Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 31

El cursor parpadeaba sobre el icono de una carpeta etiquetada simplemente como "Documentos_2020". La memoria USB brillaba con una luz tenue, conectada al puerto lateral del portátil. Daniela había esperado documentos contundentes, pruebas irrefutables de la corrupción de Echeverría en la adjudicación del polideportivo. Lo que encontró fue algo más peligroso, un laberinto sin inicio y sin fin.

Los archivos no estaban organizados cronológicamente ni por relevancia. Daniela había pasado la última hora reconstruyendo conexiones, abriendo hojas de cálculo con nombres en código, contratos con montos desviados a empresas fantasma, y algo que le había hecho detenerse, una serie de transferencias bancarias que no terminaban en las cuentas de Echeverría, sino que ascendían por escalones invisibles hacia destinatarios cuyos nombres aparecían solo como iniciales en los documentos.

J.R.M. Tres letras que aparecían en cuatro transferencias distintas, sumando más de dos millones de euros. D.G.C. en otras tres, por un monto similar. Daniela conocía esas iniciales. Todo periodista que cubriera el ayuntamiento las conocía.

Jaime Rodríguez-Moreno, concejal de Urbanismo. Dolores García-Castellanos, presidenta de la Comisión de Contratación.

No era solo Echeverría. Nunca lo había sido. Abrió otro archivo, un documento de texto sin formato que parecía un borrador de declaración. La fecha coincidía con la semana previa a la desaparición del concejal. El texto estaba escrito en primera persona, con frases que se interrumpían, correcciones manuales, una voz que Daniela reconoció por las entrevistas previas: "Si algo me ocurre, quede constancia de que J.R.M. presionó directamente para la adjudicación a Constructora del Norte pese a informes técnicos adversos. D.G.C. conocía los sobreprecios y los justificó como 'ajustes por inflación estructural'. Yo solo firmé donde me indicaron. No tuve acceso a la documentación completa hasta el mes pasado."

Daniela cerró el documento y miró la pantalla de inicio de su ordenador. El fondo de pantalla mostraba una fotografía de ella misma, sonriendo con una copa de vino tinto en la mano. Esa mujer parecía pertenecer a otra vida.

Sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta. El mensaje que había enviado a Andrés seguía sin respuesta: "Necesito consejo... Urgente". Lo había escrito hacía cuarenta minutos, antes de abrir los archivos más comprometidos. Ahora la urgencia había mutado en algo más complejo, una sensación que se instalaba entre las costillas y dificultaba la respiración completa.

¿Publicar ahora? Tenía suficiente para una noticia explosiva. Los nombres, los montos, el patrón de desvío, pero los documentos estaban incompletos. Faltaban las firmas originales, los informes técnicos completos, la cadena de custodia que transformara datos en prueba judicial. Si publicaba ahora, con lo que tenía, desataría una tormenta mediática que alertaría a Rodríguez-Moreno y García-Castellanos. Daría tiempo para que destruyeran evidencia, para que presentaran versiones alternativas, para que ella misma quedara expuesta como una periodista apresurada que había quemado su única ventaja.

Y luego estaba Echeverría. El hombre que había huido, o que habían hecho desaparecer. El documento de texto sugería que había intentado protegerse, dejar constancia. Pero también sugería miedo, una desconfianza que lo había aislado hasta de Marta, su asistente de confianza. Si publicaba ahora, ¿qué pasaría con él? ¿Estaría condenándolo, o salvándolo? No sabía ni siquiera si seguía vivo.

El teléfono vibró en su mano. Un mensaje de Andrés: "Estoy en el taller. Ven sin tu coche. Línea 7, baja en Pueblo Nuevo. Te espero en la puerta del mercado."

Daniela miró la pantalla del portátil, luego la memoria USB. La extraería en quince segundos, el tiempo suficiente para copiar los archivos más críticos en su disco duro externo y en la nube cifrada que Andrés le había configurado meses atrás. Pero antes de moverse, necesitaba decidir qué hacer con la información que ya había visto.

Guardó el documento de texto en tres ubicaciones distintas. Cerró las hojas de cálculo una por una, observando cómo desaparecían los nombres de las pantallas. Cuando finalmente extrajo la memoria USB, la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al pecho, donde podía sentir su presencia con cada movimiento.

El metro de la línea 7 estaba abarrotado en hora punta. Daniela se mantuvo de pie, agarrada a una barra de metal frío, con el portátil en su mochila contra la espalda y la chaqueta puesta a pesar del calor del vagón.

En Pueblo Nuevo, Andrés la esperaba efectivamente en la puerta del mercado, pero no donde ella esperaba. Estaba sentado en un banco de hormigón, compartiendo el espacio con una mujer que vendía calcetines de lana en una caja de cartón. Llevaba una gorra de béisbol que Daniela no le había visto nunca, y gafas de sol a pesar de que el sol ya declinaba.

No se levantó cuando la vio acercarse. Solo movió ligeramente la cabeza, indicándole que pasara de largo y girara la primera esquina.

El taller de Andrés ocupaba el sótano de un edificio industrial abandonado, o eso parecía desde fuera. El acceso requería bajar por una rampa de hormigón resbaladiza, pasar dos puertas de metal con cerraduras electrónicas. Las paredes estaban cubiertas de estanterías metálicas cargadas de equipos que Daniela no podía identificar.

Andrés cerró las puertas tras de sí con un sistema de cerrojo que requería tanto huella digital como código numérico.

- “¿Has venido sola?”, preguntó Andrés.

- “He revisado tres veces antes de subir al metro. Nadie me siguió”, respondió Daniela.

- “Muestra”, dijo Andrés, extendiendo la mano. ¿La has abierto en tu portátil personal?”

- “Sí’, respondió Daniela.

- “¿Conectado a internet?”, preguntó Andrés.

- “No. En modo avión”, contestó Daniela.

Andrés asintió una vez, el único reconocimiento de que había hecho algo bien.




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