Vive, igual te van a juzgar

Capítulo 41

Daniela permanecía inmóvil junto a la fuente seca, con la llave de USB apretada en el puño derecho y el pequeño papel plegado de Marta guardado en el bolsillo interior de su blazer.

Había pasado ya un cuarto de hora desde que envió el mensaje. Observó a una pareja de ancianos que cruzaba la plaza arrastrando un carrito de la compra, luego a un ciclista que consultaba su teléfono junto a un semáforo. Todos parecían inocentes. Ninguno lo era, necesariamente.

Daniela giró la cabeza lentamente, sin prisa aparente. Allí estaba, al final de la callejuela que desembocaba en la plaza, Andrés vestido con una chaqueta de trabajo azul marino que no había visto antes. Llevaba una gorra de béisbol ligeramente inclinada y gafas de sol que ocultaban la mitad superior de su rostro.

Daniela caminó hacia él sin mirar atrás, contando los pasos. Cuando estuvo a dos metros de distancia, Andrés levantó una mano en señal de detención.

- “Gírate completa y despacio”, dijo Andrés, sin alzar la voz.

Daniela obedeció. Una vuelta completa sobre sus talones, con los brazos ligeramente separados del cuerpo. Sabía el protocolo. Habían trabajado juntos en suficientes historias peligrosas como para que ambos comprendieran el lenguaje de la desconfianza profesional.

- “Limpia”, confirmó Andrés, aunque no se quitó las gafas. “¿Seguida?”

- “Desde el ayuntamiento. Un hombre me abordó en un pasillo del ayuntamiento. Sabía demasiado”, comentó Daniela.

Andrés asintió una sola vez, con un movimiento breve y seco.

- “Vamos al taller”, dijo Andrés.

Caminaron en silencio durante diez minutos, manteniendo una distancia de medio cuerpo que permitiera hablar sin parecer que viajaban juntos.

- “¿El hombre?”, preguntó Andrés, sin detenerse.

- “No dio nombre. Dijo que podía orientarme sobre los proyectos de Menorca. Usó esa palabra exacta: orientar”, respondió Daniela.

- “Y tú…”, comentó Andrés.

- “Me fui. Sin comprometerme, aunque tengo su tarjeta”, dijo Daniela.

Andrés emitió un sonido que podía haber sido una risa o un resoplido.

- “Mejor de lo que esperaba. Has aprendido”, expresó Andrés.

Andrés extrajo un llavero del bolsillo interior de su chaqueta, seleccionó una llave de aspecto anodino, y la introdujo en una cerradura que Daniela apenas distinguía en la penumbra del portal. Cerró la puerta después de ingresar y accionó tres cerrojos que Daniela no había visto antes, luego un panel numérico oculto tras una loseta suelta.

- “Aquí no hay cámaras”, dijo Andrés, ya con voz normal, quitándose las gafas de sol. “Ni micrófonos. Ni registro de entradas. Pago el alquiler en efectivo a través de una empresa de fachada”.

- “¿Siempre fuiste tan paranoico?”, preguntó Daniela.

- “Siempre fui tan competente. La paranoia llegó después”, respondió Andrés.

El sótano se reveló en descenso, una escalera de hormigón con barandilla de tubo de acero, iluminada por luces de emergencia que Andrés no se molestó en encender completamente. En el tercer peldaño, Daniela tropezó con algo blando. Andrés la sostuvo del codo un instante, lo suficiente para recuperar el equilibrio.

- “Cable de red. Lo dejo ahí a propósito. Si alguien baja sin conocer el lugar, tropieza. Yo salto por encima”, expresó Andrés.

- “¿Y si eres tú quien olvida?”, preguntó Daniela.

- “No olvido”, dijo Andrés.

Andrés se dirigió directamente a la caja fuerte electromagnética empotrada en la pared, oculta tras un póster de un circuito impreso que parecía decorativo.

- “Tu USB”, dijo Andrés, extendiéndoselo. “Exactamente donde lo dejé. No lo he tocado desde entonces”.

- “¿Y si hubieras necesitado acceder?”, preguntó Daniela.

- “No lo necesité. Tú dijiste que esperara. Esperé”, respondió Andrés.

Andrés se sentó en una silla ergonómica desgastada, la única del espacio, y encendió el monitor principal con un golpe seco al interruptor. La pantalla mostró una interfaz de terminal negra con letras verdes, un estilo que Daniela asociaba con películas de los noventa pero que, suponía, servía a propósitos prácticos de seguridad.

- “Dime qué tienes”, dijo Daniela, sin girarse.

Daniela depositó el USB en una bandeja de goma que había sobre la mesa, manteniendo la distancia protocolaria. Luego extrajo del bolsillo interior la llave de USB que le había dado Marta. Al abrirla, advirtió una secuencia de dieciséis caracteres alfanuméricos.

Andrés digitó la secuencia en un archivo de texto, sin guardarlo, verificando cada carácter tres veces. Luego conectó el USB original a un puerto aislado, uno que Daniela notó estaba cableado de forma independiente al resto del sistema.

- “Tres niveles”, murmuró Andrés, más para sí mismo que para ella. El primero, encriptación estándar. Lo rompí en diez minutos la primera vez que lo examiné. El segundo, fue una curva elíptica personalizada. El tercero... (hizo una pausa, con los dedos suspendidos sobre el teclado)... el tercero estaba diseñado para autodestruirse. No intenté siquiera acceder sin la clave”.

La pantalla principal mostró ahora una interfaz de análisis forense. Andrés ejecutó un script que Daniela no pudo seguir, líneas de código que se desplazaban demasiado rápido. Luego, una representación gráfica,.tres capas concéntricas, como un diagrama de cebolla, con la capa más interna marcada en rojo intenso.

- “Aquí”, señaló Andrés, sin tocar la pantalla. “El núcleo. Sin esta clave, cualquier intento de acceso activa un algoritmo de sobrescritura. No destruye el hardware, eso sería demasiado evidente. Sobrescribe los datos con ruido cifrado, de forma que parezcan intactos pero sean irrecuperables. Un truco clásico de espionaje corporativo”.

- “¿Y con la clave?”, preguntó Daniela.

Andrés digitó los dieciséis caracteres. La pantalla parpadeó, un único destello que Daniela interpretó como el sistema procesando. Luego, hubo silencio y el zumbido de los servidores pareció intensificarse en la ausencia de cualquier otra señal.




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