Doña Alcira Vázquez la esperaba en el umbral de la cocina, una mujer de estatura menor de lo que su voz había sugerido, con el pelo recogido en un moño gris que dejaba al descubierto una frente amplia y surcada.
- “Pilar siempre enviando gente”, dijo doña Alcira, sin tono de queja ni de bienvenida. “Pase. No hay sitio en el salón, está todo lleno de cajas”.
Valeria siguió el gesto de la mujer hacia una cocina diminuta donde una mesa de formica amarillenta ocupaba el centro del espacio. Sobre ella, revistas de hacía años, facturas de electricidad, y un sobre de papel marrón de los que ya no se fabricaban, con las esquinas dobladas por el uso.
- “No fui a sus talleres”, dijo Doña Alcira, sentándose en una silla que crujió bajo su peso. “No voy a ningún sitio desde hace tiempo”.
Valeria tomó asiento frente a ella, notando cómo la mesa temblaba ligeramente al apoyar los codos.
- “No pasa nada. Solo quería conocer a las vecinas que no pueden asistir. Para entender mejor el barrio”, expresó Valeria.
- “Entender el barrio”, repitió doña Alcira, y el paño en sus manos se retorció con más fuerza. “Hace siete años que entiendo el barrio demasiado bien, señorita. Desde que enterré a mi hijo”.
Valeria mantuvo la espalda recta, pero sus manos se cerraron sobre el borde de la mesa. Había aprendido a reconocer este tipo de confesiones, las que llegaban sin preámbulo porque llevaban años buscando salida.
- “Lo siento mucho”, dijo Valeria, y la frase sonó insuficiente incluso para ella.
- “Trabajaba en la construcción del polideportivo”, continuó Doña Alcira, como si no hubiera escuchado. “Cayó del andamio el 14 de marzo. Dijeron que no llevaba el arnés puesto. Dijeron que era su culpa. Dijeron que la empresa no tenía responsabilidad porque él había firmado un papel donde asumía los riesgos”.
La mujer se levantó con una agilidad que contradecía su apariencia frágil, y abrió un cajón de la cocina de donde extrajo una caja de cartón. La dejó sobre la mesa con un golpe seco que hizo temblar las revistas.
- “Mi hijo mayor no era irresponsable”, dijo doña Alcira, y su voz se quebró en la última sílaba, aunque no derramó lágrimas todavía. “Mi hijo guardaba todo. Todo lo que veía, todo lo que le parecía raro. Decía que en esa obra pasaban cosas que no entendía, que los materiales no eran los que pedían los planos, que llegaban camiones de noche”.
- “¿Me está mostrando esto porque...?”, preguntó Valeria.
- “Porque Pilar me dijo que usted pregunta cosas”, interrumpió Doña Alcira. “Que no se conforma con lo que le dicen. Que usted también perdió algo en este barrio, aunque no sea lo mismo”.
Las lágrimas llegaron entonces. Doña Alcira no se secó, pareía haber olvidado el gesto de contenerlas.
- “Abra el sobre”, dijo doña Alcira, señalando el papel marrón sobre la mesa.
Valeria obedeció. Dentro había fotografías, no digitales, sino reveladas en papel mate que se había curvado con la humedad. Las primeras mostraban a un hombre joven, sonriente, con casco de obra y una camiseta de rayas que Valeria reconoció como la que llevaban los trabajadores de la constructora que había ganado la adjudicación del polideportivo. Luego, planos. Fotografías de planos, tomadas con una cámara de baja calidad, posiblemente un móvil antiguo, en condiciones de poca luz.
Los dibujos mostraban estructuras que Valeria reconoció de inmediato, aunque no por su forma final. Vigas de refuerzo en lugares donde el edificio construido no las tenía. Cimentaciones más profundas de lo que se había ejecutado. Y en los márgenes, anotaciones manuscritas con letra temblorosa: "Sustituido por perfil inferior", "Cemento B-30 en lugar de B-40", "Aprobado por J.M."
- “Este es el proyecto original”, dijo Valeria, sintiendo cómo el papel le pesaba en las manos como algo vivo.
- “Eso es lo que debería haberse construido”, confirmó Doña Alcira. “Mi hijo me dijo que los planos cambiaron después de la adjudicación. Que alguien modificó las especificaciones para ahorrar, pero cobró lo mismo. Que los materiales que llegaban de noche no tenían etiquetas, no eran de los proveedores oficiales”.
Valeria extendió las fotografías sobre la mesa, creando un mosaico imperfecto. Las anotaciones de "J.M." aparecían en cada página. Jaime Moris, su actual jefe, el arquitecto que había supervisado la revisión del polideportivo antes de su reapertura. El hombre que le había contratado para el nuevo proyecto del centro cultural.
- “¿Mostró esto alguien?”, preguntó Valeria, aunque ya sabía la respuesta.
- “No. Mi hijo menor, Andrés, intentó hablar con el forense”, dijo Doña Alcira. “Dijo que el informe de la autopsia no coincidía con la caída. Que había fracturas que no se explicaban por el impacto. Que quizás no cayó, que quizás…”.
No terminó la frase. Valeria recogió las fotografías con cuidado de no tocar las zonas impresas, guardándolas de nuevo en el sobre marrón.
- “¿Por qué me lo da a mí?”, preguntó Valeria. “Podría llevar esto a un abogado, a un periodista…”
- “Ya lo hice”, interrumpió Doña Alcira. “Hace seis años. El abogado dijo que sin la cadena de custodia de las fotos, sin testimonio de otros obreros, no había caso. Los periodistas... (hizo una pausa, y por primera vez sus ojos mostraron algo más que tristeza, una chispa de rabia contenida) ...dijeron que el tema estaba cerrado, que no había novedad. Que el polideportivo ya funcionaba, que no se podía demoler para ver qué había dentro de las paredes”.
Valeria cerró el sobre. El cartón de la caja crujió bajo sus dedos.
- “¿Y ahora?”, cuestionó Valeria.
- “Ahora Pilar dice que usted pregunta por el pasado”, dijo Doña Alcira. “Que quiere construir algo que no borre lo que hubo. Yo no sé si eso es posible. Pero sé que mi hijo murió porque alguien decidió que unos planos eran demasiado caros, y otros obreros eran demasiado pobres para que importaran. Y sé que esa caja (señaló el cartón, que aún contenía más papeles, más fotografías, más silencios) que una amiga guardó por mi tiene cosas que nadie supo leer. Que yo no supe leer”.