Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 40

Su cuñada Carmen apareció en el marco de la cocina, sorprendiendo con su presencia.

- “Teresa, qué bien que estás aquí. Roberto me dijo que vendría tarde, pero veo que la suerte me sonríe”, dijo Carmen.

Carmen avanzó hacia el centro de la cocina sin esperar invitación.

- “Carmen”, dijo Teresa, y su voz salió con un tono que no reconoció, demasiado alto, demasiado cordial. “No sabía que vendrías”.

- “Yo tampoco sabía que necesitaría venir. Pero mamá me habló algo sobre una caja que dejó aquí, Roberto me dijo que la guardó”, expresó Carmen.

Teresa había visto a Roberto subir una caja al altillo hacía tres semanas, una caja de cartón reforzado con cinta adhesiva marrón, el tipo de caja que se utiliza para mudanzas apresuradas o para esconder lo que no se quiere revisar.

- “No sé dónde está. Roberto la guardó, como dices, tendrías que hablar con él”, dijo Teresa.

Carmen inclinó la cabeza, un gesto que Teresa había visto reproducir en su hijo Lucas cuando intentaba parecer comprensivo mientras negociaba cinco minutos más de videojuegos.

- “Teresa, mamá necesita revisar esa caja hoy. No mañana, no cuando Roberto tenga tiempo. Hay documentos de la asociación de vecinos, papeles que ella guardaba de cuando era vocal. Cosas que ahora, con todo lo del proyecto del centro cultural, han empezado a pedirle”, comentó Carmen.

Teresa recordó entonces la conversación de la mañana, la llamada de Roberto desde algún lugar entre el tráfico: "Carmen quiere pasar por una caja que dejó mamá". Él no había especificado urgencia, no había mencionado que Carmen aparecería sin avisar, y esa forma de hablar de "mamá" como si Teresa no tuviera una, como si la madre de Carmen fuera una institución compartida por decreto.

- “Puedo llamar a Roberto”, ofreció Teresa, y su mano ya buscaba el teléfono, aunque sabía que él no contestaría, que había entrado en una de sus reuniones de las que emergía horas después con excusas que sonaban a versos aprendidos. “O puedes subir al altillo tú misma, si crees saber dónde la guardó”.

Carmen dio un paso hacia la encimera, y por un instante Teresa pensó que tocaría los cuadernos, que hojearía las páginas donde la vida de la familia se desplegaba en tinta y crayón. Pero su cuñada se detuvo, sus manos agarrando el borde de la encimera.

- “No quiero ser intrusa, Teresa. Solo quiero lo que mamá me pidió”, dijo Carmen.

- “Nadie dice que seas intrusa”, replicó Teresa.

- “No hace falta que lo digas”, expresó Carmen.

La frase quedó suspendida entre ellas, una telaraña de significados que ninguna de las dos se atrevía a remover. Sofía, que había observado todo desde su posición estratégica en la mesa, cerró de golpe el cuaderno de matemáticas. El sonido hizo que Carmen se girara, que su sonrisa se dirigiera hacia la niña con una intensidad nueva.

- “Sofía, cariño, ¿ya terminaste los deberes?”, preguntó Carmen.

- “No”, respondió Sofía.

Emma, desde su posición en el suelo, se levantó con los crayones todavía en las manos, formando un puñado de colores que goteaban cera sobre sus dedos. Se acercó a Teresa sin dejar de mirar a Carmen, una aproximación lateral que terminó con su cuerpo semi-oculto detrás de la espalda de su madre.

- “La caja”, insistió Carmen. “Dime dónde está y me voy”.

Teresa sintió los dedos de Emma presionando contra su cintura, la mancha de cera verde que dejaría en la tela de su falda. Sintió la mirada de Sofía desde la mesa, atenta, evaluadora, la misma mirada que Carolina Sandoval había descrito como "el ruido blanco" de Roberto. Y sintió, con una claridad que le dolió en las sienes, que la caja de Pilar contenía algo más que documentos de una asociación de vecinos, algo que Carmen necesitaba con la urgencia de quien teme que otros lo encuentren primero.

- “En el altillo”, dijo Teresa finalmente. “Probablemente detrás de los baúles de invierno. Roberto la subió ahí porque no cabía en el trastero”.

Carmen asintió con la cabeza, un movimiento seco que terminó con su cuerpo ya girado hacia la salida de la cocina, hacia las escaleras que conducían al altillo.

- “Me llevaré una bolsa”, dijo Carmen, ya de espaldas. “Para no mancharme con el polvo”.

Teresa no respondió. Observó cómo su cuñada desaparecía en el pasillo, cómo sus pasos se alejaban con la misma precisión con la que habían llegado. Y cuando el sonido de la escalera del altillo empezó a filtrarse desde arriba, Teresa se giró hacia sus hijas con una pregunta que no supo formular.

Emma le ofreció un crayón naranja, como si fuera respuesta. Sofía abrió de nuevo el cuaderno de matemáticas, pero sus ojos permanecieron en los de su madre, reconociendo algo que ninguna ecuación podía resolver. Y desde el altillo, el ruido de cajas moviéndose, de cartón raspando contra madera, de Carmen murmurando algo que no alcanzaba a distinguirse, llenó la casa con la promesa de que nada volvería a ser exactamente igual.




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