Lorenzo Vitali
Soy el primogénito de la familia Vitali y el único nieto varón de Caterina y Francesco Vitali.
Mis padres, Beatrice y Adriano, se casaron hace muchos años —exactamente veintinueve— mediante un matrimonio arreglado. No mucho tiempo después surgieron sentimientos entre ellos, y nacimos mis hermanas y yo.
Pero nuestra familia perdió a uno de sus integrantes.
Mi padre falleció hace tres meses. La empresa familiar está bajo mi mando desde hace cuatro años, por lo que no hubo muchos cambios en cuanto a los negocios.
Solo que mi maestro, mi padre, se fue. Fue el mejor mentor que pude tener, el hombre que construyó y diseñó nuestra casa con sus propias manos.
Le costo hacerla, para ese entonces yo ya estaba creciendo en la barriga de mi madre.
Aunque no me daba muchos abrazos, siempre estuvo a mi lado.Y de mis hermanas, por supuesto.
No somos una familia muy cariñosa, pero somos unidos.
Mi abuelo siempre decía que lo primero era la familia, que la familia nunca te abandona.
Los negocios van y vienen, pero la familia se queda.
Por ello, estoy buscando esposa.
A mis veintiocho años, quiero formar una familia. Quiero que mi madre y mi nona conozcan a mis hijos.
Aunque, cada vez que pienso en qué quiero para una esposa, se me viene a la mente un recuerdo de mi duodécimo cumpleaños.
Muchas familias amigas vinieron, junto con muchos niños y niñas.
Me caí mientras jugaba con mis amigos y me hice un moretón.
Una niña de nueve años, muy alegre y dulce, corrió hasta mí con una curita en una mano y una galleta en la otra.
Me dijo que así me sentiría mejor.
Antes de marcharse, besó mi mejilla y, con la mayor sinceridad del mundo, me prometió que rezaría para que me curara muy pronto.
Se olvido de su cadena, tiene una estrella y su nombre gravado.
Nunca volví a verla.
Han pasado dieciséis años desde entonces.
Y, aun así, sigo recordando la calidez de aquel pequeño gesto.
¿Dónde estarás, dulce niña?
Si te encuentro, ¿Querás conocerme?, ¿Me recordarás con solo mirarme?.