Adriana ajustó el blazer de lino mientras las puertas del ascensor se abrían en el lobby de cristal de la torre corporativa. En su mano derecha, la carpeta de presentaciones pesaba menos que la decisión que acababa de tomar en esa sala de juntas.
- “Adriana”, la voz de su asistente la alcanzó antes de que cruzara la puerta. “La llamaron de Singapur, dijeron que era urgente”.
Adriana detuvo su marcha, era la llamada que había estado esperando sin admitirlo siquiera, el que cambiaría el mapa de sus mañanas y noches durante los próximos tres años.
- “Gracias, Elena”, dijo Adriana, y su voz salió más firme de lo que se sentía. “Puedes irte. Yo me encargo”.
Afuera, la ciudad se movía en su caos coordinado, Adriana respiró fuerte antes de contestar.
- “Adriana Vargas”, dijo ella.
- “Soy Marcus Chen”, la voz al otro lado era bastante firme. “Acabamos de finalizar la revisión del comité. El proyecto del puente de conectividad interoceánica es suyo. Si está interesada, por supuesto”.
Los dedos de Adriana se apretaron alrededor del teléfono. El metal se sintió frío contra su palma sudorosa.
- “Interesada”, repitió Adriana, y la palabra sonó extraña en su boca, como si perteneciera a otro idioma. “Marcus, esto es... inesperado”.
- “Su propuesta fue la única que abordó la sostenibilidad sin sacrificar la viabilidad económica”, continuó él, sin pausas para que ella procesara. “El comité quedó particularmente impresionado con su modelo de integración comunitaria. Pero hay una condición. Necesitamos a alguien en terreno dentro de seis semanas. Y el proyecto requiere un compromiso mínimo de tres años”.
Tres años en Singapur. Tres años lejos de su departamento recién reformado, de su rutina de domingos en el mercado, de Gabriel.
- “¿Puedo pensar en ello?”, preguntó Adriana.
- “Tiene setenta y dos horas”, dijo Marcus, y en su voz no había amenaza, solo matemáticas. “Después, pasamos a la siguiente candidata”.
La llamada terminó con un clic abrupto. Adriana se quedó mirando su reflejo distorsionado en el cristal, una mujer de cuarenta años con el pelo perfectamente arreglado y los ojos llenos de preguntas que no sabía cómo formular. El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era Gabriel.
- “¿Terminaste?”, preguntó él, y el fondo de sonidos sugería que estaba en su coche, probablemente atrapado en el tráfico de la hora punta. “Tengo la cita con el doctor en cuarenta y cinco minutos. ¿Te paso por tu oficina?”
- “No”, dijo Adriana, y comenzó a caminar para salir de su oficina. “Voy en metro. Nos vemos allí”.
Minutos más tarde, Adriana se agarró a una de las barras de acero. Alrededor, la gente leía en sus teléfonos, escuchaba música con audífonos, dormía con la cabeza apoyada contra el cristal. Todos en sus propios mundos, todos viajando juntos por unos minutos. Una adolescente sentada frente a ella reía ante algo en su pantalla, su alegría tan pura y descomplicada que Adriana tuvo que apartar la mirada.
La clínica privada tenía el aspecto impersonal de todos los lugares diseñados para inspirar, Gabriel ya estaba allí, sentado en una de las sillas de diseño, leyendo algo en su tablet. Levantó la vista cuando ella entró, y una pequeña arruga apareció entre sus cejas.
- “¿Todo bien?”, preguntó Gabriel.
- “Me ofrecieron el proyecto de Singapur”, dijo Adriana, y las palabras salieron más planas de lo que había imaginado. “Los tres años”.
Gabriel dejó la tablet sobre su regazo. No dijo nada por un largo momento, simplemente la miró con esa intensidad tranquila que había sido una de las primeras cosas que ella amó de él.
- “¿Y qué quieres?”, preguntó Gabriel.
La pregunta la tomó por sorpresa. Esperaba preocupación, preguntas prácticas, quizás incluso una objeción velada. Pero no esto. No esta devolución tan simple y tan compleja de su autonomía.
- “No sé”, admitió Adriana, y el peso de esa ignorancia la hizo sentir repentinamente exhausta. “Es el proyecto más grande de mi carrera. Pero tres años…”
- “Tres años”, repitió él, y su mano encontró la de ella sobre el espacio vacío entre sus sillas. “Es mucho tiempo”.
- “Adriana Vargas”, la voz de la recepcionista interrumpió cualquier cosa que Gabriel podría haber dicho a continuación. “El doctor la puede recibir ahora”.
Ambos ingresaron al consultorio, ya habían estado antes ahí, y ahora tendrían los resultados de los estudios.
- “Adriana, Gabriel”, dijo el médico, levantando la vista de la pantalla de su computadora. “Gracias por venir. Los resultados de los análisis están listos”.
Adriana se sentó más recta en la silla. Gabriel apretó su mano con más fuerza.
- “Biológicamente, todo está en orden”, comenzó el galeno, y su voz no tenía la condescendencia que Adriana temía. “Sus niveles hormonales son excelentes para su edad. La reserva ovárica es buena. Los óvulos que congeló hace cinco años mantienen una viabilidad del ochenta y siete por ciento, lo cual está por encima del promedio esperado”.
Adriana soltó el aire que no se daba cuenta de que estaba conteniendo. A su lado, Gabriel relajó su postura casi imperceptiblemente.
- “Pero”, continuó el doctor, y esa pequeña conjunción colgó en el aire como una amenaza, “hay algo que debemos discutir. La viabilidad es una cosa. La decisión es otra”.
Abrió un cajón y sacó una carpeta idéntica a muchas que Adriana había visto en su profesión. La colocó sobre el escritorio pero no la abrió.
- “Acaba de cumplir cuarenta años”, dijo el doctor, y sus ojos se encontraron con los de ella sobre el borde de sus anteojos. “Si decide usar sus óvulos congelados ahora, las probabilidades de un embarazo exitoso son aproximadamente del cuarenta y cinco por ciento. Si espera tres años más, esas probabilidades disminuyen al veintiocho por ciento. Si espera hasta los cuarenta y cinco…”
- “¿Cuáles son las probabilidades si no usamos los óvulos congelados?”, preguntó Gabriel, y su voz tenía la neutralidad de alguien negociando un contrato.