En la cocina, Teresa esperaba escuchar la respuesta de Roberto, cuando una de las niñas la miró fijamente.
- “Mamá”, dijo Emma, soltando la mano de Roberto para buscar automáticamente la de Teresa, “¿puedo merendar antes de hacer los deberes?”
Teresa sintió los pequeños dedos de su hija entrelazarse con los suyos. Miró a Roberto, que esperaba pacientemente a que atendiera a las niñas antes de continuar con lo que fuera que quería proponer.
- “Sofía, ¿ya terminaste el problema que te costaba?”, preguntó Teresa, dirigiéndose a su hija mayor mientras acariciaba con el pulgar el dorso de la mano de Emma.
Sofía levantó la vista del cuaderno, con una expresión de frustración contenida.
- “Es que no entiendo para qué sirve factorizar esto”, murmuró. “En la vida real nadie usa esto”.
Teresa sonrió por primera vez en horas, un gesto breve pero que Emma pareció notar igualmente, porque apretó más fuerte su mano.
- “Termina el ejercicio primero”, dijo Teresa. “Luego hablamos de para qué sirve”.
Roberto carraspeó discretamente, un sonido que Teresa reconoció como su señal de que necesitaba atención adulta.
- “Chicas”, dijo Roberto, dirigiéndose a sus hijas con esa mezcla de firmeza y cariño que caracterizaba su paternidad, “necesito hablar con mamá de algo importante. ¿Pueden ir a la sala y empezar con los deberes? Sofía, ayuda a Emma con matemáticas si se atasca”.
Sofía cerró su cuaderno con un suspiro teatral, pero asintió. Emma soltó finalmente la mano de Teresa después de un último apretón, como si necesitara asegurarse de que su madre seguía siendo tangible.
- “Mamá, ¿luego me cuentas el cuento del ratón?”, preguntó Emma desde la puerta.
- “Sí, cariño”, respondió Teresa. “Ve con tu hermana”.
Cuando las niñas desaparecieron por el pasillo, el silencio de la cocina recuperó su peso. Roberto se acercó a la ventana donde Teresa seguía de pie, sin tocarla pero lo suficientemente cerca como para que ella pudiera oler el jabón que usaba desde siempre, algo barato con olor a limón.
- “¿Y qué hay que pensar?”, preguntó Teresa, y su tono salió más cortante de lo que pretendía. “Tú ya lo decidiste todo. Me inscribiste, enviaste mi blog, concertaste la cita”.
Roberto levantó una mano en un gesto de paz que Teresa encontró irritante.
- “No fue así”, dijo Roberto, “o al menos no fue solo así. Te lo mostré, Tere. Te dije que tu blog tenía potencial. Tú leíste el correo de la editorial, viste lo que dijeron. Podrías haber dicho que no”.
Teresa giró finalmente para mirarlo, y en su movimiento el pelo le cayó sobre la cara, oscureciendo parcialmente su expresión.
- “¿Y habrías aceptado un no?”, preguntó Teresa. ¿Habrías dejado que rechazara una oportunidad así, sabiendo que yo... que nunca he…”
Se interrumpió, porque no sabía cómo terminar la frase. Que nunca había tenido una carrera. Que había abandonado la universidad cuando nació Sofía. Que su único trabajo remunerado había sido tres meses en una librería hacía quince años. Que ahora, a sus cuarenta años, una editorial quería hablarle de su "voz única", y ella no sabía si eso la halagaba o la aterrorizaba.
Roberto pareció leer algo en su silencio, porque su expresión se suavizó. Se acercó un paso más, lo suficiente como para que ella pudiera ver las pequeñas arrugas que se habían formado en las comisuras de sus ojos, las mismas que ella había visto aparecer año tras año sin poder nombrar cuándo exactamente habían comenzado.
- “Tengo una idea para mañana”, dijo Roberto. “Pero no te va a gustar”.
Teresa soltó una risa breve, casi sin humor.
- “Eso ya lo sabía antes de que lo dijeras”, replicó Teresa.
- “Necesitas que alguien cuide a los niños mientras estás en la reunión”, continuó Roberto, ignorando su comentario. “Sofía tiene clase hasta las cuatro, pero Emma termina a las dos, y Lucas tiene el médico a las tres”.
Teresa sintió que el estómago se le encogía. Lucas. La cita con el alergólogo que había costado tres meses conseguir, la que podría finalmente explicar por qué su hijo menor tenía esos brotes inexplicables de eczema.
- “No puedo faltar a eso”, dijo Teresa, y su voz sonó más alta de lo que pretendía. “Ya lo he retrasado dos veces. Si cancelo otra vez, nos dan la cita para dentro de seis meses”.
- “Lo sé”, dijo Roberto. “Por eso necesitas a alguien que vaya con Lucas al médico mientras tú estás en la editoria”l.
Teresa lo miró fijamente, tratando de adivinar hacia dónde dirigía la conversación. Roberto nunca proponía soluciones simples; siempre había una complicación oculta, una variable que ella no había considerado.
- “¿Quién?”, preguntó finalmente.
Roberto vaciló. Por primera vez en la conversación, pareció incómodo, como si las palabras siguientes le supieran amargas.
- “Mi hermana”, dijo él. “Carmen”.
El nombre cayó en la cocina como un objeto pesado. Teresa sintió que los hombros se le tensaban involuntariamente, una reacción física que no podía controlar. Carmen, la hermana menor de Roberto, que siempre había considerado que Teresa "se había casado por interés", que nunca perdía oportunidad de mencionar que ella "no trabajaba y vivía de su hermano", que había organizado la despedida de soltera de una amiga en el mismo restaurante donde Teresa había tenido su cena de aniversario sin invitarla "por descuido".
- “No”, dijo Teresa, y la palabra salió más rotunda de lo que esperaba. “Busca otra opción”.
- “No hay otra opción”, insistió Roberto. “Mi madre tiene la espalda mal, no puede cargar con Lucas. Tus padres están en el pueblo hasta el mes que viene. ¿Prefieres dejar a Lucas con una desconocida?”
Teresa se volvió hacia la ventana, mirando el jardín. Sabía que Roberto tenía razón en lo práctico, pero la idea de dejar a su hijo con Carmen, de tener que agradecerle después, de escuchar sus comentarios velados sobre "lo difícil que es organizarse cuando no se tiene una rutina de verdad", le producía una náusea física.