Lucía se había levantado para distribuir los materiales, a cada asistente le entregó un folio con un mapa simplificado del barrio, marcando en rojo el perímetro del solar. Valeria observó cómo las manos de los vecinos se posaban sobre el papel, cómo los dedos recorrían las líneas de las calles familiares, cómo algunos inclinaban la cabeza para leer mejor, cómo otros dejaban el mapa sobre la mesa sin mirarlo, como quien ya sabe de memoria lo que la imagen intenta representar.
- “Vamos a hacer un ejercicio”, dijo Lucía, adoptando el tono cálido y estructurado que “Valeria había visto ensayar en el estudio. Cada uno tiene notas adhesivas de dos colores. En los amarillos, escriban qué les gustaría que hubiera en ese espacio. En los rosas, qué les preocupa que pueda pasar si se hace mal”.
La señora Pilar fue la primera en tomar un rotulador. Sus manos, nudosas pero firmes, escribieron en la nota adhesiva amarilla con letra inclinada y generosa. Luego lo pegó en el centro del mapa, cubriendo casi por completo el rectángulo que representaba el solar.
- “Un lugar donde quepan todos”, leyó en voz alta Carmen, que se había acercado a mirar.
“Que no nos dividan”, añadió la señora Pilar, dirigiéndose ahora directamente a Valeria. “Eso es lo que pido. Que no hagan un sitio para unos y otro para otros. Que no vengan con la excusa de la seguridad o la limpieza y nos echen de nuestro propio barrio”.
Valeria asintió, tomando nota en su cuaderno. Mientras escribía, percibió el movimiento de Lucía distribuyendo más notas adhesivas, el murmullo de las conversaciones que iban surgiendo entre los vecinos, el chirrido de las sillas de plástico al moverse. Alguien mencionó la cooperativa de fontanería, alguien más habló de los talleres de costura que habían existido en el número ocho antes de que lo derribaran.
- “¿Y los rosas?”, preguntó una de las mujeres recién llegadas, señalando las notas adhesivas del segundo color.
- “Escriban sus preocupaciones”, explicó Lucía. “Lo que temen que pueda pasar”.
La misma mujer tomó una nota adhesiva rosa y escribió durante varios segundos, la lengua asomando ligeramente entre los labios. Luego lo pegó en el borde del mapa, lejos del solar, como si la preocupación necesitara espacio para respirar.
- "Que se lo lleven los de siempre", leyó Lucía en voz alta, y Valeria vio cómo varios asistentes asentían sin mirarse entre sí.
La sesión continuó durante casi dos horas. El mapa se fue cubriendo de colores, de letras de distintos tamaños, de algunos dibujos rudimentarios. Valeria participó poco, limitándose a tomar notas y a observar. Prefería dejar a Lucía dirigir, con su energía más joven y su evidente desconocimiento de las historias previas del barrio.
Pero la señora Pilar la observaba. Cuando el ejercicio terminó y los asistentes se levantaron para tomar aire en el patio, la señora Pilar se quedó sentada, y Valeria comprendió que esperaba a que las demás salieran.
- “Venga usted mañana, si quiere. Hay más gente que debería hablar, gente que no viene a estas reuniones porque ya no cree en nada”, comentó doña Pilar.
Valeria la quedó mirando, recogió sus materiales, el cuaderno, los rotuladores que Lucía había dejado sobre la mesa. En el patio, a través de la ventana, veía a su compañera conversando animadamente con Carmen y dos vecinas más, gesticulando hacia el edificio de enfrente como si ya estuviera diseñando la fachada.
- “Vendré”, dijo Valeria.
La señora Pilar no respondió. Se había vuelto hacia la ventana, y su perfil contra la luz recordaba a Valeria las fotografías del pasillo, esas mujeres que envejecían en blanco y negro manteniendo siempre la misma postura de espera.
En el coche, de vuelta al estudio, Lucía repasaba entusiasta las notas del taller. Valeria conducía en silencio, prestando atención a cada semáforo, a cada cambio de carril, como si la ciudad pudiera desmoronarse si descuidaba la vista un solo segundo.
- “Ha ido bien”, dijo Lucía. “Muy bien. La señora Pilar es una fuente increíble, ¿verdad? Lleva décadas documentando el barrio. Su hija tiene archivos que ni el ayuntamiento”.
- “Sí”, afirmó Valeria.
- “¿Te pasa algo?”, cuestionó Lucía.
Valeria negó con la cabeza, manteniendo los ojos en la carretera. No podía explicar lo que sentía, esa mezcla de reconocimiento y extrañeza, la sensación de haber vuelto a un lugar que no había dejado de cambiar mientras ella permanecía quieta. El solar del proyecto, ese rectángulo de tierra y promesas que ahora debía transformar en algo real, le parecía de pronto un territorio minado. No por las dificultades técnicas ni por la resistencia vecinal, sino por algo más difuso, una intuición que no sabía nombrar.
En el semáforo de la calle América, mientras esperaban en la fila de coches que se dirigían al centro, Valeria observó un edificio municipal en la acera de enfrente. Dos hombres de traje salían por la puerta lateral, uno de ellos hablando por teléfono con gestos nerviosos. Por un instante, creyó reconocer en uno de ellos al hombre que había visto meses atrás antea de graduarse en una inauguración, alguien vinculado a la concejalía de Urbanismo, alguien cuyo nombre no lograba recordar.
El semáforo cambió. El coche de detrás tocó el claxon, una bocina breve y urbana. Valeria arrancó, y el edificio desapareció en el retrovisor.
“Mañana tengo que ir a la cooperativa de fontanería”, dijo Lucía, consultando su agenda. “¿Vienes?”
- “Sí”, afirmó Valeria.
- “Y el jueves hay reunión con el equipo de Moris. Nos van a pedir avances concretos, Valeria. Nos va a pedir plazos”, comentó Lucía.
Valeria lo sabía. El proyecto avanzaba con una velocidad que no le daba tregua, cada reunión generando nuevas reuniones, cada taller desvelando necesidades que requerían más talleres.
Aparcaron en el estacionamiento del estudio. Antes de bajar, Valeria revisó el teléfono sin motivo concreto, una costumbre reciente que no se atrevía a analizar. Un mensaje de Liam, desde Berlín, era una foto de su nuevo apartamento, todavía vacío, con la luz de la tarde entrando por ventanas sin cortinas. "El dormitorio da al patio interior", escribía. "Es silencioso. Pienso en ti."