Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 18

El correo electrónico brillaba en la pantalla del portátil como una única estrella en un cielo de penumbras. Adriana no había encendido las luces del salón desde que Gabriel se había retirado a la habitación, dejándola sola con la decisión que había pospuesto durante tres días completos. La pantalla del portátil proyectaba una luz azulada sobre su rostro, acentuando las ojeras que no habían existido una semana atrás.

El correo de la consultora de Singapur esperaba en la parte superior de su bandeja de entrada.

Adriana movió el cursor sobre el botón de respuesta sin hacer clic. Los términos del contrato ya los conocía de memoria: tres años en Singapur, liderazgo del equipo de sostenibilidad para el desarrollo más ambicioso de la región, un salario que triplicaba el suyo actual. Y, en la cláusula número doce, la frase que había subrayado en rojo en su copia impresa: "La consultora no se hace responsable de interrupciones médicas no programadas durante la vigencia del contrato."

Eso significaba los tratamientos de fertilidad. Significaba que si finalmente lograba quedarse embarazada en Singapur, sería sin cobertura médica de la empresa. Significaba que si necesitaba regresar para un procedimiento, perdería el bonus de permanencia.

Adriana cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el aire acondicionado le enfriara la garganta. Cuando abrió los ojos de nuevo, la pantalla seguía allí, implacable. Movió las manos sobre el teclado sin escribir nada durante treinta segundos. Luego, de golpe, comenzó a teclear.

"Estimados señores de la consultora," escribió, y se detuvo. Borró todo. Comenzó de nuevo.

"Agradezco la oportunidad ofrecida. Sin embargo, debo declinar la oferta en estos términos. Me mantengo a disposición para negociar una modificación de la cláusula doce que permita compatibilizar el proyecto con mi situación personal actual."

Adriana leyó el mensaje tres veces. Cada lectura le parecía más ajena, como si otra persona la hubiera escrito. La mujer que declaraba abiertamente que quería quedarse embarazada, que ponía condiciones a una oferta laboral irrepetible, que firmaba con su nombre completo incluyendo el segundo apellido que nunca usaba.

Movió el cursor hasta el botón de enviar. Lo mantuvo allí durante un minuto completo, sintiendo cómo el sudor le humedecía la palma de la mano contra el plástico del ratón.

Entonces hizo clic, el sonido de la notificación de envío fue tan suave que casi no lo oyó. Adriana se quedó mirando la pantalla, esperando que apareciera algún mensaje de error, alguna ventana emergente que le permitiera retractarse. Pero no hubo nada. El correo simplemente desapareció de su bandeja de salida, llevándose consigo tres años de su vida que nunca viviría.

Adriana cerró el portátil de golpe. La oscuridad del salón la envolvió completamente, y por un momento no supo si había tomado la decisión más valiente de su vida o simplemente había arruinado su carrera para siempre.

En la otra punta de la ciudad, Valeria estaba sentada en el borde de su cama, con el teléfono móvil apoyado en la rodilla. La pantalla mostraba el historial de llamadas de Estudio Moris: tres intentos en los últimos dos días, todos ignorados. Ahora tenía frente a ella la aplicación de mensajería, con el nombre de Jaime Moris, el director del estudio, en la parte superior.

Valeria leyó el último mensaje recibido una vez más: "Señora Valeria Gastelo, necesitamos hablar. Es importante. Podemos vernos mañana en el estudio."




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