Vitali: Un acuerdo para amarnos

CAPÍTULO 1

Aurora Puerto Carrero

Me trasplantaron el hígado a los quince años: mi peor trauma.

De niña, mis padres siempre me dijeron que había nacido prematura. Cuando tuve doce años, mis primos y yo nos resfriamos pero no cualquier resfrio, sudor, tos seca, asma.

Los peores síntomas los tenía yo: sufría ataques de asma todas las noches. Nos ponían vapor hasta que mejoramos.

A los catorce años, mis padres vieron que mis uñas se ponían moradas, me cansaba muy rápido y mis ojos estaban un poco amarillos. Así que mi mamá me llevó al hospital. La doctora me hizo unos exámenes y nos dijo que yo no tenía nada.

Mi mamá dijo que íbamos a buscar una segunda opinión. Después de hacerme un examen del corazón, el doctor dijo que tenían que internarme.

Estuve internada durante dos semanas y me hicieron muchos exámenes. Entonces, el doctor habló con mis padres y les dijo que quería hacerme una biopsia para saber si el hígado era el problema.

Dicho y hecho: el hígado era el problema.

Mis padres y yo lloramos. Nos dijeron que nos iban a mandar a Londres.

Somos peruanos, pero hace muchos años vivimos en Liverpool, nos dieron un departamento para que estuvieramos comodos. En Londres estaba el mejor equipo para realizar trasplantes infantiles.

Llegamos al hospital y, otra vez, me hicieron exámenes. Pero esta vez, después de una semana, me dijeron que tenían que ponerme en lista de espera. Tenían que encontrar a alguien compatible conmigo, ya que mis padres no lo eran.

Esperamos seis meses. Durante ese tiempo, estuve conectada a una bomba de oxígeno todo el tiempo; dormía y despertaba con ella.

Llegó el gran día de la operación. Estaba demasiado nerviosa.

Desperté después de cinco días. Tuve un trombo al segundo día por haberme movido demasiado.

Cuando desperté, estaba muy asustada. Mi pierna izquierda me pesaba porque, al estar tanto tiempo acostada, el nervio se había dormido.

La recuperación fue muy lenta, o eso sentía en ese momento. Durante un mes volví a ser como una bebé: no podía ir al baño sola ni caminar. Me sentía como una inútil.

Por suerte, tuve a mis padres conmigo, siempre apoyándome.

Antes veía como una maldición aquella cicatriz y el bulto en mi abdomen. Ahora lo agradezco: gracias a eso estoy viva.

Descubrí lo que más me gusta: leer libros y hacer postres.

A lo largo de los años, aprendí a comer y también a vivir como una persona sana. La comida hecha de soja es muy buena para las personas trasplantadas, ya que no podemos comer mucha carne. No puedo beber alcohol ni fumar, aunque creo que tampoco lo haría, aun si pudiera. No tengo que beber para divertirme y también aprendí a poner límites.

Mis padres murieron hace dos años por un accidente de transporte.

Desde ese día, los visito todos los viernes y les dejo rosas rosadas. Llevo la camiseta peruana de papá y el perfume favorito de mamá.

Los extraño.




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