Daniela deslizó el dedo por la pantalla y llevó el aparato a su oreja. No había saludo, solo una voz que reconoció como la de Marta Díaz, aunque modulada de manera diferente, más grave, más lenta, como si cada palabra fuera pesada de arrastrar.
- “No digas mi nombre. No digas el tuyo. Escucha solo”, dijo la mujer.
Daniela asintió antes de recordar que la otra no podía verla. Se quedó inmóvil, con la espalda tensa contra el borde de la mesa de trabajo, sintiendo el filo de madera contra sus costillas.
- “La ciudad es Guadalajara”, continuó Marta, y Daniela oyó el eco de una respiración contenida al otro lado. “Pero eso no es lo importante. Lo importante es que alguien sabe que hablamos. Alguien sabe que tuviste la llave. No me busques”.
La llamada se cortó. Daniela bajó el brazo lentamente, mirando la pantalla que ya mostraba el resumen de duración: treinta y tres segundos.
- “Guadalajara”, dijo Daniela en voz alta.
Andrés ya había vuelto hacia su teclado. Sus dedos danzaron durante trece segundos antes de que una ventana emergente apareciera en el monitor principal. El archivo itinerario_final.enc mostró una barra de progreso que avanzó hasta el cien por cien, y luego una segunda pantalla solicitando confirmación: Ciudad de nacimiento de la madre del usuario autorizado.
- “México”, murmuró Andrés, corrigiéndose. “Guadalajara, México”.
Ansioso y nervioso por descubrir la verdad, tecleó las letras, el sistema procesó durante un instante, y entonces el archivo se abrió.
No eran documentos. Era una grabación de audio, metadata datada de hacía once meses. Andrés subió el volumen de los altavoces del taller, y una voz que Daniela reconoció como la de Echeverría llenó el espacio subterráneo, distorsionada por el estrés o el miedo, o ambos.
- “...no es solo el polideportivo. Es toda la red. Los precios de referencia están inflados un doscientos por ciento, pero eso ya lo sabíamos. Lo nuevo es la certificación de los materiales. Hay dos juegos de planos, Marta. Existe dos, los que se aprobaron en comisión y los que realmente se usaron en obra. Alguien dentro de la constructora está documentando esto. Alguien con acceso a la contabilidad paralela…”
La grabación se cortó abruptamente, seguida de estática durante cuatro segundos. Luego otra voz, más aguda, que Daniela identificó como la de Marta en un estado de alerta que nunca le había escuchado en persona.
“¿Dónde está esa documentación? ¿Quién la tiene?”
“Un trabajador de informática que guardó copias de todo porque no le pagaron tres mensualidades. Dice que su hermano murió en otro proyecto de la misma empresa. Dice que sospecha cómo cubrieron el accidente, pero piensa que no le van a creer…”
La grabación terminó. El archivo mostraba una lista de documentos adjuntos que no se habían reproducido, fotografías, planos escaneados, extractos bancarios. Daniela se inclinó sobre el hombro de Andrés, olvidando por un momento el protocolo de distancia que ambos mantenían en espacios cerrados.
- “Hay un nombre”, dijo Andrés, señalando una línea de metadata. “Aparece como contacto de este trabajador. No es el propio, es un intermediario, una mujer”.
Daniela leyó en silencio: “Doña Alcira Vázquez, c/ Ferrocarril del Este, 47, Menorca”. Nota: “madre de obrero fallecido. No asiste a reuniones vecinales. Contactar con precaución”.
Por otro lado, Valeria Gastelo caminó por la calle Ferrocarril del Este con paso deliberadamente lento, como si el número 47 fuera un destino al que no deseara llegar.
El edificio era de los años sesenta, con una fachada de ladrillo visto que el tiempo había degradado a tonos de óxido y ceniza. Valeria subió los escalones de entrada. El timbre de la puerta 47-B emitió un sonido grave, casi una queja. Esperó contando los latidos, hasta que una voz agrietada respondió por el interfono.
- “¿Quién es?”, preguntó una mujer.
- “Soy Valeria Gastelo, de la oficina de arquitectura. Vengo por el proyecto del centro cultural. La señora Pilar me dijo que podría pasar a saludarla”, respondió Valeria.
El silencio del interfono duró lo suficiente para que Valeria reconsiderara su presencia allí. Entonces, un zumbido eléctrico, y la puerta se desbloqueó con un chasquido mecánico.