Daniela sintió que el aire acondicionado penetraba más allá de su ropa, un frío que llegaba a la piel y luego más adentro.
- “No lo sé”, dijo Daniela. “Nunca pregunté. Nunca necesité saberlo”.
Andrés cerró el cuadro de diálogo sin intentar nada.
- “Entonces necesitamos a alguien que sí lo sepa. O alguien que tenga acceso a esa información”, dijo Andrés.
- “Marta”, expresó Daniela.
- “Marta”, confirmó Andrés. “O quienquiera que haya preparado este archivo. Porque esto (señaló la estructura de directorios en su conjunto), esto no lo hizo un concejal nervioso en su tiempo libre. Esto tiene firma profesional. Alguien con formación en seguridad operacional”.
Daniela retrocedió un paso, permitiendo que su espalda encontrara el marco de una estantería. El metal frío a través de la tela de su blazer le proporcionó un punto de referencia físico, algo tangible en un momento donde la información parecía deslizarse entre sus dedos como agua.
- “Marta dijo algo”, recordó Daniela, con la voz baja. “No confíes en nadie, ni siquiera en mí. Lo escribió en un papel aparte”.
- “Eso es una frase estándar”, dijo Andrés. “En protocolos de seguridad. Significa que la fuente ha sido comprometida, o que anticipa serlo. No necesariamente que sea hostil, sino que... (buscó la formulación precisa)... que su utilidad como canal confiable ha expirado”.
- “¿Y si Marta preparó esto? ¿Si ella misma organizó la información, diseñó las capas de seguridad, y ahora actúa como si no supiera nada?”, preguntó Daniela.
Andrés no respondió inmediatamente. Se giró hacia el monitor, donde el cursor parpadeaba junto al archivo bloqueado, esperando una respuesta que ninguno de los dos podía proporcionar.
- “Entonces estamos jugando un juego donde no conocemos todas las reglas”, dijo Andrés. Y donde alguien, posiblemente varios, han decidido que cierta información solo debe ser accesible bajo condiciones específicas. La pregunta no es quién preparó el archivo. La pregunta es ¿quién está autorizado para leerlo?”
- “Vuelvo a contactarla”, dijo Andrés, con los pulgares ya digitando en el móvil. “Pregunto directamente”.
Andrés levantó una mano, deteniendo el movimiento sin tocarla.
- “No. No desde aquí. No desde ningún dispositivo que haya estado en este espacio”, dijo Andrés.
Se levantó, cruzó la habitación en tres zancadas, y abrió un cajón de la estantería más alejada. Extrajo un teléfono móvil de modelo antiguo, con teclado físico y pantalla de cuatro centímetros. Era desechable con recarga con tarjeta de prepago comprada hace seis meses en una gasolinera de la M-40. Nunca usado.
Daniela tomó el aparato. Pesaba menos de lo que esperaba, plástico ligero y batería de menor capacidad que los estándares actuales.
- “¿Por qué tanto cuidado?”, preguntó Daniela.
- “Porque si Marta está comprometida”, dijo Andrés, volviendo a su asiento, “cualquier contacto desde tu línea habitual la expone. Y si no lo está, cualquier contacto desde aquí nos expone a nosotros. La paranoia, como decía, es posterior a la competencia. Pero no por ello menos necesaria”.
Daniela encendió el teléfono. La pantalla mostró una interfaz rudimentaria, texto verde sobre fondo negro, sin iconos ni aplicaciones visibles. Encontró la función de mensajes, digitó el número de Marta de memoria y escribió: "¿Ciudad de nacimiento de la madre de Echeverría?"
Cuando envió, la pantalla mostró una confirmación rudimentaria: "Mensaje enviado". Luego, silencio. El zumbido de los servidores continuaba, indiferente a la urgencia humana.
- “Mientras esperamos”, dijo Andrés, ya trabajando en otro monitor, “examino el resto. Hay patrones que puedo identificar sin abrir los archivos protegidos. Fechas de modificación, tamaños, relaciones entre documentos”.
Daniela se apoyó en la estantería, con el teléfono desechable apretado en la mano. Observó a Andrés trabajar, sus movimientos precisos, la economía de gestos que sugería años de práctica en espacios donde el error tenía consecuencias. Pensó en Echeverría, en su nerviosismo, en su convicción de estar haciendo lo correcto mientras preparaba esta cápsula de información. Pensó en Marta, en su voz aguda bajo estrés, en su alivio al entregar la llave.
El teléfono vibró. Un mensaje, texto plano, sin remitente identificado: "No preguntes eso por escrito. Llámame en treinta minutos desde número desconocido. Borra esto."
Daniela mostró la pantalla a Andrés. Él la leyó sin comentar, luego asintió una sola vez.
- “Treinta minutos (Se giró hacia el monitor principal, donde ahora mostraba un diagrama de conexiones entre archivos, líneas que se entrelazaban como una red). Suficiente para encontrar algo más. Mira esto”, dijo Andrés.
Señalaba una agrupación de documentos en el centro del diagrama. No los más grandes ni los más recientes, pero los que más conexiones recibían de otros archivos. Un nodo central en la red de información.
- “Contratos de adjudicación”, leyó Andrés en voz alta. “Para el polideportivo de Menorca. Pero no los oficiales. Estos son... (amplió la vista)... borradores. Versiones previas. Con anotaciones manuscritas que luego desaparecieron en la versión final”.
- “¿De quién?”, preguntó Daniela.
Andrés amplió una imagen escaneada. El documento mostraba márgenes amplios, el tipo de papel oficial del ayuntamiento, y en el lateral derecho, una letra que Daniela reconoció.
- “Echeverría”, confirmó ella misma.
Daniela se inclinó sobre el monitor. Las anotaciones eran breves, casi telegráficas: "Precio 40% sobre mercado", "Empresa sin experiencia previa", "Revisar cuenta en Liechtenstein". Cada frase un clavo en el ataúd de alguien, posiblemente del propio Echeverría.
- “Esto es lo que lo mató”, dijo Daniela, sin especificar si hablaba de desaparición física o profesional.
- “Esto es lo que lo hizo desaparecer”, corrigió Andrés. “La diferencia importa”.