Daniela sostenía el teléfono entre la oreja y el hombro mientras salía de un edificio con una carpeta bajo el brazo y unas gafas oscuras sobre la cabeza. Llevaba el paso rápido de alguien acostumbrado a tener varias cosas pasando al mismo tiempo y aun así seguir moviéndose como si nada.
- “No, si vuelves a mover esa reunión a las siete de la mañana, voy a asumir que me odias personalmente. Estoy hablando completamente en serio”, dijo Daniela.
Escuchó la respuesta del otro lado y soltó una pequeña risa.
- “No, espera, retiro eso. Si me odiaras personalmente me citarías a las seis y media”, comentó Daniela.
Atravesó la acera esquivando personas con naturalidad mientras seguía escuchando.
- “Sí, sí, nos vemos luego”, expresó Daniela.
Colgó y guardó el teléfono en el bolso, duró exactamente tres segundos sin volver a sacarlo.
Había muchísimos mensajes, un grupo organizando una cena, una amiga preguntándole si seguía libre el sábado, alguien enviándole fotografías de unas vacaciones y otra persona preguntándole algo del trabajo.
Daniela observó la pantalla unos segundos.
- “Tengo demasiada gente en mi vida”, dijo Daniela con el mismo tono que usaría alguien anunciando una tragedia enorme y luego sonrió sola porque, si era sincera, le gustaba.
Le gustaba tener planes, le gustaba conocer personas, le gustaba recibir llamadas inesperadas, le gustaba poder decidir un martes cualquiera que quería hacer algo distinto y simplemente hacerlo. Le gustaba llegar a casa y saber que el silencio estaba ahí si lo quería, pero también que bastaba un mensaje para cambiar los planes.
Nunca había entendido por qué algunas personas confundían independencia con soledad o por qué parecían convencidas de que una vida solo podía sentirse completa de una manera.
Y no se cansaban de dar sus opiniones con "Algún día vas a cambiar de opinión.”, "Todavía estás a tiempo.", "No quieres quedarte sola."
Daniela siempre había encontrado curioso aquello porque nadie miraba a una persona feliz y le preguntaba "¿Estás segura de que quieres esa felicidad?"
Pero si la felicidad no seguía el orden que otros esperaban, de pronto todos tenían una opinión.
El teléfono vibró otra vez, esta vez era el grupo Promoción San Gabriel - Reencuentro.
Daniela abrió la conversación directamente.
Había más mensajes, más personas hablando y más confirmaciones, y las cuatro seguían siendo exactamente iguales.
Teresa había respondido algo sobre revisar horarios familiares. Valeria todavía parecía debatirse entre ir o no. Adriana seguía usando frases que parecían copias de cada año con "Depende de cómo esté mi agenda."
Daniela entrecerró los ojos.
- “Increíble”, dijo ella.
Bajó unos segundos más hasta detenerse en la fotografía que ya había visto demasiadas veces desde que alguien la encontró y la publicó en el grupo.
Cuatro chicas con uniforme escolar estaban sentadas bajo un árbol. Teresa aparecía abrazando una carpeta contra el pecho, Valeria estaba riéndose de algo, Adriana levantaba una mano como si estuviera explicando algo importantísimo y ella hacía una mueca ridícula hacia la cámara.
Daniela sonrió, era extraño porque, incluso después de veinticuatro años, todavía podía verlas exactamente igual. Podía imaginar a Teresa preocupándose por todos antes de que alguien se lo pidiera, podía imaginar a Adriana organizando cosas que todavía ni existían, podía imaginar a Valeria riéndose hasta quedarse sin aire y podía imaginarse a sí misma molestándolas a las tres. Algunas cosas simplemente nunca cambiaban.
Abrió el teclado inmediatamente escribió "Escúchenme bien. Después de veinticuatro años nadie se escapa."
Lo observó unos segundos y añadió otro mensaje que decía "Sí, Adriana, estoy hablando contigo."
Apenas lo envió apareció la notificación de visto y unos segundos después llegó una respuesta de Adriana que señalaba "Estoy trabajando."
Daniela sonrió y escribió otra vez un mensaje que decía "Y aun así respondiste."
El teléfono vibró otra vez, está ves era Teresa que había escrito "Daniela, deja de molestar a Adriana". Daniela sonrió y respondió "No."
Guardó el teléfono satisfecha y siguió caminando entre el ruido de la ciudad y las personas que iban y venían a su alrededor porque, si algo había aprendido después de cuarenta años, era que algunas personas aparecían en tu vida, otras se iban y otras simplemente se quedaban en algún lugar, incluso cuando pasaban años sin verlas.