La alarma sonó a las seis de la mañana, pero Teresa ya tenía los ojos abiertos unos minutos antes. Después de tantos años despertándose temprano, su cuerpo había dejado de necesitar realmente el sonido del teléfono. Aun así, lo tomó de la mesa de noche y lo apagó antes de que despertara a Roberto.
Giró un poco la cabeza y lo observó dormir. Seguía teniendo esa costumbre de apropiarse de una parte exageradamente grande de la cama y dejarla a ella peleando por un espacio mucho más pequeño del que le correspondía. Teresa sonrió apenas, apartó con cuidado una mano que descansaba sobre su cintura y salió de la habitación.
El silencio duró exactamente unos segundos porque apenas llegó al pasillo escuchó una puerta abrirse de golpe.
- “¡Mamá! ¡Lucas entró a mi cuarto otra vez!”, dijo Sofía, con sus recién once años cumplidos hace tres días.
- “¡No entré!”, protestó Lucas con su chillona voz de ocho años. “Solo estaba buscando algo”.
- “¡No se busca algo en mi habitación a las seis de la mañana!”, insistió Sofía.
Teresa cerró los ojos un instante y sonrió porque cuando tenía dieciséis años había dicho que quería una casa grande. Había imaginado una mesa llena, voces, personas entrando y saliendo, abrazos, risas y alguien esperándola al final del día. No había imaginado el ruido, no había imaginado ropa apareciendo misteriosamente sobre los sillones, zapatos desapareciendo cuando alguien tenía que salir ni discusiones por cosas tan importantes como quién había tocado un cargador ajeno, pero sí había imaginado algo parecido a aquello, una casa llena de vida y ahí estaba.
Cuando bajó a la cocina, Mateo ya estaba sentado en una silla mirando el teléfono con una expresión medio dormida. A sus catorce años había empezado a crecer tan rápido que Teresa a veces sentía que lo veía diferente cada semana.
Sofía apareció unos segundos después todavía acomodándose el cabello.
- “Mamá, dile a Lucas que deje mis cosas tranquilas”, pidió Sofía.
- “No hice nada”, dijo Lucas entrando detrás de ella con una expresión de completa inocencia que Teresa conocía demasiado bien.
Emma apareció última, de cinco años, arrastrando una manta detrás de ella y frotándose un ojo.
- “Tengo hambre”, dijo Emma. Teresa soltó una pequeña risa.
- “Buenos días a todos también”, expresó Teresa.
Nadie respondió. Mateo seguía mirando el teléfono, Sofía seguía mirando a Lucas, Lucas seguía fingiendo que no entendía por qué lo acusaban y Emma ya estaba intentando subirse a una silla todavía medio dormida.
Teresa comenzó a sacar cosas del refrigerador mientras escuchaba las conversaciones cruzadas mezclarse unas con otras.
- “Te vi entrar a mi cuarto”, dijo Sofia.
- “No entré”, negó Lucas.
- “Entraste”, insistió Sofía.
- “No”, manifestó Lucas.
- “Lucas…”, replicó Sofía.
- “Bueno, entré un poquito”, expresó Lucas.
- “¡Mamá!”, gritó Sofía.
Teresa negó con la cabeza mientras sonreía. A veces terminaba agotada y a veces sentía que al final del día ya no le quedaba energía ni para pensar, pero también había momentos como ese en los que se detenía unos segundos a mirar alrededor y sentía algo parecido a una calma extraña, porque esa era la vida que había querido, no una parecida, esa.
Escuchó pasos acercarse detrás de ella y sintió unos brazos rodearle la cintura.
- “Buenos días”, dijo Roberto y apoyó el mentón sobre su hombro.
- “Buenos días”, respondió Teresa.
- “¿Ya empezó la guerra?”, preguntó Roberto. Teresa giró un poco la cabeza.
- “Llevamos cinco minutos despiertos”, comentó Teresa.
- “Entonces sí empezó”, afirmó Roberto.
Ella soltó una risa mientras preparaba el desayuno, tomó el teléfono por costumbre y la pantalla se iluminó de inmediato con una nueva notificación del grupo "Promoción San Gabriel - Reencuentro”.
Teresa parpadeó, había tantos mensajes que ni siquiera recordaba en qué momento habían comenzado a llegar.
Entró al grupo y empezó a bajar entre fotografías, comentarios y nombres que no veía desde hacía años hasta que encontró una imagen conocida.
Cuatro chicas con uniforme escolar estaban sentadas bajo un árbol. Daniela hacía una mueca hacia la cámara, Adriana levantaba una mano mientras hablaba como si estuviera explicando algo importante, Valeria estaba riéndose y ella aparecía abrazando una carpeta contra el pecho, por un momento se quedó quieta.
- “¿Qué ves?”, preguntó Roberto. Teresa levantó la vista apenas.
- “Van a hacer una reunión del colegio”, respondió ella. Roberto sonrió.
- “¿En serio?”, preguntó él.
Ella volvió a mirar la fotografía. Habían pasado ya veinticuatro años. Habían hablado durante ese tiempo, claro. Había mensajes ocasionales, cumpleaños, alguna llamada rápida, felicitaciones y promesas de verse algún día cuando hubiera tiempo, pero la vida había seguido avanzando. Simplemente había seguido avanzando.
Abajo apareció un nuevo mensaje de Daniela que decía ‘Teresa, si lees esto, deja de desaparecer y ve al reencuentro”. Teresa soltó una risa inesperada.
- “¿Qué pasó?”, preguntó Mateo desde la mesa. Ella negó con la cabeza mientras seguía mirando la pantalla.
- “Nada”, respondió Teresa.
Pero sonreía demasiado para que alguien pudiera creerle.