Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 14

El teléfono de Daniela vibró sin parar sobre su escritorio. Desde que su investigación sobre la corrupción municipal se publicó esa mañana, el dispositivo no había conocido un momento de paz. Llamadas de otros medios, mensajes de colegas, notificaciones de redes sociales. Su artículo se había vuelto viral.

Contestó otra llamada, esta vez de una radio nacional.

- “Sí, estoy disponible para una entrevista mañana”, dijo Daniela.

Mientras hablaba, su correo electrónico se llenaba con nuevos mensajes. Peticiones de entrevistas, felicitaciones, algunas amenazas veladas. El éxito era abrumador, casi violento en su intensidad. Colgó el teléfono y masajeó sus sienes, que pulsaban con un ritmo doloroso.

Entre la avalancha de notificaciones, un mensaje particular captó su atención. Era un texto de número desconocido, corto y ominoso que decía "Daniela, necesitamos hablar."

No había más contexto, ninguna firma. Simplemente esas cuatro palabras que pesaban más que todos los artículos de felicitación combinados. Intentó devolver la llamada, pero el número estaba desconectado. Archivó el mensaje, atribuyéndolo a un extraño intento de contacto.

Su teléfono sonó de nuevo. Esta vez era su editor.

- “Daniela, ¡fenomenal! El tráfico del sitio se triplicó. Todo el mundo quiere hablar contigo”, dijo Javier.

- “Gracias, Javier. Estoy un poco abrumada”, respondió Daniela.

- “Entiendo. Pero hay algo más. He intentado contactar a tu fuente principal. No responde”, comentó Javier. Daniela se enderezó en su silla.

- “¿Qué quieres decir con que no responde?”, cuestionó Daniela.

- “Su teléfono está apagado. No ha aparecido en el ayuntamiento hoy. Nadie sabe dónde está”, respondió Javier.

Un escalofrío recorrió la espalda de Daniela a pesar del calor de la oficina. El concejal había sido su fuente más importante, el hombre que había proporcionado los documentos que demostraban la red de corrupción. Habían acordado mantener su identidad protegida.

- “Intenta su casa. Su esposa…”, expresó Daniela.

- “Ya lo hicimos. Ella dice que se fue a trabajar temprano y no ha vuelto. Parece genuinamente preocupada”, dijo Javier.

Daniela abrió su computadora, sus dedos moviéndose rápidamente sobre el teclado. Buscó noticias locales, actualizaciones de redes sociales, cualquier mención del concejal. Nada. Era como si el hombre se hubiera evaporado.

- “Podría estar simplemente escondido”, dijo Javier, aunque su voz traicionaba su propia preocupación. “Después de que esto saliera, quizás…”

- “O podría haber pasado algo”, completó Daniela, su mente corriendo a través de las posibilidades, cada una más sombría que la anterior. El mensaje anónimo de repente adquirió un nuevo significado. "Necesitamos hablar."

Colgó con Javier y se quedó mirando la pantalla de su teléfono. El mensaje seguía allí, brillando con una luz malévola. La investigación que la había catapultado al éxito profesional podría haberle costado a alguien más que su carrera.

Decidió salir de la oficina. Necesitaba aire, espacio para pensar. Las calles de la ciudad parecían más ruidosas, más caóticas que nunca. Cada persona que pasaba a su lado podría estar observándola. Cada coche estacionado podría esconder una amenaza.

Llegó a un pequeño parque y se sentó en un banco. El éxito se sentía como una jaula dorada. Había logrado lo que siempre había querido como periodista, pero el precio podría ser demasiado alto. Sacó el teléfono y marcó el número del concejal una vez más. Nada. Solo el silencio interminable de una línea muerta.

Por otro lado, Adriana sostenía el sobre en sus manos, el papel grueso y elegante contrastando con la temblorosa firmeza de sus dedos. El contrato de Singapur. Lo había estado esperando, pero ahora que estaba aquí, físicamente real, el peso de la decisión se sentía abrumador.

Abrió el sobre con cuidado, extrayendo las páginas del contrato. Los términos eran generosos, el puesto era exactamente lo que quería, la oportunidad de dirigir un equipo internacional en un mercado emergente. Era todo lo que había trabajado para lograr.

Mientras leía los detalles del puesto, su correo electrónico emitió un sonido de notificación. Era del doctor que la estaba atendiendo en la clínica de fertilidad, con el asunto: "Calendario de tratamiento."

Adriana hizo clic en el mensaje, esperando otra actualización general. Pero lo que encontró la dejó sin aliento. No era un resumen vago o una discusión de opciones. Era un calendario detallado, con fechas específicas, procedimientos concretos, tiempos de recuperación, fechas reales.

"Semana 1-2: Estimulación ovárica. Inyecciones diarias." "Semana 3: Monitorización y extracción." "Semana 4: Transferencia de embriones." "Semanas 5-6: Período de espera y prueba de embarazo."

Cada fecha estaba marcada en rojo en un calendario adjunto. El tratamiento comenzaría en seis semanas. El tiempo se sentía como un lujo que ya no poseía.

El contrato de Singapur especificaba que debería comenzar a trabajar en tres meses. Tres meses versus seis semanas. Los números no cuadraban, pero era más que eso. La decisión de tener hijos dejaba de ser una idea abstracta, un "algún día" flotando en un futuro indefinido. Ahora tenía fechas, horarios, procedimientos médicos.

- “¿Ya llegó?”, preguntó Gabriel, cuando ingresó a la habitación.

Adriana asintió, sin palabras. Le pasó el contrato, luego señaló la pantalla de su computadora donde el calendario médico permanecía abierto.

Gabriel leyó ambos documentos en silencio, su expresión cambiando de entusiasmo por el contrato a preocupación por el calendario.

- “Oh”, dijo Gabriel.

- “Sí. "Oh.", repitió Adriana.

- "Podríamos... podrías empezar el tratamiento allí. Singapur tiene excelentes clínicas”, respondió Gabriel.

- “¿Y si no funciona? ¿Vuelvo a empezar? ¿O qué pasa si quedo embarazada justo cuando tengo que mudarme al otro lado del mundo?”, preguntó Adriana. Gabriel se sentó a su lado, tomando su mano.




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