Vitali: Un acuerdo para amarnos

CAPÍTULO 13: LORENZO

Estas últimas semanas junto con Aurora han sido las mejores semanas.

Obviamente también junto a nuestros hijos perrunos, Dino y Dylan, que cada vez están más juguetones.

—Lorenzo, ¿me pasas el cacao, porfa?

Ah, sí, Aurora me está enseñando a hacer torta de chocolate, el ingrediente secreto: mantequilla de maní.

—Toma —le paso el cacao.

—Gracias —sigue mezclando todo.

Después de diez minutos, ponemos la mezcla en el horno.

—Te tengo que contar algo —dice mientras nos sentamos en el sofá—. Mañana tengo que sacarme sangre y me han pedido que me acompañe alguien.

La paro antes de que siga.

—Yo te acompaño, pero pensaba que no te ponías nerviosa al sacarte…

—Y no me pongo, pero esta vez es arterial y la última vez que me lo hicieron la cosa se puso fea.

—No te preocupes, yo voy a estar a tu lado —tomo su mano y le doy un beso.

—Gracias, de verdad lo aprecio, y desde ya te pido perdón si me pongo histérica.

—Tranquila. Por cierto, ¿cuándo es tu cita con el doctor?

—La semana que viene. Las consultas son rápidas: me pregunta cómo ha ido, si me he enfermado, si sigo tomando mis pastillas, etcétera…

—¿Puedo ir contigo?

—Sí, claro. Va a ser raro volver a ir acompañada, pero no me desagrada.

El resto del día la pasamos en casa, jugando con los perritos y viendo películas.

Al día siguiente…

Son las 7:30 a. m.

Aurora y yo nos estamos cambiando para ir al hospital.

—Lorenzo, ¿puedes llenar mi botella de agua, por favor?

—Ahora mismo, my lady —bajo a la cocina a llenar su botella Stanley rosa bebé.

—Tengo todo listo: la cita del doctor, junto a lo que me tienen que analizar, mis pastillas para tomarlas nada más me saquen la sangre y el agua que acabas de llenar.

—Vamos entonces —cerramos la puerta con llave; los perritos han quedado con el servicio.

No tardamos casi nada, tal vez unos diez minutos, pero no se sintieron mucho.

Llegamos al hospital. Aurora se acercó a la recepción para que le den su pase.

—Faltan dos personas —dice al mirar la pantalla en la sala de espera.

Somos el número cinco y ya van por el tres.

Aurora está tranquila. He leído en internet que la gasometría arterial duele mucho más que una extracción de sangre normal.

Pobre, por eso le habrán pedido que venga acompañada.

Me duele el corazón que, en estos tres años, haya pasado por todo esto sola. Y, a la vez, me siento orgulloso de ella.

—Nos toca.

Todo pasó tan rápido y tan lento a la vez. Todo estuvo bien hasta que le empezaron a meter la aguja en la muñeca a Aurora. Desde ahí, todo se complicó.

El grito que pegó creo que se escuchó hasta en Marte. Yo traté de calmarla al tener su otra mano entrelazada con la mía, pero el agarre tan fuerte que me hizo me dejó sin respirar.

Al terminar, Aurora se desmayó. Tuvieron que hacerla reaccionar poniendo alcohol en un algodón y, poco a poco, volvió en sí.

—Qué susto me he llevado al verte desmayarte.

—Lo sé, me pasa siempre que me hacen este tipo de exámenes.

—¿Cada cuánto te lo hacen?

—Con este, solo han sido tres veces en estos diez años.

—Toma tu pastilla y tu botella —se las doy.

—Gracias. De aquí a treinta y cinco minutos ya podré comer algo.

—De acuerdo, relájate.

Vamos a la casa, tranquilos. Yo aún sigo nervioso por todo lo que vi, pero verla a ella tan tranquila me calma.

Voy a pedirle a la nana que prepare su desayuno favorito, mientras vemos algo divertido en la tele.

—Voy a ponerme algo más cómodo —me da un beso en el cachete—. Vamos, pequeños —veo cómo sube con los perros.

—Nana, prepara un smoothie de fresa, plátano y blueberries, con unos huevos revueltos y fruta picada.

—Ahora mismo, señor.

Nos la pasamos viendo la serie *Miércoles*.

—Señorita y señor, el desayuno está servido.

—Ahora mismo bajamos, nana.

Bajamos agarrados de la mano.

—Ay, nana, el smoothie te quedó riquísimo.

—Muchas gracias, niña.

Desayunamos hablando de cosas triviales, cuando me acuerdo de que mi madre nos invitó a su casa para cenar.

—Aurora, hoy me olvidé de decirte que mi madre nos invitó a cenar.

—Dios mío, Lorenzo, esas cosas se avisan. ¿Cómo voy a mirar a la cara a tu madre cuando ella me conoce como Patricia?

—En realidad, ella sabía todo.

Me tira un almohadazo a la cara.

—Dijimos que nada más de mentiras. Cuéntame, ¿cuántas personas sabían la verdad?

—Solo mi familia. No quería que pensaran que eras una mala persona, por eso les dije todo.

—¿Y ellos cómo se lo tomaron?

—Bastante bien. Mi madre conocía a tus padres y siempre le cayeron bien.

—Bueno, eso sí me tranquiliza. ¿A qué hora es la cena?

—A las ocho.

—Bien, haré un tiramisú para llevarlo a la cena.

—De acuerdo. Yo iré a hacer unas llamadas y volveré para ayudarte.




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