Daniela caminaba por la Gran Vía cuando el mensaje llegó, cuando su teléfono vibró con el nombre de Andrés en la pantalla.
Ven a mi oficina. Tengo algo. No escribas más por aquí.
No preguntó qué. No pidió explicaciones sobre por qué el excompañero de redacción, convertido ahora en experto en seguridad informática, la convocaba con esa urgencia que recordaba a sus tiempos en el periódico, cuando los grandes hallazgos no podían esperar a la mañana siguiente. Daniela tomó un taxi en la esquina, ignorando el costo, consciente de que cada minuto que pasaba podía ser el minuto en que alguien más encontrara lo que ella buscaba.
La oficina de Andrés estaba en un edificio anónimo, sin rótulo en la puerta, solo un interfono con número que ella reconoció de mensajes anteriores. Subió al tercer piso, donde Andrés la esperaba con la puerta entreabierta y la expresión de quien ha visto algo que no debería haber visto.
- “Entra rápido”, dijo Andrés, sin saludarla.
El espacio era más pequeño de lo que ella imaginaba, Andrés había engordado desde sus tiempos en el periódico, o quizás solo se había olvidado de la postura, de la tensión que mantiene los músculos alerta. Ahora se movía con la economía de quien conserva energía para tareas que ella no podía ver.
- “¿Echeverría?”, preguntó Daniela, sin sentarse.
Andrés no respondió. Abrió un archivo en el monitor central, una secuencia de números y letras que Daniela reconoció como registros de acceso a servidores municipales.
- “Tu concejal”, dijo Andrés, señalando una línea de código. “Desapareció hace tres semanas, ¿correcto?”
- “Sí”, respondió Daniela.
- “Y tú crees que huyó por miedo, que descubrió algo en los expedientes del polideportivo”, comentó Andrés.
- “Sí”, dijo Daniela.
Andrés amplió la ventana. El cursor señaló una fecha, tres días después de la última comunicación de Echeverría con Daniela.
- “Esto es un acceso remoto a su cuenta municipal”, explicó Andrés. “Realizado desde una IP que rastreé hasta un servidor en Panamá. Alguien entró en sus archivos después de que desapareciera. Alguien que sabía sus contraseñas, o que las obtuvo”.
Daniela se acercó al monitor, ignorando la invasión del espacio personal de Andrés, intentando leer algo en esa cascada de caracteres que ella no dominaba.
- “¿Quién?”, preguntó Daniela.
- “Eso no lo sé”, respondió Andrés. “Pero sé qué buscaban. Los mismos expedientes que Echeverría te había prometido, adjudicaciones del polideportivo, contratos con la constructora, pagos a consultoras”.
Se volvió hacia ella, Daniela vio el fantasma del periodista que había sido, el que había dejado la redacción porque no soportaba ver cómo las historias importantes morían en el cajón de los jefes de sección.
- “Alguien más está buscando lo mismo que tú”, dijo Andrés. “O alguien está borrando lo que Echeverría encontró. En cualquier caso, tu concejal no desapareció solo por miedo. Alguien lo ayudó a desaparecer, o alguien lo hizo desaparecer”.
Daniela se sentó finalmente, en una silla de plástico que crujió bajo su peso. El cuero de su chaqueta, la misma que llevaba en la reunión del hotel, la que había elegido para parecer profesional ante mujeres que ahora sentía como aliadas, rozó el respaldo metálico.
- “¿Cómo lo sabes?”, preguntó Daniela. “¿Que no fue solo miedo?”
Andrés abrió otra ventana. Una fotografía de Echeverría en lo que parecía un aeropuerto, con gafas de sol y sombrero, una imagen borrosa tomada desde la distancia. La fecha en la esquina era de cuatro días después de su desaparición.
- “Porque huyó con ayuda”, dijo Andrés, “Vuelo charter a Lisboa, pagado en efectivo. Ningún rastro posterior. Pero alguien pagó, alguien organizó. Y ese alguien dejó huellas digitales que no son las suyas”.
Daniela miró la fotografía. El concejal que ella recordaba nervioso pero convencido, el que le había hablado de su deber ciudadano mientras sus manos temblaban sobre los documentos, ahora aparecía como figura de cera en una imagen que podría ser cualquiera.
- “¿Quién le pagó el vuelo?”, preguntó Daniela.
Andrés cerró la ventana. La pantalla volvió a los códigos, a la frialdad de la evidencia digital.
- “Eso es lo que no sé”, admitió Andrés. “Pero sé que cuando publicaste la noticia, muchos tuvieron miedo”.
Daniela sacó su teléfono, ignorando la advertencia implícita en los ojos de Andrés. Escribió un mensaje breve, sin destinatario visible en la pantalla, guardándolo en borradores para enviarlo desde una conexión segura.
- “Necesito hablar con Marta Díaz”, dijo en voz alta.
Andrés asintió, ya volviendo a sus monitores, a su mundo de rastros digitales y verdades fragmentadas.
- “Cuidado”, dijo Andrés.
Por otro lado, Valeria salió del estudio Moris, sosteniendo la carpeta azul contra su pecho como escudo. Su teléfono vibró. Liam, le había escrito: Mamá, ¿puedes venir a la librería de segunda mano en la calle Mayor? Han llegado unos libros de arquitectura alemana que quiero regalarte.
Valeria sonrió, y el gesto le dolió en los músculos que habían olvidado cómo se hacía. Su hijo, que se iba, que ya estaba en Berlín en su imaginación, pensaba en ella. En los libros que ella necesitaría para el proyecto que él no sabía que le habían ofrecido.
Caminó hacia la calle Mayor, entre turistas que consultaban mapas y apresuraban el paso hacia el metro. En cada esquina veía posibles edificios, espacios que podrían ser otras cosas, vidas que podrían construirse sobre los cimientos de lo que ya no funcionaba.
Teresa, en su casa, estaría escogiendo la ropa que usaría para su reunión, con la incertidumbre de quien no sabe si quiere lo que va a buscar. Adriana, en su salón, estaba discutiendo con Gabriel los términos de una negociación que no había solicitado.
Daniela, subió a un taxi, mientras procesaba la evidencia de que su investigación era más peligrosa de lo que pensaba.