Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 5

Había pasado una semana, Valeria aún no había decidido si ir a la reunión de reencuentro, estaba sentada en la única mesa que cabía bajo la ventana, estaba rodeada por una fortaleza de documentos. Una copia de su tesis, encuadernada en un azul marino, reposaba sobre una pila de formularios de solicitud de grado. Al lado, un sobre cerrado con el membrete dorado del decanado esperaba ser abierto. Cada papel era un paso, un sello, una firma que la acercaba a una línea de meta que había tardado veinte años en volver a visualizar.

Liam apareció a su lado desde la cocina y dejó una taza de agua junto a su mano derecha. Sin decir nada, se sentó en la silla de enfrente y empezó a clasificar una pila de cartas que ella ya había descartado como basura. Las separaba en dos montones de facturas y correspondencia personal.

- “Gracias”, murmuró ella.

Él asintió, distraído mientras revisaba un sobre con remitente extranjero. Valeria abrió su portátil, la pantalla brillando con la luz pálida de la tarde. Tenía que responder un último correo del departamento de administración, su bandeja de entrada era un laberinto de asuntos urgentes y recordatorios vencidos. Estaba a punto de borrar un correo sin leer cuando el remitente captó su atención. "Estudio Moris", el nombre resonó en su cabeza como una campana lejana. Hacía años, cuando el mundo era otro y sus prioridades cabían en una sola mochila, había soñado con trabajar allí. Eran los arquitectos que diseñaban puentes que parecían flotar y bibliotecas que se abrían como libros.

Hizo clic, el asunto decía "Propuesta de colaboración - Proyecto Puente Norte". Su respiración se detuvo por un instante. Leyó la primera frase, luego la segunda, la mencionaban. Recordaban una presentación de estudiante que ella había hecho, una que ella misma consideraba un fracaso por su audacia. La invitaban a una reunión. No era una oferta de trabajo, no todavía, pero era una puerta. Una puerta que creía cerrada para siempre, con llave y todo. Pasó la yema del dedo sobre la pantalla, sobre las palabras "Estudio Moris", como si necesitara confirmar que eran reales, que no era una alucinación producto del cansancio.

Cerró el portátil, apoyó la frente en el cristal frío de la ventana. La calle de abajo bullía con la vida de siempre, coches pasando, perros ladrando, gente con prisa. Vio su reflejo difuso en el vidrio, una mujer de cuarenta años con ojeras y una determinación que a veces se sentía como una coraza. Sus hombros, que habían estado tensos, cayeron ligeramente. Era como si de repente encontrara el plano de una casa que pensó que nunca podría construir, solo para darse cuenta de que no tenía ni idea de cómo poner el primer cimiento.

Fue entonces cuando el móvil de Liam vibró sobre la mesa con un zumbido insistente. Él lo levantó, desbloqueó la pantalla con un desliz rápido de su pulgar. Valeria, todavía de espaldas, lo observó por el reflejo en la ventana. Vio cómo su ceja se arqueaba una fracción de milímetro. Cómo su mandíbula se tensaba y luego se relajaba. Cómo tragaba saliva, un movimiento sutil en su garganta. Apagó la pantalla y colocó el teléfono boca abajo sobre la pila de cartas que acababa de clasificar. Volvió a su tarea, pero su ritmo había cambiado. Ahora era más deliberado, más lento, sin decir nada.

- “Bueno”, dijo Valeria, apartándose de la ventana y recuperando su compostura, “creo que con esto ya está. Solo me falta entregar esto en la facultad y soy oficialmente una arquitecta con título en regla”.

- “Felicidades, mamá”, manifestó Liam, y una sonrisa genuina iluminó su rostro, aunque sus ojos seguían teniendo una distancia que ella no supo interpretar.

- “Vamos, deja eso, te invito a almorzar. Y después pasamos por la tienda, no queda leche”, comentó Valeria.

Salieron al sol del mediodía. Caminaron en silencio durante una cuadra, el ritmo de sus pasos sincronizado por años de rutina. La universidad estaba a solo quince minutos a pie, pasaron junto al parque donde Liam había aprendido a montar en bicicleta, donde ella había corrido desesperada con una rodilla sangrante en brazos.

- “¿Te acuerdas de aquel día?”, dijo él, como si leyera su pensamiento. “Me caí justo delante de la fuente. Tú pensaste que me había roto algo”.

- “Casi me da un paro cardíaco”, respondió ella, y una risa corta se le escapó. “Lloraste más porque se te manchó la camisa nueva que por la rodilla”.

Él sonrió. El recuerdo era un objeto cómodo y familiar que podían pasar de uno a otro. En la facultad, el bullicio era el de siempre, estudiantes con mochilas gigantes, profesores con aire de urgencia, el eco lejano de una clase en alguna aula.

Valeria entregó el sobre en secretaría, un trámite de treinta segundos que le costó veinte años de su vida. La funcionaria lo selló sin mirarla, un gesto mecánico que, sin embargo, para Valeria se sintió como una bendición.

Eligieron un pequeño café cerca del metro, mientras esperaban sus sándwiches de pavo y queso, la conversación derivó hacia lo mundano. La factura de la luz, el ruido que hacía el ascensor, si el vecino del quinto seguiría regando sus plantas a medianoche.

- “Y tú”, dijo Valeria, sorbiendo su café con leche, “¿cómo va todo con el proyecto? ¿Terminaste las notas bibliográficas? es muy importante para que te aprueben la tesis”.

- “Sí, ya está entregado. Fue un rollo, prefiero mucho más la parte de investigación”, respondió Liam .

- “Siempre fuiste bueno para hurgar en el pasado”, comentó ella, y el comentario salió más cargado de lo que pretendía. Vio cómo él se removía en su silla.

Valeria miró a su hijo, de verdad lo miró. Ya no era el niño con la rodilla raspada. Era un hombre, con la mandíbula definida y una mirada que a veces se perdía en horizontes que ella no podía ver. Se dio cuenta de que había estado tan inmersa en su propia batalla por terminar una carrera, por recuperar una parte de sí misma, que casi no se había percatado de la carrera que él estaba corriendo a su lado.




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