Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 11

El zumbido del teléfono sobre la mesa de madera era una vibración familiar, casi tan constante como el murmullo de los aires acondicionados en la redacción. Daniela no apartó la vista de la pantalla. Sus dedos volaban sobre el teclado, tecleando un párrafo final, mientras la voz de su editor, le dictaba una última modificación.

Sobre su escritorio, el caos tenía un método algo extraño para una mirada externa, pilas de documentos ordenados por fecha, post-it de colores pegados al monitor, una taza de café con una película oscura en la superficie, y un par de auriculares de grabación enrollados junto a un bloc de notas lleno de flechas y subrayados.

Estaba en plena cobertura de una investigación que había mantenido a la redacción en vilo durante semanas. Una trama de corrupción municipal con nombres, cifras y pruebas que se encajaban como piezas de un rompecabezas que solo ella parecía ver con claridad.

- “Daniela, ¿me copias?”, insistió la voz en su oído.

- “Te copio, Javier. Envío el texto ahora mismo. Que el equipo de verificación se ponga encima de los anexos. Quiero todo listo para la edición de madrugada”, respondió Daniela, y sin colgar, pulsó el comando de envío. El archivo desapareció de su pantalla, una pequeña victoria en la batalla contra el reloj.

Colgó con su editor y marcó otro número. Mientras sonaba, sus ojos recorrieron la pizarra blanca detrás de ella, llena de nombres conectados con líneas rojas y azules, fechas clave y preguntas sin respuesta. Su equipo era bueno, pero ella era la orquesta. Sabía cuándo presionar a una fuente, cuándo darles un respiro, cuándo una llamada anónima era oro puro y cuándo era solo ruido. No parecía alguien vacía ni alguien esperando que algo pasara. Era alguien que generaba el movimiento, que disfrutaba de la intensidad.

- “Sí, dígame”, dijo ella al otro lado de la línea.

- “Daniela, soy Carlos. La fuente de finanzas finalmente habló. Dice que tiene los extractos de la cuenta offshore, pero quiere inmunidad”, expresó Carlos.

- “Dile que no tenemos autoridad para prometer eso, pero que podemos garantizar el anonimato total en la pieza hasta que haya una sentencia firme. Hazle la oferta, Carlos. Y no cuelgues hasta que tengas una respuesta. Llámame en cuanto tengas algo”, manifestó Daniela.

Colgó y se masajeó la nuca. Fue entonces cuando el teléfono volvió a vibrar. Esta vez no era una llamada interna. En la pantalla parpadeaba el nombre de su hermano, Saúl. La miró un instante y la deslizó hacia un lado con un gesto rápido. Una llamada a su hermano a estas horas podía esperar cinco minutos. Volvió a concentrarse en un informe que necesitaba verificar, sus ojos escaneando líneas de texto en busca de una discrepancia.

El teléfono volvió a vibrar. Era Saúl, de nuevo. Daniela frunció el ceño. Su hermano no era insistente. Si no contestaba, enviaba un mensaje de texto. Dos llamadas seguidas ya eran inusuales. Dejó el informe y cogió el móvil, pero antes de poder escribir un mensaje, una tercera llamada entró, del mismo número.

El caos controlado de su trabajo se desvaneció, reemplazado por una punzada de agitación en su estómago. Algo no iba bien. Se levantó, dejando atrás su escritorio, ese reino de papel y café frío, y caminó hacia el pasillo vacío que llevaba a las salas de reuniones. Buscó un rincón tranquilo y devolvió la llamada.

- “Saul, ¿qué pasa? ¿Estás bien?”, preguntó ella.

- “Daniela”, dijo su hermano la voz sonaba cansada, pero tranquila. Un alivio instantáneo recorrió su cuerpo, aunque la tensión no desapareció del todo. “Sí, sí, estoy bien. Lo siento por las llamadas”.

- “No te preocupes. Cuéntame”, expresó Saúl.

- “Es Laura. Tuvo una complicación esta tarde. Nada grave, te lo juro, pero la tuvieron que ingresar para observación. Un cálculo renal que se movió y le provocó una infección. Estará en el hospital hasta mañana como muy pronto”, manifestó Saúl.

Daniela apoyó la frente en la pared fría del pasillo. Cerró los ojos por un segundo, visualizando a su cuñada, siempre tan enérgica, ahora en una cama de hospital.

- “¿Necesita algo? ¿Yo voy…”, dijo Daniela.

- “No, no, ya está todo bien. La han medicado y está descansando. El problema son los niños. Es la hora de recogerlos del colegio y yo no puedo dejarla sola aquí”, comentó Saúl.

Daniela no lo dudó. La respuesta salió antes de que la pregunta terminara de formarse en su mente.

- “Sí, claro. Voy ahora mismo. Dime a qué colegio voy y en qué curso están. Les pido algo de cenar por el camino y me los llevo a mi piso”, dijo Daniela.

- “¿Estás segura? Sé que estás en medio de…”, comentó Saúl.

- “Saul, no hay nada que discutir. Voy. Envíame la dirección. Cuídense mucho”, interrumpió Daniela.

Colgó y ya estaba caminando de vuelta a su escritorio. No lo hacía porque estuviera libre. Lo hacía porque James y Denisse eran sus sobrinos. Eran los niños a los que le enseñaron a montar en bicicleta, cuyos dibujos de monstruos de colores adornaban la puerta de su nevera, cuyas risas eran capaces de desarmar cualquier mala noticia. Los amaba. Y en ese momento, eran lo único que importaba.

Agarró el bolso y la chaqueta, apagó el portátil con un golpe seco y le envió un mensaje a su segundo al mando "Emergencia familiar. Quedas a cargo. Todo está en tus manos. Llámame solo si el mundo se quema". Sin esperar respuesta, salió de la oficina, dejando atrás el zumbido y las prisas, y se sumergió en el atardecer de la ciudad.




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