La columna de luz púrpura que emanaba de la torre negra rasgó el cielo de Beacon Hill, enviando una onda de choque que hizo vibrar los cimientos de la mansión Miller. En el epicentro de aquel poder, Cecil ya no era la joven asustadiza que leía el tarot en su habitación. Sus ojos eran dos pozos de galaxias giratorias y su piel emitía un pulso rítmico, como si su corazón latiera al unísono con la tierra misma.
Rick retrocedió, cubriéndose los ojos. La temperatura en la torre había bajado tanto que su aliento formaba nubes de vapor.
—¿Cecil? —llamó, con la voz temblando.
Ella se giró lentamente. Su voz ya no era una sola, sino un coro de cientos de ancestros Aethelgard hablando a la vez.
—El equilibrio ha sido restaurado, Rick. Pero el precio... el precio es que ya no pertenezco al mundo de los vivos, ni al de los muertos. Soy el Umbral.
Sin esperar respuesta, Cecil extendió su mano y la realidad pareció doblarse como un trozo de papel. En un parpadeo, ambos desaparecieron de la torre, dejando atrás solo el eco de un suspiro.
***
En la mansión, la marea de la batalla estaba cambiando, pero a un costo devastador. Aleck yacía en el suelo, volviendo a su forma humana, con una herida profunda en el costado que supuraba una sombra oscura; Bia luchaba desesperadamente por mantener a los Cosechadores alejados de él, sus dagas de plata rompiéndose tras cada choque.
Alba, imbuida con el poder que Cecil le enviaba desde la distancia, era un torbellino de muerte. Sus ojos brillaban con un fuego violeta mientras desintegraba a los espectros con solo tocarlos. Sin embargo, la llegada de una presencia mucho más antigua y gélida detuvo el combate en seco.
De entre la niebla escarlata surgió Enzo. Pero no era el hombre que Alba recordaba. Su piel era traslúcida y sus ojos eran vacíos negros. Ya no era solo un vampiro; se había convertido en el recipiente de los Cosechadores, el Maestro de la Caza.
—Alba... —su voz era como el crujido de huesos secos—. Has crecido tanto. Pero todo este poder es un préstamo. Los Aethelgard no crean reinas, crean llaves. Y yo voy a usarte para abrir la puerta definitiva.
Enzo levantó una mano y una presión invisible aplastó a Steve y Owen contra las paredes de la mansión. Steve intentó usar su velocidad, pero las sombras de Enzo lo encadenaron. Owen rugió, sus músculos tensándose hasta casi romperse, pero el poder de los Cosechadores era absoluto sobre los seres de carne.
—¡Déjalos ir! —gritó Alba, lanzando una ráfaga de energía púrpura.
Enzo la desvió con un simple gesto.
—El vínculo que tienes con ellos es tu debilidad. Sientes su dolor, ¿verdad? Sientes cómo el corazón de Owen se rompe por tu rechazo, y cómo el alma fría de Steve se desespera por no poder protegerte. Es un banquete exquisito.
Con un movimiento rápido, Enzo atrajo a Alba hacia él mediante telequinesis, sujetándola por el cuello. La energía púrpura de Alba empezó a ser succionada por Enzo, que brillaba con una luz oscura y corrupta.
—Cuando termine contigo —susurró Enzo al oído de Alba—, Beacon Hill será el primer peldaño de un imperio de sombras. No habrá más sol, ni más lobos, ni más humanos. Solo hambre.
De repente, un estruendo sacudió el jardín. Una grieta en el espacio-tiempo se abrió y Cecil emergió, seguida de un Rick que sostenía una escopeta cargada con sal y hierro bendito.
Cecil no perdió el tiempo. Sus manos trazaron símbolos en el aire que brillaban con la intensidad de soles en miniatura.
—¡Enzo! —la voz coral de Cecil hizo que el villano retrocediera—. El linaje Aethelgard no se rinde ante los parásitos.
—¡Llegas tarde, Hechicera! —rugió Enzo, soltando a una Alba debilitada y lanzándose contra Cecil.
Pero Rick, en un acto de valentía puramente humana, se interpuso en el camino de Enzo, disparando su arma. El impacto no mató al monstruo, pero le dio a Cecil el segundo que necesitaba para rodear a Enzo con un círculo de fuego blanco.
—¡Alba! —gritó Cecil, su forma física empezando a desvanecerse—. ¡Solo tú puedes cerrar esto! El vínculo no es una debilidad, es el ancla. ¡Usa a Steve y a Owen! ¡Une las tres naturalezas!
Alba, arrastrándose por el suelo, miró a Steve y luego a Owen. Ambos, a pesar de sus heridas y del odio que los separaba, le tendieron la mano. Era el momento de la verdad. El sacrificio final estaba cerca, y la profecía de Beacon Hill estaba a punto de cumplirse o de destruir todo lo que conocían...