Valeria estacionó el coche en la calle lateral que daba al barrio de Menorca, dejando el motor en silencio unos segundos antes de bajar. A su lado, en el asiento del copiloto, Lucía revisaba por tercera vez la lista de materiales.
- “La hija de la señora Pilar confirmó ayer”, dijo Lucía, sin levantar la vista del papel. “Nos esperan a las diez en la asociación”.
Valeria asintió, aunque su mirada se había perdido en el edificio de enfrente, una construcción de los sesenta con balcones de hierro oxidado y persianas de plástico azul descolorido.
- “¿Valeria?”, expresó Lucía.
- “Sí. Vamos”, dijo Valeria.
Caminaron en silencio los doscientos metros que separaban el coche de la asociación de mujeres, que estaba en un edificio de esquina, con una puerta de metal pintada de verde y una placa desgastada que anunciaba su nombre en letras que el sol había ido comiendo poco a poco. Lucía empujó la puerta antes de que Valeria pudiera alcanzarla.
- “Buenos días, buenos días”, una voz llegó desde el fondo, y una mujer de unos cuarenta años apareció entre dos estanterías cargadas de archivadores. “Ustedes deben ser del estudio de arquitectura. Mi madre les espera en la sala grande”.
La hija de la señora Pilar, Valeria recordó que se llamaba Carmen, aunque no había intercambiado más que un par de correos electrónicos, les guió por un pasillo estrecho cuyas paredes estaban cubiertas de fotografías enmarcadas relacionadas a las asambleas de vecinos, manifestaciones, entregas de premios a asociaciones locales. Valeria reconoció algunas caras repetidas, mujeres que envejecían a través de los años en la secuencia de imágenes, siempre en primer plano, siempre con pancartas o megáfonos.
La sala grande era un espacio rectangular con ventanas altas que daban a un patio interior de tierra y macetas. En el centro, una mesa de madera oscura estaba rodeada de sillas de plástico de distintos colores, como si cada una hubiera llegado de una época diferente. Junto a la ventana del fondo, una mujer pequeña y erguida observaba el patio con las manos entrelazadas a la espalda.
- “Mamá”, llamó Carmen. “Ya están aquí”.
La señora Pilar se giró con un movimiento lento pero sin titubeos. Tenía el pelo completamente blanco, recogido en un moño tirante que dejaba al descubierto una frente amplia y surcada de arrugas profundas. Sus ojos, de un color entre el avellana y el gris, examinaron a Valeria y Lucía con una atención que no se sentía intrusiva, sino más bien como la evaluación de quien ha aprendido a juzgar a las personas por cómo ocupan el espacio que les rodea.
- “Arquitectas”, dijo doña Pilar, y la palabra sonó en su boca como una categoría que necesitaba comprobación. “Vienen a hablarnos del solar”.
- “Así es”, respondió Valeria, adelantando un paso. “Queremos escuchar primero. El proyecto tiene que salir de lo que este barrio necesita, no de lo que nosotras creemos que necesita”.
La señora Pilar mantuvo su mirada unos segundos más, luego asintió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza.
- “Eso dicen todos al principio. Luego llegan los planos y resulta que lo que necesitamos no encaja en el presupuesto”, replicó doña Pilar.
Valeria sintió el peso de la observación como una palmada seca en el pecho. Quiso responder, defenderse, explicar que esta vez sería diferente, pero contuvo el impulso. La señora Pilar tenía razón en su desconfianza; ella misma había visto cómo otros proyectos se desinflaban en contacto con la realidad administrativa.
- “Por eso empezamos con los talleres”, intervino Lucía, abriendo su bolsa y extrayendo los rotuladores. “Para que el presupuesto se construya sobre lo que realmente importa”.
La anciana estudió a Lucía con la misma intensidad, luego desvió la mirada hacia la mesa donde Carmen ya disponía tazas y una cafetera de aluminio desgastado.
- “Tomen asiento. El café está recién hecho, y después vienen más vecinos. Si van a escuchar, mejor que empiecen por mí”, dijo doña Pilar.
Se sentaron. Valeria eligió una silla azul, Lucía una roja descolorida. La señora Pilar ocupó la cabecera de la mesa con una naturalidad que sugería décadas de reuniones en ese mismo sitio, en esa misma posición. Carmen sirvió el café en tazas de porcelana blanca con una franja dorada.
- “Yo llegué aquí en los ochenta”, comenzó la señora Pilar, sin preámbulos. “El edificio catorce estaba nuevo, recién terminado. Mi marido trabajaba en la construcción, en la autopista de circunvalación. Yo cuidaba a los niños y hacía costura para una tienda del centro”.
Valeria tomó un sorbo de café, demasiado caliente, y dejó que el ardor le ocupara la atención un instante. La señora Pilar hablaba con una cadencia que no admitía interrupciones, cada frase construida sobre la anterior como los ladrillos de aquellos edificios que ella describía.
- “El solar que ustedes quieren transformar era entonces un terreno vacío donde los chicos jugaban al fútbol. Después pusieron un mercado provisional, luego lo quitaron, luego volvieron a prometer cosas. Siempre prometiendo”, expresó doña Pilar.
- “¿Qué tipo de cosas?”, preguntó Lucía, con su voz de quien realmente quiere saber.
La señora Pilar dejó su taza sobre la mesa con un chasquido seco.
- “Centros culturales, bibliotecas, espacios para los jóvenes. El último proyecto fue hace... ¿cuánto, Carmen?”, consultó doña Pilar.
- “Siete años”, respondió su hija desde el rincón, donde revisaba papeles en una carpeta.
- “Hace siete años, un señor muy elegante vino a explicarnos que iban a hacer un polideportivo con piscina cubierta. Recogieron firmas, hicieron fotos para el periódico, y luego nada. Hasta que ahora ustedes aparecen con otra propuesta”
Valeria sintió que la sangre le subía a las mejillas. No era culpa suya, se dijo, aquel proyecto anterior no tenía nada que ver con el suyo, pero la coincidencia de las promesas rotas le resultaba incómoda. Quiso explicar que Estudio Moris cumplía con sus contratos.