Adriana observó la pantalla del portátil hasta que sus ojos empezaron a llorar, no de emoción sino de la tensión de no parpadear. La taza de té a su lado se había enfriado hacía media hora, el vapor disuelto en el aire acondicionado que Gabriel insistía en mantener a veintidós grados aunque ella prefiriera el calor sofocante del verano.
El correo electrónico llegó a las tres de la tarde, según la marca de tiempo. La consultora internacional, cuyo nombre aparecía en el remitente con la neutralidad de quien envía facturas, había respondido a su rechazo de la oferta de Singapur.
Estimada señora Vidal:
Hemos recibido su comunicación respecto a la cláusula 12.2 del contrato. Le informamos que, tras revisión interna, la empresa está dispuesta a negociar dicha cláusula, ofreciendo cobertura médica completa sin exclusiones de fertilidad, a cambio de una extensión del período de prueba a doce meses.
Quedamos a la espera de su respuesta.
Atentamente,
Departamento de Recursos Humanos
Adriana leyó el mensaje por tercera vez. Las palabras no cambiaban, pero su significado parecía deslizarse cada vez que intentaba asirlo.
Gabriel entró en el salón con una camiseta vieja de un festival de jazz, el mismo que llevaba cuando ella lo conoció, diez años atrás, cuando ambos creían que el tiempo estaba de su lado. Se sentó en el sofá sin hablar, esperando, con esa paciencia que había aprendido durante los años de relación con alguien que procesaba lentamente sus emociones.
- “Han cambiado la cláusula”, dijo Adriana, y su voz sonó más aguda de lo habitual, el tono que adoptaba en situaciones de estrés, el que ella misma detestaba. “Pero quieren doce meses de prueba”.
Gabriel asintió, sin sorpresa, había escuchado sus razones, la exclusión de tratamientos de fertilidad como mensaje implícito de que su cuerpo no valía la inversión, había permanecido en silencio mientras ella lloraba en el baño después de enviar el correo.
- “¿Y eso qué significa para ti?”, preguntó Gabriel.
Adriana se levantó, caminó hasta la ventana que daba a la calle. El tráfico fluía en su dirección habitual, indiferente a las decisiones que se tomaban en los apartamentos.
- “Significa que cuando dije que no, algo se movió”, respondió, más para sí misma que para Gabriel. “Significa que mi rechazo tenía peso. Que valía la pena intentarlo”.
Se volvió hacia él, y en su rostro vio algo que no esperaba y eso era miedo. El mismo miedo que ella sentía, probablemente, aunque por razones distintas. Miedo a que aceptara, a que desapareciera en Singapur durante doce meses, a que regresara diferente o no regresara. Miedo a que rechazara, a que se arrepintiera, a que el tiempo siguiera pasando sin que ninguna de las dos opciones llenara el espacio que ambos sentían crecer entre ellos.
- “No sé qué hacer”, confesó Adriana, y la franqueza era un alivio después de semanas de certezas performativas.
Gabriel se acercó, tomó sus manos, las manos que habían diseñado puentes, calculado cargas, y las apretó con fuerza que no era dolorosa pero tampoco era suave.
- “A veces, las cosas pueden salir bien, sin saber cómo, y muchas veces pensamos en todo lo que podría salir mal, sin intentarlo”, dijo Gabriel.
- “¿Y si acepto y perdemos un año?”, preguntó Adriana en voz baja. “¿Y si ese año termina siendo el que no podemos recuperar?”
Gabriel no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia las manos que seguía sosteniendo, como si buscara allí una respuesta más honesta que cualquier argumento.
- “¿Y si no aceptas y pasas el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado?”, replicó Gabriel.
- “Odio cuando tienes razón”, comentó Adriana.
- “No la tengo. Solo estoy igual de asustado que tú”, respondió Gabriel. Ella levantó la vista.
- “¿De verdad?”, dijo Adriana. Gabriel asintió.
- “Claro que sí. Tengo miedo de que te vayas y descubras que eres más feliz sin mí. Tengo miedo de quedarme aquí contando los días. Tengo miedo de que la distancia nos cambie. Pero también tengo miedo de que renuncies a algo importante solo para que yo me sienta tranquilo. Y no quiero cargar con eso”, expresó Gabriel.
Adriana apoyó la frente sobre el hombro de Gabriel. Cerró los ojos y dejó de intentar resolver el futuro en su cabeza.
- “Siempre imaginé que las decisiones importantes se sentían como una certeza”, murmuró Adriana.
- “Yo creo que se sienten exactamente así”, replicó Gabriel.
- “¿Así cómo?”, preguntó Adriana.
- “Como ahora, con miedo”, respondió Gabriel.
- “Eso no es muy alentador”, comentó Adriana.
- “No. Pero es real”, dijo Gabriel.
Permanecieron abrazados mientras, detrás de la ventana, los autos seguían avanzando con la indiferencia de siempre. El correo continuaba abierto en la pantalla del portátil, esperando una respuesta. Adriana respiró hondo.
- “No voy a responder hoy, solo quiero disfrutar de una pequeña victoria. Dije que no aceptaba algo injusto… y por primera vez una empresa respondió negociando en lugar de darme la espalda. Pase lo que pase después, necesitaba recordar que mi voz también tiene valor”, dijo Adriana.
- “Entonces brindemos por eso”, comentó Gabriel.
- “¿Con té frío?”, replicó Gabriel.
- “Con té frío. Ya tendremos tiempo para celebrar con algo mejor”, dijo Adriana.
Adriana soltó una risa auténtica, de esas que no aparecían desde hacía semanas. Quizá el futuro siguiera siendo incierto. Quizá la respuesta correcta aún no existiera.