Vitali: Un acuerdo para amarnos

CAPÍTULO 8: AURORA

Han pasado dos semanas desde mi visita a la mansión de Lorenzo.

Una semana y media desde que me mudé. Mi personal de servicio también se vino a trabajar aquí.

Solo eran cuatro: Nana, que se hizo muy amiga de la señora Sophie, y Anthony y Benedict, que serán los guardias de seguridad.

Nos hemos adaptado bien.

Ah, Dino y Dylan también están en casa. Ese mismo lunes fuimos a una clínica veterinaria y nos los entregaron.

—Buenos días, mis bebés —les digo a los cachorros, que siguen acostados a los pies de la cama.

Pongamos música para ordenar más rápido.

Eso nunca pasó.

Entre Blackout, Love Ain’t It y más canciones de Emilia, se me fue la mañana.

Si preguntan por Lorenzo, él se fue a las siete de la mañana. Le preparé el desayuno y lo mandé al trabajo.

Después volví a dormirme, no sin antes decirles a los sirvientes que dejaran a los perros en el jardín para que hicieran sus necesidades y luego les limpiaran las patitas.

Me llama Lorenzo.

—Amor, ¿cómo vas?

—Bien, amor. Estoy aquí jugando con Dino y Dylan.

Los perros levantan las orejas y arquean sus caritas, como diciendo: «Mentirosa».

Y lo soy, pero no pueden culparme.

—Te llamaba para decirte que recuerdes que mañana es la cena de nuestro compromiso.

Cierto, lo había olvidado.

Esta semana tengo que decirle la verdad a Lorenzo. Espero que se lo tome con tranquilidad y no me mande a la cárcel.

Yo no sobreviviría en un lugar así.

Necesito mi dosis de Grupo 5 para dar mi mejor cara ante la vida.

—Sí, no te preocupes. Ya les dije a Nana y a Sophie el menú, y a Anthony y Benedict la lista de las personas invitadas.

Eso es lo único que he hecho, y solo porque ellos me lo recordaron.

—Está bien. Nos vemos más tarde. Besos.

—Ok. Besos a ti también.

Me tengo que levantar. Me falta elegir mi vestido y buscarle una corbata a juego a Lorenzo.

Me cambio en tiempo récord: unos jeans blancos, unas botas vaqueras, una blusa rosada y mi bolso Guess blanco.

Ah, y no me olvido de mis gafas Guess blancas.

Ahora sí, lista.

Estoy en el coche cantando:

Whine up, whine up, whine up, mami, baila, baila

Pa’ que lo bailes, bebéYeah, yeah

Luz de mis ojos

Aire que respiro

Eres en mi vida

Motor y motivo

Ayer tan lejana

Hoy tan dentro mío

Solo con mirarte

Me has hecho cautivo

People say we shouldn’t be together

We’re too young to know about forever

But I say, “They don’t know

What they’re talk-, talk-, talking about” (talk-, talk-, talking about)

Y con esa canción llegamos a nuestro destino.

Bond Street, donde están las boutiques más exclusivas, como Chanel, Louis Vuitton, Dior y Hermès.

El sueño de toda mujer.

Después de dos horas, me decido por un vestido blanco. La parte superior tiene corsé y escote cuadrado, y la parte inferior es de corte A.

A Lorenzo le compré un traje espectacular beige, de tres piezas, con una camisa blanca. La corbata es marrón, de seda; los zapatos, unos Double Monk Strap color moka, y el pañuelo, de seda blanca.

—Bienvenida, señorita.

—Gracias, Anthony.

Marcus, el mayordomo, me abre la puerta.

—Señorita Patricia, el amo Lorenzo ya está aquí. La comida será servida en diez minutos.

—Gracias, Marcus. ¿Lorenzo está en su estudio?

—Sí, señorita.

Subo hasta su estudio. Está de espaldas, con la mirada puesta en unos planos.

—No sabía que te gustaba traer trabajo a casa.

Se voltea al oír mi voz.

—Vamos abajo a almorzar. Pedí tu plato favorito: ravioles de carne.

—Gracias, amor.

Me da un beso en la nariz.

Cada vez hay más confianza entre nosotros. Todavía no nos hemos besado.

La primera vez que me dijo «amor» fue el día que adoptamos a los perritos. Nos quedamos en silencio, viéndolos dormir. Cuando lo dijo, yo le respondí llamándolo «amor». Nos sonreímos y, desde ese día, siempre nos llamamos así.

Estoy enamorada de él.

Este viernes le contaré todo.

Al día siguiente…

Estoy vestida con mi vestido blanco y mis tacones del mismo color. Llevo joyas doradas y un maquillaje medianamente básico.

—Eres la más hermosa de la fiesta —me dice Lorenzo al oído.

—Tú también te ves muy apuesto —digo mientras le arreglo el pañuelo—. Lorenzo, mañana quiero hablar contigo de un tema muy importante.

—Bien, pero no te preocupes. Hoy es nuestro día.

Estamos conversando con su madre cuando veo entrar a un hombre.

Es Guillermo.

No te pongas nerviosa. Respira. Ignóralo, como hace Patricia.

Lamentablemente, se acerca.

—Querida Patricia, no sabía que te ibas a casar.

—Así es, señor Guillermo. Lorenzo y yo nos vamos a casar el mes que viene.

—Me alegro. Una flor como Paty necesita de un buen hombre.

Qué raro. Me está incomodando la forma en que me mira.

Un hombre se acerca a él y le susurra algo al oído.

—Si me disculpan, tengo que hablar con unos inversionistas.

Se va.

—Los escalofríos que me provoca ese hombre no son normales —dice mi suegra cuando Guillermo se marcha.

—Mamá es curandera. Le encanta todo eso de las vibras —explica Lorenzo.

—Me encanta. Yo también creo en eso.

Me relajo mientras hablo con ellos, pero no dejo de pensar en Guillermo.

—Si me disculpan, tengo que hacer una llamada.

—De acuerdo, amor. Usa mi oficina.

—Está bien. Ahora regreso.

Subo arriba.

Por favor, Patricia, coge el teléfono.

Patricia contesta. Menos mal.

—Hola, Auro…

—Paty, Guillermo vino a la fiesta —digo mientras me muerdo las uñas.

—Auro, eso sabíamos que iba a pasar. ¿Cómo lo viste? ¿Parecía desconfiado?




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