Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 10

Ambos cambiaron de la mano hasta llegar al automóvil de Gabriel, hubo un momento de silencio mientras él preparaba el auto para partir.

- “¿Cena en casa de tu hermana?”, preguntó él, y el cambio de tema fue tan abrupto que Adriana necesitó un momento para reorientarse. “Me llamó esta tarde. Dijo que preparó salmón glaseado”.

- “Sí”, dijo ella. “Sí, por supuesto”.

Cuando llegaron, su cuñado servía vino mientras dos de sus sobrinos corrían alrededor de la mesa del comedor, sus gritos mezclándose con el sonido de un videojuego que venía de otra habitación. Su hermana, Carmen, apareció con un delantal manchado de salsa y una sonrisa ligera.

- “¡Ya llegaron!”, exclamó Carmen, abrazando a Adriana. “Pasen la comida casi está lista”.

La mesa estaba puesta con la platería de la abuela, esa que solo sacaban en ocasiones especiales o cuando Carmen necesitaba sentir que la vida tenía orden. Había ocho personas en total, ellos, Carmen y su familia, y los padres de Gabriel, que habían llegado temprano y ya estaban instalados como si el apartamento fuera una extensión de su propia casa.

- “Adriana, mi niña”, dijo la madre de Gabriel, besándola en ambas mejillas con el perfume. “¿Cómo está el mundo de los grandes negocios? ¿Sigues construyendo puentes a todas partes?”

La conversación fluyó alrededor de temas seguros, el nuevo colegio del sobrino mayor, las vacaciones de Navidad, el rendimiento del equipo de fútbol del cuñado. Adriana participó con la automatización de alguien que ha hecho esto cientos de veces, sonriendo en los momentos apropiados, haciendo preguntas que no requerían respuestas complicadas.

Fue durante el postre, cuando Carmen sirvió flan con caramelo casero, que la conversación derivó hacia temas más peligrosos.

- “Y ustedes, ¿algún plan para ampliar la familia?”, preguntó la madre de Gabriel, dirigiendo la pregunta a ambos pero mirando fijamente a Adriana. “Gabriel ya tiene treinta y ocho, cariño. El reloj biológico no espera a nadie”.

Adriana sintió cómo se tensaban los músculos de su espalda. Gabriel puso una mano sobre su pierna debajo de la mesa, un gesto invisible para todos excepto para ella.

- “Mamá”, dijo él, con una advertencia suave en su voz. “Ya hemos hablado de esto”.

- “Pero es que me preocupa”, insistió ella. “Mi sobrina Marta, se casó el anteaño pasado y ya está esperando su segundo bebé. Tiene veintinueve años, claro. Ella no se perdió el tren”.

- “Cada uno tiene su tiempo. No todos podemos ser tan organizados como Marta”, manifestó Carmen.

- “Por eso yo siempre digo que las mujeres no deberían esperar tanto”, dijo el padre de Gabriel, y la frase salió con la casualidad de alguien comentando sobre el clima. “Es simple biología. Sí dejas de último a la familia, a veces solo te quedas con las sombras”.

El tenedor de Adriana se detuvo a medio camino entre su plato y su boca. Un trozo de flan tembló en la punta. Nadie más pareció notar. Carmen sirvió más café. El cuñado de Adriana contó una anécdota sobre su jefe. Los niños continuaron su juego en la otra habitación, sus gritos llegando como ecos de otro universo.

Pero Adriana escuchó cada palabra. Sintió el peso de cada sílaba como si fueran piedras pequeñas acumulándose en su pecho.

- “Las cosas han cambiado, papá”, dijo Gabriel y su voz tenía el tono de alguien que ha tenido esta conversación demasiadas veces. “Las mujeres tienen opciones ahora”.

- “Opciones”, repitió su padre, y la palabra sonó como un insulto. “Claro, tienen opciones. Pueden elegir ser madres solteras y agotadas, o pueden elegir ser ejecutivas exitosas y solas. Qué progreso”.

Adriana sonrió. Una sonrisa perfecta, educada, la misma que usaba en reuniones de junta directiva cuando alguien decía algo estúpido pero poderoso. Una sonrisa que decía: "Te escucho, te respeto, y completamente ignoro tu existencia".

- “El flan está delicioso, Carmen”, dijo Adriana, y su voz no tembló. “¿Me das la receta?”

El resto de la cena transcurrió en una normalidad forzada. Nadie mencionó más el tema, pero la ausencia de conversación sobre ello era tan ruidosa como si lo hubieran estado gritando. Cuando finalmente se fueron, el aire frío de la noche golpeó a Adriana con la fuerza de una confesión.

No hablaron en el coche. Gabriel condujo con una concentración que Adriana sabía que era su forma de procesar. En su apartamento, el silencio continuó mientras él se deshacía de su chaqueta y ella se quitaba los zapatos.

Fueron a la terraza, como a menudo hacían cuando necesitaban hablar de cosas importantes. La ciudad se extendía debajo de ellos.

- “Ahora nadie me preguntó si estaba arrepentida”, dijo Adriana finalmente, y su voz rompió el silencio como un cristal. “Nadie me preguntó si congelar mis óvulos a los treinta y cuatro fue una decisión que tomé con convicción, o si fue un acto de desesperación. Nadie preguntó si me duermo por las noche preocupada por mis óvulos congelados, o si duermo preocupada por si el próximo puente que diseño se derrumbará”.

Gabriel se acercó, sus brazos rodeándola por detrás. Su barbilla descansó sobre su hombro, y ella sintió el calor de su aliento contra su cuello.

- “¿Estás arrepentida?”, preguntó Gabriel.

- “No”, dijo Adriana, y la certeza de esa respuesta la sorprendió. “No estoy arrepentida. Estoy cansada. Estoy cansada de que cada decisión que tomo en mi vida sea analizada, juzgada, comentada. Si hubiera tenido un bebé a los veinticinco, dirían que abandoné mi carrera. Si no tengo hijos, dirán que soy egoísta. Si tengo hijos ahora, dirán que soy irresponsable por no pensar en mi edad. Si acepto el proyecto en Singapur, dirán que priorizo mi trabajo sobre mi familia. Si lo rechazo, dirán que estoy desperdiciando mi talento”.

Se giró en sus brazos para mirarlo cara a cara. Las luces de la ciudad reflejaban en sus ojos, creando constelaciones en su iris.

- “¿No lo ves, Gabriel? No importa lo que haga. Siempre habrá alguien esperando para decirme que mi decisión viene con una sentencia incluida. Mi preocupación no es si puedo tener un hijo. Mi preocupación es por qué parece que cualquier decisión que tome en esta vida llega con su propio juicio preestablecido”, manifestó Adriana.




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