Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 32

Daniela describió lo que había encontrado sin mencionar los nombres completos, usando solo las iniciales. Era una precaución innecesaria en ese espacio, lo sabía, pero había adquirido la costumbre. Andrés escuchaba sin interrumpir, sus dedos moviéndose ocasionalmente sobre el teclado para ejecutar comandos que transformaban la pantalla en flujos de datos incomprensibles para ella.

- “J.R.M. y D.G.C.”, repitió Andrés cuando ella terminó. “¿Estás segura de las iniciales?”

- “Lo he visto en cuatro documentos distintos. Las transferencias suman más de cuatro millones de euros. Y hay algo más, Echeverría dejó una especie de declaración. Dice que firmó bajo presión, que no tuvo acceso a la documentación completa hasta el final”, expresó Daniela.

- “Rodríguez-Moreno tiene acceso a los servicios de inteligencia municipal. No los oficiales, los otros. Los que no aparecen en los organigramas. Si él está involucrado, y sabe que alguien tiene esta información…”, dijo Andrés.

- “¿Cómo podría saberlo?”, preguntó Daniela.

- “Marta Díaz”, dijo Andrés, volviendo a la pantalla. “Su mensaje, ¿estaba cifrado?”

- “No. WhatsApp normal”, respondió Daniela.

- “Entonces ya no es segura. Ninguna comunicación tuya lo es desde ese momento”, dijo Andrés.

Daniela sintió el peso de la chaqueta, la memoria USB que ya no llevaba consigo pero cuya presencia fantasma persistía contra su pecho. Había caminado con esa información, había subido al metro, había pasado entre decenas de personas sin saber si alguna de ellas había sido enviada a observarla.

- “¿Qué hago?”, preguntó Daniela.

Andrés no respondió de inmediato. La pantalla frente a él emitió un sonido suave, un pitido que parecía indicar finalización de algún proceso. Se acercó, leyó algo que Daniela no pudo ver, y luego se volvió con una expresión que ella no supo interpretar.

- “La memoria tiene tres capas de encriptación. La primera es estándar, cualquiera con software básico podría romperla. La segunda requiere conocimientos. La tercera... (hizo una pausa) ...la tercera está diseñada para activarse si alguien intenta copiar el contenido sin la clave adecuada. Borrado automático, irreversible”, expresó Andrés.

- “¿Echeverría la configuró así?”, preguntó Daniela.

- “O quien le ayudó a desaparecer. El punto es que Marta Díaz no te dio esto para que lo publicaras inmediatamente. Te lo dio para que lo protegieras, o para que lo completaras. Hay más información ahí, bloqueada. Necesitas una clave que no está en el dispositivo”, respondió Andrés.

- “¿Puedes abrirla?”, preguntó Daniela.

- “No sin arriesgar la destrucción total. Necesito la clave. Y antes de buscarla, necesito que entiendas algo, si abrimos esto, si accedemos a la capa profunda, quienquiera que haya diseñado este sistema sabrá que lo hemos hecho. Hay señales de vida, rastros digitales que se activan. No es solo información estática, Daniela. Es un mecanismo”, respondió Andrés.

Se levantó de la silla, caminó hasta una estantería y volvió con dos tazas de café instantáneo, aún calientes. Le ofreció una a Daniela, que la aceptó sin beber.

- “Tienes dos opciones”, continuó Andrés, sentándose en el borde de la mesa, más cerca de ella de lo que habían estado en meses. “La primera es que publicas lo que tienes. Los nombres parciales, los montos, la declaración de Echeverría. Creas un escándalo, obligas a una investigación oficial, te conviertes en la periodista que destapó la corrupción del polideportivo, pero pierdes el acceso a lo que falta, y expones a Marta, y posiblemente a Echeverría si sigue vivo. Y te expones a ti misma, porque Rodríguez-Moreno no se quedará de brazos cruzados”.

- “¿La segunda?”, cuestionó Daniela.

- “Investigas más. Buscas la clave, completas el rompecabezas, consigues pruebas que no dejen escapatoria. Pero el tiempo trabaja en tu contra. Cada día que pasa, alguien podría estar buscando esa memoria USB. Cada día, Marta Díaz es un riesgo mayor. Y cada día, la gente que está detrás de esto tiene más tiempo para limpiar sus huellas”, respondió Andrés.

- “¿Cuánto tiempo necesitas para intentar abrir la tercera capa sin la clave? ¿Sin activar el borrado?”, preguntó Daniela.

- “Días. Quizás una semana. Y no puedo garantizar el resultado”, dijo Andrés.

- “¿Y si encontramos la clave?”, preguntó Daniela.

- “Horas. Minutos, si es correcta”, respondió Andrés.

- “Necesito hablar con Marta”, dijo Daniela. “Ella sabe más de lo que dijo. Si Echeverría confió en alguien para configurar esto, o si dejó alguna pista sobre la clave, ella es la única conexión que tenemos”.

- “No uses tu teléfono. No vayas a su casa. Si alguien la está vigilando, te verán llegar”, dijo Andrés.

- “¿Entonces?”, preguntó Daniela.

- “Mañana hay una reunión de funcionarios en el ayuntamiento. Marta asistirá como asistente de la delegación de Economía, cubriendo a alguien que está de baja. Es pública, neutral, con cientos de personas. Puedes cruzarte con ella en los pasillos, intercambiar lo que sea sin levantar sospechas”, respondió Andrés

- “¿Y mientras tanto?”, preguntó Daniela, señalando la memoria USB.

- “La quedo aquí. En una caja fuerte electromagnética, sin conexión a red. Si vienen a buscarla, no la encontrarán. Y si intentan rastrearla, solo llegarán hasta este edificio, no hasta ti”, expresó Andrés.

Daniela dudó. La memoria USB representaba semanas de trabajo, la confianza de Marta, la posible salvación de Echeverría o la confirmación de su destino. Entregarla era un acto de fe que no estaba segura de poder permitirse.

Pero confiar en Andrés había sido su única opción desde el principio, desde que decidió que este caso era más grande que ella sola.

- “Hay algo más”, dijo Daniela, antes de que él pudiera guardar el dispositivo. “En los archivos que sí pude abrir, hay una referencia a Menorca. No al polideportivo, a un proyecto diferente. Un centro cultural, denominado Monet, en fase de concurso. ¿Por qué Echeverría tendría información sobre eso?”




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