Teresa revisó por tercera vez la lista en la encimera de la cocina. Mateo necesitaba zapatillas nuevas para educación física, Sofía tenía examen de matemáticas, Lucas debía llevar la autorización para la excursión del viernes, y Emma, sentada en el suelo con los crayones extendidos como un arcoíris destrozado, reclamaba atención cada cuarenta segundos.
La reunión de Editorial Cervantes era mañana a las diez de la mañana. Teresa miró el reloj eran las seis y veinte de la tarde. El mensaje de Roberto seguía sin respuesta en su pantalla “hemos pensado en lo de Carmen, podemos buscar otra solución juntos” y ella no sabía si eso significaba que podía contar con él para quedarse con los niños o si simplemente aplazaban una discusión que ya llevaba semanas.
- “Mamá”, dijo Sofía, sin levantar la vista de sus deberes, “el problema siete no me sale”.
Teresa se acercó a la mesa del comedor, las ecuaciones de segundo grado se extendían en filas ordenadas, interrumpidas por borrones de goma de borrar donde Sofía había fracasado.
- “Enséñame qué has intentado”, dijo Teresa, y su voz sonó extraña, como si perteneciera a otra persona, una que tenía tiempo para sentarse y explicar matemáticas sin contar los minutos que faltaban para una cita que podría cambiarlo todo o nada.
Sofía señaló sus operaciones, el despeje de la x, el error en el signo del término independiente. Teresa corrigió suavemente, consciente de que cada segundo que dedicaba a este momento era un segundo que no dedicaba a organizar su futuro. Pero cuando Sofía finalmente resolvió la ecuación y una sonrisa breve iluminó su rostro habitualmente serio, Teresa sintió algo que no supo nombrar.
El timbre sonó a las siete. Emma corrió hacia la puerta con el entusiasmo que reservaba para cualquier interrupción del día, y Teresa la siguió arrastrando los pies.
Era Carmen, su cuñada llevaba un abrigo de paño azul que Teresa reconocía de Navidades pasadas, y sostenía una bolsa de tela con el logo de un supermercado ecológico. El pelo canoso de Carmen, prematuro, como el de todos los hermanos de Roberto, estaba recogido en un moño imperfecto.
- “Roberto me llamó”, dijo, sin esperar invitación. “Dijo que tenías una reunión importante”.
- “No es importante”, empezó a decir Teresa, automáticamente. “Es solo una presentación, ni siquiera sé si…”
- “Teresa”, interrumpió Carmen, y su voz tenía la misma cadencia paciente que usaba con sus sobrinos cuando se peleaban. “Llevas casi quince años cuidando a mis sobrinos. Déjame cuidar de ellos hoy”.
Emma tiró de la manga de Carmen, buscando su mano con la confianza de quien no ha aprendido todavía las divisiones familiares. El pelo de la niña olía a champú de manzana, ese olor que Teresa asociaba con las noches de baño, con el ritual de cepillar enredos mientras Emma contaba los dibujos del envase.
- “Pero tienes trabajo”, protestó Teresa débilmente. “El turno de mañana en la farmacia”.
- “He cambiado con Laura”, respondió Carmen, ya sentándose en el suelo junto a Emma, extendiendo los crayones que la niña le ofrecía como tributo. “Tú ve. Y si decides volver a ser ama de casa, volverás. Pero que sea una elección, no una resignación”.
- "No sé si todavía sirvo para esto", dijo Teresa, bajando la mirada. Carmen soltó una risa breve, sin burlarse.
- "¿Para trabajar?", preguntó Carmen, Teresa asintió.
- "Hace tantos años que siento que solo sé organizar horarios, hacer compras, recordar vacunas, ayudar con tareas... A veces pienso que el mundo siguió avanzando mientras yo me quedé aquí", manifestó Teresa.
Carmen dejó el crayón sobre el suelo y la miró de frente.
- "Teresa, una editorial puede enseñarte un programa nuevo o una forma distinta de trabajar. Lo que no puede enseñar es responsabilidad, paciencia o capacidad para resolver diez problemas al mismo tiempo. Eso ya lo tienes", comentó Carmen. Teresa sonrió apenas.
- "No todo el mundo piensa igual", dijo Teresa.
- "No. He aprendido con los años, cosas que cuando era joven no lo advertía correctamente, siempre habrá alguien que diga que descuidas a tus hijos si trabajas y otro que dirá que desperdicias tu vida si no trabajas. Si de todos modos te van a juzgar, al menos que sea por una decisión que hayas tomado tú", expresó Carmen.
Teresa se quedó inmóvil en el umbral de la cocina, observando a su cuñada, a quien había considerado siempre como la hermana perfecta de Roberto, la que había elegido correctamente, la farmacéutica, la que no había necesitado elegir, dibujar un sol amarillo en el papel de Emma. Mateo apareció en la puerta de su habitación con las zapatillas de deporte en la mano, preguntando algo sobre su talla, y Sofía levantó la vista de sus deberes con una expresión que Teresa no supo interpretar.
- “Mañana ve”, repitió Carmen, sin levantar la vista del dibujo. “El mundo se mueve cuando nos movemos, iré a la reunión para la feria tecnológica, solo dame indicaciones de que puedo aceptar y que no; y también el historial médico de Lucas”.
Teresa se quedó quieta, tal vez se quedó pensando en cómo era su cuñada cuando recién se casó con Roberto, una joven profesional y no en la mujer que era ahora, y parecía desconocía.