El sonido de la notificación apareció en la pantalla del teléfono de Valeria mientras intentaba acomodar una montaña de trabajos sobre la mesa de la sala.
Había hojas impresas mezcladas con apuntes, resaltadores destapados y una taza de café que ya estaba frío desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Frunció el ceño al ver el desorden y movió algunas cosas a un lado para hacer espacio.
Después de tantos años deseando volver a estudiar, había imaginado muchas veces cómo se sentiría llegar a ese momento. Se había imaginado cansada, sí, estresada también, pero jamás imaginó que a los cuarenta años volvería a sentir esa misma desesperación absurda de buscar un papel que había tenido en la mano hacía apenas cinco segundos.
- “Mamá”, dijo Liam, y su voz provenía desde la cocina.
- “¿Qué?”, replicó Valeria.
- “Lo tienes debajo del codo”, respondió Liam.
Valeria bajó la vista lentamente. El documento que llevaba diez minutos buscando estaba exactamente debajo de su brazo izquierdo. Se quedó inmóvil unos segundos y luego levantó la mirada hacia la cocina.
- “No digas nada”, pidió Valeria.
Su hijo apareció apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa que ya estaba intentando esconder.
- “No dije nada”, respondió Liam.
- “Estabas pensando algo”, dijo Valeria.
- “Tampoco dije eso”, replicó Liam.
Valeria entrecerró los ojos, Liam tenía veintidós años y la irritante capacidad de conocerla demasiado bien.
- “¿Te estás burlando de mí?”, cuestionó Valeria.
- “Jamás me atrevería”, respondió Liam.
- “Mentiroso”, replicó Valeria.
Él soltó una risa mientras abría el refrigerador.
Valeria lo observó por unos segundos sin darse cuenta. A veces todavía le pasaba. Lo miraba y le costaba unir al niño que se dormía abrazado a ella después de las pesadillas con el hombre alto que ahora estaba buscando algo para comer como si el refrigerador pudiera producir alimentos nuevos por voluntad propia.
Era extraño, más que extraño, porque durante muchos años había sentido que el tiempo avanzaba demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.
De repente una nueva notificación apareció en la pantalla, esta vez era un mensaje de un grupo denominado “Promoción San Gabriel - Reencuentro”.
Valeria parpadeó y abrió el grupo. Había más de sesenta mensajes sin leer con fotografías, emojis y nombres que no veía desde hacía años.
- "¿Quiénes vienen?"
- "¡Después de veintecuatro años ya toca!"
- "No falten."
- "Ya encontré fotos del colegio y todos se van a avergonzar."
Valeria soltó una pequeña risa por la nariz y siguió bajando hasta que encontró una fotografía.
Cuatro chicas con uniforme escolar estaban sentadas bajo un árbol. Teresa sonreía abrazando una carpeta contra el pecho, Adriana levantaba una mano como si estuviera explicando algo importante, Daniela hacía una mueca hacia la cámara y ella estaba riéndose de algo que ya no recordaba.
Por un instante se quedó quieta, no había visto esa fotografía en años.
- “¿Qué pasó?”, preguntó Liam. Valeria levantó la vista, su hijo seguía mirándola desde la cocina.
- “Nada”, respondió Valeria.
- “Esa cara significa que no es nada”, comentó Liam. Ella volvió a mirar la pantalla.
- “Van a hacer una reunión del colegio”, manifestó Valeria.
- “¿Y?”, dijo Liam. Valeria levantó un hombro.
- “Y nada”, replicó Valeria. Él cerró el refrigerador.
- “Mamá”, insistió Liam.
- “¿Qué?”, preguntó Valeria.
- “Ya conozco esa expresión”, comentó Liam.
- “¿Qué expresión?”, inquirió Valeria.
- “La de quiero ir pero estoy buscando una excusa para no hacerlo”, respondió Liam.
Valeria abrió la boca, la cerró y luego lo señaló.
- “No me gusta que me conozcas tanto”, dijo Valeria. Él sonrió.
- “¿Vas a ir?”, preguntó Liam.
Ella volvió a mirar la fotografía. Habían pasado veinticuatro años. Y se puso a pensar en ¿Cuánto tiempo hacía que no veía a Teresa? ¿A Adriana? ¿A Daniela?
Habían hablado algunas veces durante los años, pero habían sido mensajes ocasionales, felicitaciones de cumpleaños y alguna llamada perdida entre trabajos, responsabilidades y vidas enteras pasando delante de ellas.
Y de pronto sintió algo extraño, una mezcla de curiosidad y miedo, porque era fácil recordar a las amigas que habían sido a los dieciséis; lo difícil era preguntarse quiénes eran ahora.
Valeria apoyó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
- “No sé”, dijo Valeria.
Pero incluso mientras lo decía, volvió a mirar la pantalla unos segundos después y leyó nuevamente la fecha del reencuentro.