Adriana envió el correo a las cinco de la tarde, después de tres horas de redactar y borrar, de consultar con Gabriel, de caminar por el salón hasta que él la sentó en el sofá y le puso una taza de té en las manos para que dejara de moverse. El mensaje era breve, formal, cuidadosamente construido: aceptaba negociar los términos del contrato, solicitaba aclaraciones sobre la cláusula de fertilidad, expresaba su interés en el proyecto y su disponibilidad para discutir detalles.
- “Ya está”, dijo Adriana, y el cursor parpadeaba sobre el botón de enviar como un desafío.
- “¿Segura?”, preguntó Gabriel, y su voz tenía la neutralidad de quien ha decidido no influir, solo acompañar.
Adriana presionó el botón. El sonido de confirmación fue apenas un clic, pero en su pecho resonó como el cierre de una puerta que no podría volver a abrirse en la misma dirección.
La respuesta llegó a los cuarenta minutos. No de la consultora de recursos humanos, sino directamente del director de operaciones de Asia-Pacífico. El tono era eficiente, casi urgente relacionado a que la empresa aceptaba sus condiciones, estaban dispuestos a flexibilizar la cláusula de fertilidad a un período de prueba de doce meses, veían con entusiasmo su incorporación al equipo.
Y luego, el párrafo final, el que Adriana tuvo que leer tres veces para que el significado se asentara:
- "Dado el nivel de inversión que representa su contratación y la complejidad de las negociaciones restantes, solicitamos su presencia en nuestras oficinas de Singapur durante las próximas dos semanas. El viaje permitirá cerrar el acuerdo definitivo, conocer al equipo directivo y al equipo de proyecto, y formalizar la firma del contrato. Le adjuntamos itinerario propuesto y detalles de alojamiento. La fecha de inicio sugerida es el próximo lunes 10."
Adriana dejó el portátil sobre la mesa. El movimiento fue lento, deliberado, como si el equipo pesara diez veces más de lo habitual. Gabriel leyó el correo por encima de su hombro, y su respiración cambió, se volvió más superficial, más rápida.
- “Dos semanas”, dijo Adriana, y la frase flotó en el aire del salón, en la penumbra de la tarde que se convertía en noche.
- “El 10”, añadió Gabriel, y su voz sonó distante, como si ya estuviera calculando distancias, husos horarios, días de calendario que se volvían contados.
Adriana se levantó, caminó hasta la ventana, miró la calle donde el tráfico seguía su ritmo habitual, indiferente a las revoluciones personales que ocurrían en los apartamentos de los edificios que bordeaba. Ya no era una posibilidad abstracta, una oferta que podía contemplar desde la distancia, pesar con calma. Tenía fecha, itinerario, un avión que la llevaría al otro lado del mundo para decidir, definitivamente, si cambiaba su vida.
Gabriel se acercó por detrás, le puso las manos en los hombros, y Adriana sintió que su peso era lo único que la mantenía anclada en ese momento, que sin él podría flotar hacia la ventana, atravesar el cristal, dispersarse en el aire de la ciudad.
- “¿Qué necesitas?”, preguntó él, y la pregunta era genuina, sin respuesta predeterminada.
Adriana se volvió, buscó sus ojos en la penumbra, encontró la preocupación que Gabriel intentaba disimular con eficiencia.
- “Que no me pidas que decida ahora”, dijo Adriana. “Que me dejes estar en el limbo un poco más. Hasta que tenga que subirme a ese avión”.
Gabriel asintió, y en su silencio Adriana reconoció el acuerdo, la tregua, la promesa de no anticipar lo que aún no había llegado.
Adriana no tenía respuestas. Solo tenía una fecha, un itinerario, una maleta que aún no había sacado del trastero. Y la certeza de que su vida se movía con una velocidad que ella no controlaba, hacia un destino que no podía prever.