Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 38

En Singapur, Adriana estaba sentada en el borde de la cama, con el portátil sobre las rodillas, revisando por tercera vez el borrador del contrato que Marcus Chen le había enviado.

El mensaje de Gabriel llegó mientras buscaba una frase específica en el documento, una cláusula sobre disponibilidad que había leído distraídamente en la primera revisión.

“¿Ya cenaste? Aquí son las doce. He recalenté la pasta que sobró”.

Adriana dejó el cursor sobre la palabra “disponibilidad” y miró el teléfono. La foto adjunta mostraba un plato de espaguetis con una salsa que parecía demasiado líquida, el tenedor depositado sobre la servilleta de papel con la que Gabriel nunca recordaba ponerse la boca. Detrás, en la penumbra de su salón, se distinguía la esquina del sofá donde ella solía sentarse a leer, y luego mandó su mensaje.

“Aún no. Reunión con recursos humanos en una hora”.

La respuesta llegó antes de que pudiera volver al contrato.

“Te echo de menos. No es solo la pasta. Es que anoche llegué a casa y hablé con la pared durante diez minutos antes de darme cuenta de que no estabas”.

Adriana sintió algo en la garganta, una constricción que atribuyó al aire seco del hotel. Los dedos se le movieron sobre la pantalla del móvil, escribiendo y borrando. Finalmente envió una foto de la habitación, el escritorio con sus papeles, la ventana que daba a un patio interior de servicios donde no se veía el cielo.

“Aquí no hay paredes que escuchen. Solo cristal y concreto”.

Guardó el teléfono antes de que pudiera llegar la respuesta. El contrato esperaba, y con él, Marcus Chen, que había sido explícito en su último correo: “La fase inicial requiere presencia física ininterrumpida. Los seis primeros meses son críticos para la integración en el equipo de Sentosa”.

Seis meses. Lo había sabido, lo había aceptado, pero ahora, con el mensaje de Gabriel todavía caliente en el bolsillo de su chaqueta de traje, el número se le antojaba diferente. No era una cifra. Era una sentencia.

Pronto llegó al lobby del hotel que era un espacio de transiciones, un lugar donde los viajeros de negocios se convertían en turistas y viceversa, donde el tiempo se medía en check-ins y check-outs; respiró profundo y fue a tomar un taxi.

Adriana llegó veinte minutos antes de su cita, una precisión que le permitió sentarse en uno de los sillones de cuero blanco, demasiado bajo para ser cómodo, y observar el vaivén de la gente mientras intentaba organizar sus argumentos.

No quería rechazar la oferta. Quería renegociarla una vez más. Esa distinción, que le había parecido clara en la habitación, se volvió borrosa. ¿Cómo se negociaba algo que ya se había aceptado en principio? ¿Cómo se pedía menos sin parecer débil?

Marcus Chen apareció puntual, como todo en Singapur, con una carpeta de cuero negro que contrastaba con su camisa de color azul claro, el mismo tono que llevaba en la entrevista anterior. Se sentó frente a ella, cruzando las piernas, dejando la carpeta sobre la mesa de cristal sin abrirla.

- “El contrato está listo para firma”, dijo Marcus. “Solo falta la revisión médica, que puede hacerse mañana”.

Adriana asintió, sintiendo que el momento de hablar se le escapaba, que cada segundo de silencio la acercaba más a una aceptación que ya no estaba segura de querer dar.

- “Hay un punto que me gustaría aclarar”, dijo Adriana, eligiendo las palabras con la misma precisión con que había elegido el tono de su camisa esa mañana, un azul más oscuro que el de Chen, deliberadamente.

Chen la miró sin expresión, esperando.

- “La cláusula de disponibilidad. Los seis meses ininterrumpidos”, empezó Adriana.

- “Es estándar para proyectos de esta magnitud”, respondió Chen, sin inflexión en la voz. “El equipo de Sentosa opera con plazos ajustados. La integración remota no es viable en la fase de diseño estructural”.

- “Entiendo los plazos”, dijo Adriana. “Pero ininterrumpida es una palabra que necesito definir. ¿Significa que no puedo salir de Singapur? ¿Que no puedo visitar mi país?”

Chen inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que ella había aprendido a interpretar como evaluación, no como acuerdo.

- “Significa prioridad absoluta al proyecto”, dijo Chen. “Significa que si hay una crisis en la obra, usted está aquí. Significa que si el cliente solicita una reunión de fin de semana, usted asiste. Significa (y aquí hizo una pausa, la primera en la conversación) que su vida personal, durante esos seis meses, es secundaria”.

La palabra resonó en el espacio amplio del lobby, absorbida por la alfombra gruesa y el murmullo de las conversaciones ajenas. Adriana sintió que algo se le cerraba en el pecho.

- “Eso no estaba en la descripción inicial del puesto”, dijo Adriana, y su voz sonó más aguda de lo que había pretendido.

Chen abrió la carpeta por primera vez, sacando una hoja que ella reconoció como el borrador que había estado revisando.

- “Aquí está” dijo Chen, señalando un párrafo que ella había leído pero no había comprendido en toda su extensión. “Disponibilidad total conforme a las necesidades del proyecto, incluyendo horarios extendidos y desplazamientos de emergencia sin previo aviso”.

Adriana miró el texto. Estaba allí, había formulado su intención de aceptar sin haber firmado el contrato mismo, y ahora Chen la miraba con una paciencia profesional que no disimulaba la inflexibilidad de su posición.

- “Necesito reconsiderar”, dijo Adriana.

- “El plazo para la firma es mañana al mediodía”, respondió Chen, cerrando la carpeta. “Después de eso, la oferta se revisa. Hay otros candidatos”.

Se levantó, extendiendo la mano para un apretón que Adriana devolvió mecánicamente. La palma de Chen estaba seca y fría, a pesar del calor exterior.

- “Piénselo”, dijo Chen.

Cuando Adriana regresó al hotel, el lobby continuaba su actividad indiferente, recepcionistas que cambiaban de turno, viajeros que consultaban mapas digitales, una mujer con un niño pequeño que lloraba por algo que su madre no le quería comprar en la máquina de snacks.




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