Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 35

Fue entonces cuando vio a Marta, apareció por la escalera lateral, llevaba una blusa de seda color crema que Daniela no le había visto antes, y una falda azul marino que le quedaba ligeramente grande en la cintura, como si hubiera perdido peso recientemente. Su pelo, oscuro y recogido en un moño que solía ser impecable, mostraba mechones sueltos en las sienes, y su rostro, aunque visible desde la distancia, presentaba una palidez que el maquillaje no lograba disimular.

Daniela se apartó de la pared y comenzó a caminar en dirección contraria a la del hombre de las gafas, calculando una trayectoria que la hiciera cruzarse naturalmente con Marta. No podía llamarla. No podía reconocerla abiertamente. El pasillo estaba poblado de funcionarios que podían ser observadores, de puertas entreabiertas que podían ocultar micrófonos, de cámaras de seguridad cuya ubicación conocía solo parcialmente.

Marta avanzaba con una prisa que intentaba disimular, deteniéndose cada varios pasos para ajustar el maletín o consultar un papel que llevaba en la mano izquierda. Su cabeza se movía en pequeños arcos, escaneando el entorno, y Daniela vio el momento exacto en que la reconoció.

Daniela desvió la mirada, fingiendo interés en un tablón de anuncios municipales donde se informaba sobre plazos de pago de impuestos y horarios de atención al público. Esperó y escuchó los pasos de Marta acercándose con una respiración agitada que intentaba ser silenciada.

- “Perdone, ¿sabe dónde queda la sala de juntas del ala este?”, preguntó Daniela.

- “Al final del pasillo, a la izquierda”, respondió Marta, señalando con un gesto vago. “Pero creo que están cambiando la señalética”.

- “¿Tiene prisa?”, preguntó Daniela.

- “Es que…”, comenzó Marta, y su mano derecha se movió hacia el maletín, abriendo uno de los cierres con una precisión que contradecía su aparente nerviosismo. “Es que me han dicho que entregue esto a... a la persona indicada”.

Marta extrajo algo del interior del maletín, un objeto que Daniela no pudo identificar inmediatamente porque Marta lo ocultó con el cuerpo, bloqueando la vista de cualquier observador casual. Solo cuando estuvieron lo suficientemente cerca, cuando los hombros casi se rozaron, Daniela vio que era una llave USB de color negro mate, sin marca visible, con una pequeña etiqueta adhesiva en el lateral.

- “Tome, pero antes lea esto”, susurró Marta.

Entregó simultáneamente la llave USB y un papel doblado en cuatro, que Daniela aceptó con la misma naturalidad con que habría aceptado un folleto informativo. Sus dedos se cerraron alrededor de ambos objetos, sintiendo el calor residual del cuerpo de Marta en el plástico, la aspereza del papel contra su palma.

- “Gracias”, dijo Daniela, en voz alta, con el tono de quien agradece una indicación. “Espero que llegue a tiempo”.

Marta no respondió. Ya se había alejado, caminando con una rapidez que rozaba la indiscreción. Daniela la vio desaparecer por la esquina del pasillo, hacia la sala de juntas del ala este, y solo entonces, cuando estuvo segura de que no la observaban, desplegó el papel en sus manos.

La nota estaba escrita a mano, con letra inclinada y apresurada, en tinta azul que se había corrido ligeramente en una esquina, como si la hubieran escrito de prisa o con la mano temblando:

- "No confíes en nadie, ni siquiera en mí."

Daniela leyó las palabras tres veces, dejando que su significado se sedimentara en capas. La primera lectura fue literal, una advertencia que ya esperaba. La segunda, una pregunta sobre la propia Marta, sobre qué la había llevado a escribir eso. La tercera, una reflexión sobre su propia situación, sobre el hombre de las gafas de sol, sobre Andrés esperando en algún lugar de la ciudad, sobre la cadena de confianzas que había construido y que ahora parecía de arena movediza.

Guardó la nota en el mismo bolsillo que la tarjeta anónima. La llave de USB la mantuvo en la mano, oculta contra su muslo, mientras caminaba hacia la salida del edificio con un paso que intentaba parecer natural.

En el vestíbulo principal, un guardia de seguridad la observó con una indiferencia que pudo ser genuina o muy bien ensayada. Daniela le sonrió, un gesto automático, y empujó la puerta de cristal hacia la calle, hacia el ruido del tráfico, hacia la luz del sol que le hizo entrecerrar los ojos.

Solo cuando estuvo a tres manzanas del ayuntamiento, sentada en un banco de una plaza con un nombre que no leyó, permitió que su mano derecha se cerrara completamente alrededor de la llave de USB. El plástico estaba frío ahora, indiferente a las manos que lo habían transportado.

Pensó en Marta, en su voz aguda y acelerada, en su mano temblando al entregar el papel. Pensó en el hombre de las gafas de sol, en su conocimiento de su apellido, en su interés por Menorca.

Y pensó en la nota, en esa frase que se repetía en su memoria con la insistencia de una alarma: "No confíes en nadie, ni siquiera en mí."

Sacó su teléfono y escribió un mensaje breve, sin destinatario visible, utilizando la aplicación que Andrés había instalado en su dispositivo. Las palabras aparecieron en pantalla y desaparecieron, convertidas en código, en partículas digitales que viajarían hasta él sin dejar rastro.

- "Tengo la llave. Nos vemos donde acordamos."

Guardó el teléfono. La llave de USB permaneció en su mano, pequeña y pesada, portadora de información que ella no podía acceder.




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