El teléfono de Teresa vibró sobre el mármol de la encimera, desplazando ligeramente una de las notas manuscritas que Emma había decorado con una estrella morada en la esquina superior. La pantalla mostraba un nombre que llevaba tres días apareciendo en sus pensamientos con la regularidad de una marea, su editora Carolina Sandoval.
Teresa dejó el bolígrafo que sostenía entre los dedos y deslizó el dedo hacia la derecha antes de que la segunda vibración terminara.
- “Teresa, buenos días. Tengo veinte minutos antes de una reunión con distribución”, dijo Carolina.
- “Buenos días, Carolina. Gracias por llamar”, saludó Teresa.
- “No agradezcas lo que es mi trabajo. Cuéntame, ¿has escrito algo desde nuestra última conversación o has seguido organizando cajones?”, preguntó Carolina.
- “He escrito. Pero también he descubierto algo que... no sé si es problema o solución”, respondió Teresa.
Emma apoyó la barbilla en el hombro de su madre, el olor a champú de manzana mezclándose con el café frío que quedaba en la taza de Teresa. Sofía, por su parte, había dejado el lápiz y observaba la conversación con atención.
- “Las notas que te mencioné”, continuó Teresa, “las hago a mano. Pensaba que eran solo para mí, un borrador privado. Pero mis hijos... (hizo una pausa, sintiendo cómo Emma apretaba su mano, cómo Sofía inclinaba el cuerpo hacia adelante). Mis hijos han empezado a intervenir en ellas”.
- “Intervenir”, repitió finalmente. “Define eso”.
- “Emma (Teresa miró a su hija menor, que sonrió con complicidad) dibuja en los márgenes. Sofía corrige palabras que no entiende y me pregunta qué significan. Mateo añade diálogos que cree que deberían estar. Lucas... (Teresa dejó escapar una risa que no había planeado) Lucas arranca páginas para hacer aviones si no vigilo el cuaderno”.
Carolina Sandoval emitió un sonido que podría haber sido una exhalación o el principio de una sonrisa contenida.
- “Y tú, ¿qué haces con esas intervenciones?”, preguntó Carolina.
- “Las dejo. Algunas las integro. Otras las archivo aparte. Pero están ahí, Carolina. Forman parte del borrador aunque no sean mías”, respondió Teresa.
- “Escúchame bien, Teresa. Lo que describes no es una contaminación del texto. Es el texto encontrando su forma. ¿Sabes cuántos manuscritos de madres primerizas he rechazado porque intentaban escribir alrededor de sus hijos? Como si la maternidad fuera un ruido de fondo que hay que silenciar para crear arte. Tú estás haciendo lo contrario. Estás permitiendo que el caos entre en la estructura”, expresó Carolina.
Emma soltó la mano de su madre y se deslizó del taburete, caminando hacia la mesa donde Sofía había vuelto a sus ecuaciones, aunque sus ojos seguían en Teresa.
- “Pero ¿eso es válido?”, preguntó Teresa. “¿Un libro que incluye garabatos de niños y preguntas interrumpidas?”
- “Válido es lo que funciona. Y lo que funciona es lo que es honesto. Quiero que me envíes fotografías de esas notas. Las originales, con las intervenciones. No las transcribas. Quiero ver la tinta, los dobleces, las manchas que dejan los dedos pequeños”, respondió Carolina.
- “Lo haré. Esta tarde, si puedo”, dijo Teresa.
- “Puedes. Ahora dime: ¿cómo se siente Roberto con este proceso? Porque sé que él existe, sé que es padre de tus hijos, pero en tu descripción del caos doméstico aparece como un personaje de fondo, un ruido blanco”, expresó Carolina.
- “Roberto tiene... otras prioridades”, dijo Teresa, eligiendo cada palabra como quien selecciona fruta en un mercado desconocido.
- “Cuidado con eso”, advirtió Carolina, y su voz recuperó el tono de quien ha visto demasiados manuscritos autodestruirse por omisiones. “Un padre ausente en la narrativa puede ser intencional. Un padre ausente en la vida del narrador es un agujero que eventualmente se hace visible”.
La llamada terminó, Teresa dejó el teléfono sobre la encimera, la pantalla boca abajo como quien oculta un rostro. Sofía había retomado sus ecuaciones, el lápiz trazando números con una determinación que Teresa reconoció de sí misma, la necesidad de volver a lo conocido después de una conversación que desplazaba el suelo.
- “¿Quién era?”, preguntó Emma desde el suelo, donde había comenzado a organizar crayones por orden cromático, un proyecto que nunca terminaba porque siempre encontraba un tono nuevo que desajustaba su sistema.
- “Una amiga que me ayuda con un trabajo”, respondió Teresa.
- “¿Trabajo de qué?”, consultó Emma.
- “De escribir. De contar historias”, dijo Teresa.
- “¿Historias de nosotros?”, preguntó la pequeña.
Teresa miró los cuadernos abiertos sobre la encimera, las páginas donde la letra de ella convivía con los dibujos de Emma, las anotaciones de Sofía en el margen derecho de la página anterior: "mamá se enfada cuando el agua hierve", escrito con letra de palo y una ortografía perfecta. Historias de ellos, sí. Pero también historias de ella, de la mujer que había sido antes de saber que el champú de manzana existía, antes de que las ecuaciones de segundo grado ocuparan las tardes de su hija mayor.
- “Historias que incluyen a todos”, dijo Teresa, y Emma asintió con la satisfacción de quien ha recibido una respuesta que no entiende del todo pero que suena correcta.
La puerta de entrada se cerró con un golpe seco que hizo vibrar los cristales del armario de la vajilla. Teresa se giró, una mano automáticamente extendida hacia Emma, que ya se había puesto de pie con la rapidez de quien reconoce sonidos antes que los significados. Sofía dejó el lápiz por segunda vez, esta vez con un suspiro que contenía toda la frustración de una interrupción matemática.