Vitali: Un acuerdo para amarnos

CAPÍTULO 5: LORENZO

Se ve igual de hermosa que el primer día en que la vi.

Su cabello castaño, con reflejos rubios; sus labios rojos; ese vestido blanco que se ajusta a sus curvas; y los tacones dorados, a juego con sus pendientes.

Increíblemente hermosa.

Es una mujer muy interesante. Hablamos mucho, no como la última vez. Nuestros temas de conversación han sido refrescantes.

Hemos hablado desde que llegué. Es una mujer muy alegre.

Me hace reír.

—Entonces, ¿en qué trabajas ahora? —pregunta mientras bebe un poco de champán.

—Estoy trabajando en el nuevo centro comercial.

—¡De lujo! Debe de ser increíble ver tus obras al pasar por una calle.

—Sí, hay una gran satisfacción, pero ¿de qué vale si no hay alguien con quien celebrarlo?

Nos quedamos mirándonos un momento, hasta que ella vuelve a sonreír.

—No se hable más. Brindemos por ese nuevo centro comercial —dice mientras alza la copa.

Yo también alzo la mía. Las copas chocan y los dos nos reímos.

Nos hemos bebido casi una botella entera, pero no somos irresponsables: también bebemos agua para reducir un poco los efectos del alcohol.

—Sabes, pensé que eras un poco introvertida.

—¿Por qué?

—La última vez estabas un poco ida, pero supongo que eran los nervios.

—Sí. Bueno, nunca había estado en un matrimonio arreglado, pero me alegra que nos llevemos bien.

—A mí también.

Nos quedamos un poco más en el restaurante. No tengo prisa por marcharme. Podría decir que es por cortesía, pero sería mentira. Hay algo en esta conversación que quiero prolongar.

—¿Quieres que te lleve a casa?

No sé por qué quiero pasar más tiempo con ella. Quizá sea porque la velada ha resultado mucho más agradable de lo que esperaba. Quizá porque, a su lado, el tiempo parece avanzar de una manera distinta.

—Sí, me encantaría.

Sonrío y le abro la puerta de mi Tesla gris.

—Gracias.

Conduzco hasta su casa; no está muy lejos de la mía.

Durante el trayecto, hablamos de cosas sencillas. Ella me cuenta sobre su trabajo como repostera y yo le hablo de algunos proyectos de la empresa. Evito mencionar asuntos demasiado personales. Todavía no es el momento.

—¿Desayunamos mañana? —pregunta—. Puedo decirle a mi nana que nos prepare algo.

Ella también parece querer pasar tiempo conmigo.

—Sí, de acuerdo. ¿A las nueve está bien?

—Perfecto. Te espero.

Abro mi puerta, doy la vuelta y le abro la suya. La acompaño hasta la entrada de la casa.

—No eres alérgico a nada, ¿no?

—No. Desde niño he comido de todo.

—Menos mal que lo he preguntado antes.

Nos quedamos en silencio unos minutos. Me relaja estar a su lado. Nunca antes me había pasado con otra mujer que no fuera parte de mi familia.

O quizá sí.

Aparto ese pensamiento antes de que pueda tomar forma.

—Hasta mañana, Patricia.

—Hasta mañana, Lorenzo.

—Hasta mañana.

La observo entrar y espero hasta que cierra la puerta. Solo entonces regreso al coche.

No debería sentirme tan satisfecho después de una conversación tan sencilla. En teoría, esta noche solo tenía que conocer a la mujer con la que podría casarme y establecer los límites de un acuerdo.

Pero Patricia ha conseguido que olvidar mi luto.

Mañana volveré a verla.

Te veo mañana bonita.




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