sangre y el Lobo, pero el precio que Cecil estaba pagando en la torre negra cambiaría las reglas del juego para todos.