Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 28

Había llegado el martes y Teresa cruzó la puerta de Editorial Cervantes a las nueve con cincuenta, con el tiempo justo para no llegar sudada ni demasiado temprana. Llevaba el blazer azul marino que había rescatado del fondo del armario, el que usaba cuando trabajaba antes del primer embarazo, y que ahora le quedaba ligeramente ajustado en los hombros. El bolso con su portátil le golpeaba la cadera a cada paso mientras atravesaba el vestíbulo, donde unas letras doradas formaban el nombre de la editorial.

La recepcionista la hizo esperar doce minutos en un sofá de piel color caramelo, tiempo que Teresa dedicó a revisar mentalmente las estadísticas de su blog, los comentarios más destacados, las fotografías que había seleccionado para mostrar. Había preparado una carpeta con propuestas de contenido, calendarios editoriales, ideas para expandir "Rincones del Hogar" a otras plataformas. Se había permitido soñar, sí, pero con los pies en la tierra, pensando que discutirían sobre un contrato para administrar su propio blog, quizás con algo de presupuesto para fotografía profesional, tal vez una columna quincenal en la revista de la editorial.

Carolina Sandoval apareció en el umbral de su oficina, sonrió y sus ojos que evaluaban, que pesaban, ya habían decidido algo antes de que Teresa pronunciara una sola palabra.

- “Entre, por favor”, dijo Carolina, y su voz tenía el timbre de quien ha dirigido innumerables reuniones, de quien sabe exactamente cuánto tiempo dedicar a cada cortesía inicial.

La oficina tenía estanterías que alcanzaban el techo, abarrotadas de ejemplares de autor, de contratos en carpetas de color, de premios literarios en cajas de cristal. Teresa se sentó en la silla que le indicaron, cruzó las piernas, dejó el bolso a sus pies con un gesto que pretendía naturalidad.

- “He revisado su blog”, comenzó Carolina, sin abrir ninguna carpeta, sin encender ninguna pantalla. “He visto las entradas desde el principio, creo. O casi”.

Teresa asintió, sintiendo que debía decir algo, que el silencio la desfavorecía.

- “Empezó como un proyecto pequeño, para la familia, para…”, dijo Teresa.

- “Para no perder la cordura”, interrumpió Carolina. “Eso leí, en alguna entrada antigua. Que empezó a escribir para no olvidar quién era entre biberones y noches sin dormir”.

Teresa sintió el calor subirle desde el cuello del blazer. Había olvidado esa entrada, enterrada bajo años de contenido más pulido, más consciente de su audiencia. La versión de ella misma que había enterrado junto con la cruda honestidad de aquellos primeros posts.

- “Ha evolucionado mucho”, continuó Carolina, reclinándose en su silla de cuero negro. “La fotografía mejoró, el ritmo también. Encontró su voz. Pero…”

La pausa se extendió lo suficiente para que Teresa escuchara el zumbido del aire acondicionado, el tic-tac de un reloj.

- “Pero siento que sigue conteniéndose”, dijo finalmente Carolina. “Que escribe alrededor de lo que realmente quiere decir. Recetas, manualidades, consejos de organización. Todo muy útil, todo muy... digerible”.

Teresa abrió la boca para defenderse, para explicar que su público buscaba precisamente eso, que los comentarios más positivos llegaban siempre de las entradas prácticas, las que resolvían problemas concretos. Pero Carolina levantó una mano, no en gesto de interrupción sino de invitación a escuchar.

- “No queremos comprar su blog, Teresa”, dijo la editora, y el nombre sonó extraño en boca de esa mujer que apenas la conocía, como si ya la hubiera rebautizado para otro propósito. “No queremos convertirlo en un libro de recetas ilustrado, ni en una guía de crianza con fotografías bonitas”.

Carolina se inclinó hacia adelante, y en sus ojos apareció algo que Teresa no supo identificar: ¿entusiasmo? ¿apuesta arriesgada?

- “Queremos que escriba un libro”, dijo Carolina, articulando cada palabra. “Un libro donde su forma de mirar la vida sea lo valioso. No el qué cocina, ni el cómo organiza su armario. El por qué lo hace, el qué significa, el qué ha aprendido de perderse y encontrarse en esos rincones que nombra”.

Teresa sintió que el blazer se le adhería a la espalda, que las manos se le humedecían contra el tejido de la falda. Un libro, era algo nuevo, algo que exigía de ella algo que no sabía si podía dar.

- “No sé si entiendo…”, dijo Teresa.

- “Escriba sobre el miedo”, interrumpió Carolina. “Sobre la ternura brutal de amar a alguien que nunca te lo agradecerá de la forma que esperas. Sobre la mentira piadosa de que todo tiene solución. Escriba eso, Teresa. Escriba lo que sabe de la vida y no se atreve a publicar en un blog donde la gente busca consuelo fácil”.

Teresa miró sus manos, los dedos entrelazados sobre el regazo, las uñas cortadas al ras por costumbre de no tener tiempo para el cuidado personal. Pensó en Roberto, en la forma en que su cuñada había aparecido para decirle que su elección debía ser decisión, no resignación. Pensó en Emma buscando su mano automáticamente, en Sofía absorta en sus deberes de matemáticas, en los años que había pasado construyendo versiones de sí misma que pudieran sostener a los demás sin derrumbarse.

- “Tengo cuatro hijos”, dijo Teresa, y la frase sonó a excusa, a advertencia, a realidad innegable.

- “Lo sé”, respondió Carolina. “Y eso no cambiará. El libro se escribirá entre interrupciones, entre urgencias, entre la certeza de que nunca habrá suficiente tiempo. Pero quizás eso sea precisamente lo que le dé su forma definitiva. No un libro escrito en el silencio de una residencia literaria, sino uno que respira la vida que usted vive. Con todos sus ruidos”.

Teresa se levantó treinta minutos después, con un contrato preliminar en el bolso y una fecha para entregar un borrador de propuesta. Carolina la acompañó hasta la puerta, le estrechó la mano con una firmeza que pretendía transmitir confianza. Pero fue en el vestíbulo, mientras esperaba el ascensor, donde Teresa sintió que las rodillas le flaqueaban.




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