Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 22

Valeria cruzó la puerta de cristal esmerilado antes de que pudiera arrepentirse, las letras MORIS ARQUITECTURA flotaban sobre su reflejo y no sabía si estaba lista para lo que pudiera enfrentar.

El tercer piso del edificio industrial rehabilitado olía a serrín y café recién hecho, una combinación que la transportó hace más de veinte años atrás, a cuando soñaba con espacios mientras Liam dormía en su cuna junto a la mesa de trabajo.

El interior la recibió con silencio organizado. Mesas de madera clara se extendían en filas paralelas, interrumpidas por estantes que exhibían maquetas arquitectónicas. En las pantallas suspendidas del techo, planos en azul y blanco alternaban con renderizados tridimensionales. Valeria reconoció inmediatamente el proyecto del centro cultural de Monet.

Un joven con gafas de montura metálica se acercó desde una mesa cercana. Llevaba una camisa de lino arrugada y sostenía una regla de escala como quien sostiene una extensión de su propia mano.

- “Valeria Gastelo”, dijo, más como constatación que como pregunta. “Soy Hugo, ayudante de Moris. Él está en la sala de reuniones”.

La guió entre las mesas de trabajo, donde varios arquitectos levantaron la vista brevemente antes de sumergirse de nuevo en sus pantallas. Valeria notó que era, con diferencia, la persona de mayor edad en la sala. Las manos que habían cambiado pañales, que habían sostenido libros de texto mientras estudiaba de madrugada, que ahora temblaban levemente mientras ajustaban el cuello de su blusa.

La sala de reuniones tenía paredes de ladrillo visto y una mesa de madera maciza donde Jaime Moris revisaba documentos. Era un hombre de cincuenta años aproximadamente, con el pelo cortado al ras y de presencia clásica y elegante. Cuando levantó la vista, sus ojos de un gris casi transparente, evaluaron a Valeria con precisión.

- “Señora Gastelo”, dijo Jaime Moris, sin levantarse. “Tome asiento”.

La silla de cuero crujió bajo su peso. Valeria cruzó las manos sobre la mesa, luego las descruzó, consciente de cada gesto que la delataba como novata en un mundo donde los demás habían pasado décadas construyendo protocolos.

- “He revisado su proyecto de fin de carrera”, continuó Moris, empujando hacia ella una carpeta con portada azul. “La propuesta para reutilizar la antigua fábrica de acero como centro cultural. Interesante lectura del espacio industrial”.

Valeria reconoció su propia maqueta en la fotografía adjunta, había trabajado en ese proyecto durante seis meses, entre su trabajo en el restaurante para pagar las cuentas universitarias y los exámenes, entre la noche y la madrugada.

- “El jurado mencionó su enfoque”, añadió Moris. “Dijeron que entendía algo que sus compañeros de veintidós años no lograban, que la arquitectura es espera. Que los edificios sobreviven a quienes los habitan”.

Valeria sintió un nudo en la garganta que no supo identificar. Afuera, en el patio interior, una enredadera trepaba por cables y tuberías, buscando la luz.

- “Tenemos el concurso para el centro cultural Monet”, dijo Moris, y la enredadera dejó de moverse en la imaginación de Valeria. “La administración actual quiere algo distinto, algo que hable de memoria y futuro simultáneamente”.

Abrió otra carpeta, con planos municipales, fotografías aéreas del terreno, memorias técnicas.

- “Necesito alguien que conozca ese barrio desde dentro. Que haya visto sus transformaciones, que entienda lo que significa construir sobre ruinas que aún respiran”, expresó Moris.

Valeria miró las fotografías. Reconoció la calle donde había alquilado su primer piso, el parque donde Liam aprendió a andar en bicicleta, la fachada de ladrillo que ya no existía, demolida para hacer espacio a un supermercado.

- “Mi hijo se va a Berlín”, dijo Valeria, y la frase sonó como excusa y como confesión simultáneamente. “Dentro de dos semanas. Empieza sus estudios internacionales allí”.

Moris asintió, como si esa información completara un rompecabezas que ella no veía.

- “Por eso la llamé ahora”, respondió. “Creo que este es un buen momento para usted, es muy probable que descubra que puede construir otros proyectos, tan hermosos como su creación más especial”.

Señaló la maqueta en la fotografía, la estructura de bambú, los lucernarios.

- “Esto no es caridad, señora Gastelo. Es negocio. Necesito su mirada, la que solo da el tiempo vivido. Pero también necesito que esté disponible. El plazo del concurso es en seis semanas”, comentó Jaime Moris.

Valeria tocó el borde de la carpeta. El cartón rugoso contra sus yemas, la tinta que olía a posibilidad. Veintidós años atrás, había elegido a Liam sin dudar, sin arrepentimiento. Ahora él elegía Berlín, y ella estaba aquí, en una sala de reuniones con paredes de ladrillo, siendo ofrecida algo que no sabía si podía aceptar.

- “Déjeme pensarlo”, dijo Valeria.

- “No necesito que me diga hoy que acepta, señora Gastelo. Necesito saber si, en caso de aceptar, podrá comprometerse con los plazos. El concurso no espera a nadie”.

Valeria observó a Jaime Moris, preguntándose cómo un desconocido podría tener mucho más confianza que ella misma.




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