Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 27

Daniela había propuesto el café de la plaza de Atenea, un lugar con terraza suficientemente concurrida para garantizar anonimato, suficientemente ruidoso para impedir que cualquier conversación fuera grabada con claridad. Marta Díaz llegó quince minutos tarde, con el pelo recogido en un moño más severo de lo habitual, con un abrigo beige que no correspondía a la estación.

No se saludaron con efusividad. Un gesto breve de cabeza, una silla que Daniela había reservado de espaldas a la pared, una taza de café que pidieron para mantener las apariencias. Daniela observó las manos de Marta, que no dejaban de moverse.

- “No puedo ir a ninguna oficina”, dijo Marta. “Me siguen. No siempre, pero suficiente. El teléfono…”

- “¿El teléfono qué?”, preguntó Daniela, manteniendo el tono casual, la mirada en el menú que no iba a pedir.

- “Está intervenido. Lo sé. No puedo probarlo, pero lo sé. El ruido de fondo, los cortes, la forma en que ciertas palabras hacen que la línea…”, respondió Marta.

Marta se interrumpió, miró hacia la calle, buscó entre los transeúntes algún rostro conocido, alguna amenaza que solo ella pudiera reconocer. Daniela siguió su mirada, encontró madres con carritos, jubilados en bancos, el repartidor de una app de comida consultando su teléfono.

- “Tomás dejó algo”, dijo Marta, y la voz se le quebró en la última sílaba, en el nombre del hombre que había desaparecido sin despedida, sin explicación, sin el cuidado que ella creía merecer después de años de lealtad. “Me lo dijo una noche, hace meses. Si algo ocurre, Marta, hay algo preparado. Para ti, para quien necesite saber."

Daniela sintió que el pulso se le aceleraba, que la cafeína que aún no había consumido ya circulaba por su sangre. No preguntó qué había ocurrido, cómo había ocurrido, por qué Marta había esperado tanto para contactarla. Esas preguntas pertenecían a otra conversación, a un momento de mayor confianza que quizás nunca llegaría.

- “¿Dónde está?”, preguntó Daniela en cambio, directa, práctica.

Marta sacó del bolsillo del abrigo una memoria USB envuelta en papel de estraza, como quien envuelve un regalo que no quiere llamar la atención. La depositó sobre la mesa, entre las tazas de café que enfriaban, y Daniela observó lo pequeña que era, lo insignificante en apariencia, lo letal que podría resultar en contexto adecuado.

- “No es todo”, dijo Marta. “Tomás era cuidadoso, paranoico al final. Esto es solo... una llave. Una dirección, quizás, o un código. No lo sé. No lo abrí”.

- “¿Por qué no?”, preguntó Daniela.

Marta la miró, y en sus ojos Daniela vio el miedo que había estado ocultando, la magnitud de lo que conocía sin querer conocer, de lo que sospechaba sin poder confirmar.

- “Porque abrirlo significa saber”, dijo Marta. “Y sabiendo, ya no puedes hacer como que no sabes. Ya no puedes decir que no entendías, que eras solo una asistente, que tu jefe tomaba decisiones que a ti no te concernían”.

Daniela tomó la memoria USB, la sintió fría contra la palma de la mano. Pensó en Andrés, en las pantallas que mostraban huellas digitales de accesos ilegales, en la certeza de que alguien había buscado en los archivos de Echeverría después de su desaparición.

- “¿Por qué yo?”, preguntó Daniela, y la pregunta era genuina, no falsa modestia.

Marta sonrió, con una expresión triste, que se detuvo en los labios como un recuerdo de algo que solía ser natural.

- “Porque Tomás confiaba en usted”, dijo Marta. “Y porque usted sigue buscando. La mayoría ha dejado de buscar, señorita Ruiz. La mayoría prefiere que Tomás Echeverría sea solo otro político corrupto que huyó con dinero, otro escándalo que olvidar. Usted no. Eso la convierte en la persona adecuada, y también en la persona en peligro”.

Daniela guardó la memoria USB en el bolsillo interior de su chaqueta, sintiendo cómo el peso se distribuía contra su costilla, un recordatorio físico de que ahora poseía algo que otros querían. No preguntó quiénes, no pidió protección, no ofreció garantías que no podía cumplir. Solo asintió, y en ese gesto aceptó la carga que Marta descargaba sobre ella, la responsabilidad de ser quien supiera cuando otros preferían la ignorancia.

- “Cuidado con quién se la muestra”, dijo Marta, ya de pie, ya con el abrigo recogido contra el cuerpo como escudo. “Cuidado con dónde la abre. Tomás tenía enemigos que no nombraba, que apenas insinuaba. Gente con recursos, señorita Ruiz. Gente que hace desaparecer problemas”.

Marta se alejó por la calle, sin mirar atrás, con la prisa de quien ha cumplido un deber que le superaba.

Daniela permaneció en la mesa, con su café frío y su memoria USB calentándose contra el pecho, y pensó en las decisiones que la habían llevado hasta ahí, cada artículo que había escrito sobre corrupción municipal, cada fuente que había protegido, cada noche que había preferido la verdad incómoda al silencio cómodo.

No sabía qué contenía la memoria. No sabía si la respuesta la satisfaría o solo multiplicaría sus preguntas. Pero tenía una prueba física ahora, algo que podía tocar, esconder, perder. Tenía un hilo que podría seguir, o hasta que se cortara en sus manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.