Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 16

Daniela caminó por la acera de la calle Nación con pasos que intentaban parecer casuales pero que a ella misma le resultaban demasiado rápidos, demasiado rígidos. Llevaba puesta la chaqueta gris de tweed que había comprado en una tienda de segunda mano el invierno anterior, y el cuello le rozaba la mandíbula de una manera que normalmente no le molestaría pero que ahora le parecía insoportable. En su bolso, el teléfono pesaba como una piedra, aunque en realidad no era más pesado de lo habitual.

Se detuvo frente a la cafetería donde solía reunirse con su fuente. El establecimiento tenía un escaparate empañado por la diferencia de temperatura entre el interior y la calle, y a través del cristal pudo ver a la camarera habitual, una mujer de unos cincuenta años con el pelo teñido de un rojo que ya no se veía en los salones de moda.

Daniela empujó la puerta e ingresó con aparente calma. Se sentó en la mesa del fondo, la que quedaba parcialmente oculta por una columna, desde donde su fuente siempre podía observar la entrada sin ser visto completamente. La camarera se acercó con una sonrisa que Daniela devolvió automáticamente.

- “Café solo, por favor”, dijo Daniela.

La camarera se alejó, y Daniela sacó su teléfono. El mensaje anónimo que había recibido la noche anterior permanecía en la pantalla “No busques lo que no quieres encontrar”. Lo había leído tantas veces que ya conocía el número exacto de caracteres, la forma en que la segunda línea quedaba ligeramente desplazada en la pantalla de su modelo de teléfono.

Pero no era ese mensaje lo que ahora ocupaba su atención. Había pasado la mañana anterior intentando contactar a su fuente, el concejal Tomás Echeverría, por todos los medios posibles. Su teléfono móvil daba directamente al buzón de voz. Su teléfono de la oficina en el ayuntamiento era contestado por una secretaria cada vez más evasiva. Y ahora, al revisar sus mensajes, Daniela descubría algo que no había notado en medio de la ansiedad de la noche anterior, se trataba de un correo electrónico enviado desde la cuenta institucional de Echeverría a las 3:47 de la madrugada, con asunto "Re: documentación adicional".

Daniela abrió el mensaje. Era breve, demasiado breve para el estilo habitual de Echeverría, que tendía a ser prolijo incluso en sus comunicaciones más casuales y solo decía "La documentación solicitada ha sido trasladada a ubicación segura. No es posible acceso directo en este momento. Se contactará próximamente vía canales alternativos."

Daniela leyó el mensaje tres veces. Cada lectura producía la misma sensación de inquietud que crecía en su estómago como una masa fría. Echeverría nunca usaba frases como "ubicación segura" o "canales alternativos". Había algo en la estructura del mensaje que parecía... ensayado, como si alguien más lo hubiera escrito, o como si Echeverría lo hubiera redactado bajo coacción.

La camarera regresó con el café, y Daniela apenas registró su presencia. Bebió un sorbo automáticamente, y el líquido le quemó la lengua de una manera que le pareció merecida, casi necesaria.

Abrió su aplicación de notas y comenzó a escribir, más para ordenar sus pensamientos que para crear un registro permanente: "Tercer día sin contacto directo. Última comunicación escrita anómala. Fraseología inconsistente con patrones previos. Posibilidad: mensaje enviado bajo presión o por tercera persona."

Se detuvo. ¿Qué estaba realmente pensando? ¿Que a Echeverría le había pasado algo? El concejal tenía enemigos, eso era evidente. Su investigación sobre las irregularidades en los contratos de basura municipal había tocado intereses poderosos. Pero hasta ahora, las amenazas habían sido indirectas como llamadas anónimas, un neumático rajado, una carta con recortes de periódico enviada a su oficina.

Daniela sacó el teléfono de nuevo y buscó en sus contactos. Tenía el número de Marta, la asistente personal de Echeverría, una mujer de unos cuarenta años que había trabajado con el concejal durante su ascenso político. Marcó antes de poder detenerse.

- “¿Diga?”, respondió Marta.

- “Marta, soy Daniela Ruiz. La periodista que…”, dijo Daniela.

- “Sé quién es (la voz de Marta era más áspera de lo que Daniela recordaba, con una tensión que hacía que cada palabra sonara como si estuviera siendo arrancada) No puedo hablar ahora”, comentó Marta.

- “Marta, por favor. Solo necesito saber si Tomás está bien. Llevo tres días sin poder contactarlo y…”, dijo Daniela.

- “No sé de qué me habla”, interrumpió Marta, y Daniela detectó algo en su voz, un temblor apenas perceptible que contradecía las palabras. “El concejal Echeverría está de viaje oficial. Cualquier consulta debe dirigirse a la oficina de prensa del ayuntamiento”.

- “Marta, escúchame. Recibí un mensaje de él cerca de las cuatro de la madrugada que no…”, replicó Daniela.

La llamada se cortó. Daniela miró la pantalla, donde el tiempo de duración —1:47— parpadeaba brevemente antes de desaparecer. Volvió a marcar, pero esta vez la llamada fue directamente al buzón de voz.

Daniela dejó el teléfono sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo frágil. El café se había enfriado y alrededor, la cafetería continuaba su ritmo habitual; pero Daniela ya no estaba realmente allí. Estaba en algún lugar entre el mensaje anónimo, el correo de las 3:47, y la voz temblorosa de Marta que decía "viaje oficial" con la convicción de quien repite una mentira que no ha elegido contar.

Algo había pasado. Algo estaba pasando. Y Daniela, que había pasado quince años aprendiendo a no confiar en las apariencias, supo con una certeza que le erizó el vello de los brazos que la desaparición de Echeverría era solo la superficie de algo mucho más profundo, algo que ella había desenterrado con su artículo y que ahora exigía silencio de la única manera que sabía, haciendo desaparecer a quienes podían hablar.

Horas más tarde, Teresa colocó las palmas sobre la encimera de cerámica, sintiendo el frío del material contra su piel. La llamada había sido corta, profesional, definitiva. La mujer de la editorial había explicado con una paciencia que no llegaba a ser condescendiente que la reunión del martes no podía modificarse. Los directivos internacionales, los materiales confidenciales, la logística de una evaluación que involucraba a tres departamentos diferentes.




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