Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 33

Teresa colocó el cuaderno sobre la encimera de mármol, se quedó mirando la página en blanco durante treinta segundos exactos, lo contó mentalmente, antes de que Emma apareciera a su lado, oliendo a champú de manzana, con el dibujo de la casa y el sol sonriente arrugado en una mano.

- “Mamá, ¿puedes ponerme el clip en el pelo? Se me cae”, dijo Emma.

Teresa buscó el clip en el cajón de los utensilios de cocina, entre cucharas de madera y un abrelatas que no funcionaba bien. Sus dedos tropezaron con la fría superficie metálica antes de encontrarlo. Le recogió el pelo a Emma, notando la textura húmeda que aún conservaba de la ducha, y sintió cómo su hija menor se apoyaba en su cadera mientras ella escribía el primer título provisional: Rincones que no elegimos.

- “¿Qué estás haciendo?”, preguntó Emma, sin soltar el borde de la chaqueta azul de Teresa.

- “Escribiendo”, respondió Teresa.

- “¿Un cuento?”, cuestionó Emma.

- “Algo así”, afirmó Teresa.

- “¿Para mí?”, preguntó Emma.

- “Para mucha gente”, contestó Teresa.

Emma señaló el dibujo arrugado.

- “Esa eres tú. La del vestido azul. Como ahora”, dijo Emma.

Teresa miró la figura esquemática, los brazos en forma de palitos extendidos hacia un sol desproporcionado. La chaqueta que llevaba puesta de alguna manera había trascendido al papel de su hija. Sintió algo en la garganta, una contracción que no supo si era risa o el principio de otra cosa.

- “Gracias, cariño. Ahora déjame un ratito, ¿vale?”, expresó Teresa.

Emma asintió, pero no se movió. Se quedó allí, con el clip ya torcido en el pelo, observando cómo la mano de Teresa se posaba sobre el cuaderno.

Sofía interrumpió desde la mesa de la cocina, sin levantar la vista de sus matemáticas.

- “Mamá, ¿cuánto es siete por ocho?”, preguntó Sofía.

- “Cincuenta y seis”, respondió Teresa.

- “¿Estás segura?”, inquirió Sofía.

- “Completamente”, aseguró Teresa.

- “Porque yo calculé cincuenta y cuatro”, dijo Sofía.

- “Vuelve a calcular”, comentó Teresa.

Sofía arrugó la nariz, un gesto que había heredado de Roberto, y volvió a su cuaderno. El lápiz raspó contra el papel con un ritmo nervioso, pausado, nervioso de nuevo.

Entonces sonó el teléfono. Mateo contestó desde el salón, Teresa no pudo evitar escuchar fragmentos: "No, no está disponible... Sí, es su hijo... Por supuesto, le transmito el mensaje." Colgó y apareció en el umbral de la cocina.

- “Era alguien de un banco Santander. Dicen que necesitan confirmar tus datos para una tarjeta de crédito”, dijo Mateo.

- “No tengo ninguna tarjeta con ellos”, comentó Teresa.

- “Bueno, yo solo transmito”, replicó Mateo.

Mateo se retiró, Teresa volvió al cuaderno, pero las palabras ya no fluían con la misma facilidad. Escribió "El silencio de las casas habitadas" y lo tachó. Luego "Cómo desaparecer sin salir de casa" y lo tachó también. La tercera frase, "Alguien lee a mi espalda", permaneció en la página, intacta, mientras ella decidía si conservarla.

Emma había encontrado una caja de ceras de colores y las extendía sobre la encimera, clasificándolas por tonos. Amarillos con amarillos, azules con azules. El olor a cera barata se mezcló con el de las lentejas que hervían en la olla.

- “Mamá, ¿el azul marino es azul o es verde?”, preguntó Emma.

- “Es azul”, respondió Teresa.

- “Parece verde”, comentó Emma.

- “Es azul oscuro”, aseguró Teresa.

- “Entonces el verde oscuro es azul también”, dijo Emma.

Teresa dejó el bolígrafo. Miró a su hija, que sostenía dos ceras con una concentración absoluta, esperando una respuesta que tuviera sentido dentro de su lógica particular. Y en ese momento, algo cambió. No fue una epifanía dramática, sino una pequeña fisura en su manera de entender la situación. Carolina le había dicho que escribiera con los ruidos, con las interrupciones, con la vida que no esperaba permiso para irrumpir.

Tomó el cuaderno y escribió: Emma pregunta si el azul marino es verde. Yo respondo que es azul, pero ella tiene razón: en cierta luz, todos los azules se vuelven verdes. Como las madres que intentan ser escritoras, o las escritoras que intentan ser madres. Los límites se disuelven en la luz adecuada.

- “Dame la cera azul marino”, dijo Teresa, extendiendo la mano.

Emma se la entregó, sorprendida. Teresa subrayó lo que acababa de escribir, usando la cera como marcador improvisado. El trazo quedó grueso, irregular, visiblemente distinto del resto del texto.

- “¿Por qué haces eso?”, preguntó Sofía, que había abandonado sus matemáticas para observar.

- “Porque Carolina, mi editora, quiere que el libro sea... como esto. Con manchas de cera y preguntas sin resolver”, respondió Teresa.

- “Suena raro”, replicó Sofía.

- “Lo es”, dijo Teresa.

- “¿Y te van a pagar por eso?”, preguntó Sofía.

- “Eso espero”, expresó Teresa.

El teléfono volvió a sonar, pero esta vez Teresa no levantó la vista. Mateo contestó desde el salón,la conversación fue más larga, murmullos que Teresa eligió no descifrar. En su lugar, escribió sobre el sonido del teléfono en una casa donde alguien siempre está esperando una llamada importante, sobre la manera en que las voces ajenas atraviesan las paredes como si la casa fuera de papel.

Emma había comenzado a dibujar en una esquina del cuaderno, ignorando las protestas formales de Teresa, una figura con vestido azul.

- "Eres tú, mamá", dijo Emma.

En el dibujo ella extendía los brazos hacia un sol que, en esta versión, tenía ojos y una boca sonriente. Teresa dejó que el dibujo ocupara el margen derecho. Luego escribió alrededor de él, adaptando el texto a la forma irregular del papel disponible.

Sofía se acercó, todavía con el lápiz de matemáticas en la mano.

- “¿Puedo escribir algo también?”, preguntó Sofía.

- “¿Tú?”, preguntó Teresa.

- “Tú escribes sobre nosotros. Yo quiero escribir sobre ti”, comentó Sofía.




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